Orígenes de la semiótica – Textos selectos

SOBRE LA DOCTRINA CRISTIANA

San Agustín 

Traducción: Balbino Martín Pérez, OSA

LIBRO I

CAPÍTULO I

La exposición de la divina Escritura se funda en la invención y en la enunciación, la cual afrontamos con el auxilio divino

1. Dos son los fundamentos en que se basa toda la exposición de las divinas Escrituras: En el modo de encontrar las cosas que deben ser entendidas, y el modo de explicar las cosas que se han entendido. Primero disertaremos sobre el modo de encontrar, después sobre el modo de exponer. Empresa grande y ardua; y si es difícil sustentarla, temo no sea temerario emprenderla. En verdad, así sería si presumiéramos de nuestras propias fuerzas. Pero la esperanza de llevar a cabo esta obra se funda en Aquel por el cual conservamos en el pensamiento muchas cosas comunicadas sobre este asunto, y, por lo tanto, no se ha de temer que deje de darnos las demás, cuando empezamos a emplear las que nos dio. Todo objeto que no disminuye cuando se da, mientras se tiene y no se da, no se tiene como debe ser tenido. El Señor dijo: Al que tiene se le dará1. Dará, pues, a los que tienen, es decir, llenará y acrecentará lo que dio a los que usaron con libertad de aquello que recibieron. Cinco y siete eran los panes antes de empezar a ser distribuidos entre los hambrientos, mas una vez que comenzaron a distribuirse, se llenaron los cestos y cuévanos después de saciar a tantos miles de hombres2. Luego así como aquel pan se acrecentó cuando se dividía, de igual modo cuando comiencen a ser distribuidas las cosas que me suministró el Señor para emprender esta obra, se multiplicarán sugiriéndolas Él, a fin de que en este oficio nuestro no sólo no sintamos escasez alguna, sino que nos regocijemos de una abundancia admirable.

CAPÍTULO II

Qué sea «cosa», y qué sea «signo»

2. Toda instrucción se reduce a enseñanza de cosas y signo; mas las cosas se conocen por medio de los signos. Por lo tanto, denominamos ahora cosas a las que no se emplean para significar algo, como son una vara, una piedra, una bestia y las demás por el estilo. No hablo de aquella vara de la cual leemos que introdujo Moisés en las aguas amargas para que desapareciera su amargura3; ni de la piedra que Jacob puso de almohada debajo de su cabeza4; ni de la bestia aquella que Abraham inmoló en lugar de su hijo5. Estas son de tal modo cosas que, al mismo tiempo, son signos de otras cosas. Existen otras clases de signos cuyo uso solamente se emplea para denotar alguna significación, como son las palabras. Nadie usa de las palabras si no es para significar algo con ellas. De aquí se deduce a qué llamo signos, es decir, a todo lo que se emplea para dar a conocer alguna cosa. Por lo tanto, todo signo es al mismo tiempo alguna cosa, pues lo que no es cosa alguna no es nada, pero no toda cosa es signo. En esta división de cosas y signos, cuando hablamos de las cosas, de tal modo hablamos que, a pesar de que algunas pueden ser empleadas para ser signos de otra cosa, no embarace su dualidad el fin que nos propusimos de hablar primero de las cosas y después de los signos. Retengamos en la memoria que ahora se ha de considerar en las cosas lo que son, no lo que, aparte de sí mismas, puedan significar.

CAPÍTULO III

División de las cosas

3. Unas cosas sirven para gozar de ellas, otras para usarlas y algunas para gozarlas y usarlas. Aquellas con las que nos gozamos nos hacen felices; las que usamos nos ayudan a tender hacia la bienaventuranza y nos sirven como de apoyo para poder conseguir y unirnos a las que nos hacen felices. Nosotros, que gozamos y usamos, nos hallamos situados entre ambas; pero, si queremos gozar de las que debemos usar, trastornamos nuestro tenor de vida y algunas veces también lo torcemos de tal modo que, atados por el amor de las cosas inferiores, nosretrasamos o nos alejamosde la posesión de aquellas que debíamos gozar una vez obtenidas.

CAPÍTULO IV

Qué cosa sea gozar y usar

4. Gozar es adherirse a una cosa por el amor de ella misma. Usar es emplear lo que está en uso para conseguir lo que se ama, si es que debe ser amado. El uso ilícito más bien debe llamarse abuso o corruptela. Supongamos que somos peregrinos, que no podemos vivir sino en la patria, y que anhelamos, siendo miserables en la peregrinación, terminar el infortunio y volver a la patria; para esto sería necesario un vehículo terrestre o marítimo, usando del cual pudiéramos llegar a la patria, en la que nos habríamos de gozar; mas si la amenidad del camino y el paseo en el carro nos deleitase tanto que nos entregásemos a gozar de las cosas que sólo debimos utilizar, se vería que no querríamos terminar pronto el viaje; engolfados en una perversa molicie, enajenaríamos la patria, cuya dulzura nos haría felices. De igual modo, siendo peregrinos que nos dirigimos a Dios en esta vida mortal6, si queremos volver a la patria donde podemos ser bienaventurados, hemos de usar de este mundo, mas no gozarnos de él, a fin de que, por medio de las cosas creadas, contemplemos las invisibles de Dios7, es decir, para que, por medio de las cosas temporales, consigamos las espirituales y eternas.

CAPÍTULO V

Dios es la Trinidad, objeto del que debemos gozar

5. La cosa que se ha de gozar es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es decir, la misma Trinidad. La única y suprema cosa agradable a todos, si es que puede llamarse cosa, y no más bien el principio de todas las cosas, si también puede llamarse principio. Porque no es fácil encontrar un nombre que pueda convenir a tanta grandeza por el que se denomine de manera adecuada a esta Trinidad, sino diciendo que es un solo Dios de quien, por quien y en quien son todas las cosas8. Así el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son, cada uno de ellos, Dios; y los tres, un solo Dios: asimismo, cada uno de ellos es una esencia completa, y los tres juntos, una sola esencia. El Padre no es Hijo ni Espíritu Santo; el Hijo no es Padre ni Espíritu Santo; el Espíritu Santo no es Padre ni Hijo. El Padre es sólo Padre, el Hijo únicamente Hijo, y el Espíritu Santo solamente Espíritu Santo. Los tres tienen la misma eternidad, la misma inmutabilidad, la misma majestad, el mismo poder. El Padre es la unidad, el Hijo la igualdad, el Espíritu Santo la armonía de la unidad y la igualdad; estas tres cosas son todas una por el Padre, iguales por el Hijo y armónicas por el Espíritu Santo.

CAPÍTULO VI

De qué modo es Dios inefable

6. ¿Hemos hablado y pronunciado algo digno de Dios? Ciertamente conozco que no he dicho nada de lo que hubiera querido decir. Si lo dije, esto no es lo que quise decir. ¿Por qué medio conozco esto? Porque Dios es inefable; y si fuese inefable lo que fue dicho por mí, no hubiera sido dicho por mí. Tampoco debe denominarse a Dios inefable, pues, cuando esto se dice, algo se dice. No sé qué lucha de palabras existe, porque si es inefable lo que no puede ser expresado, no será inefable lo que puede llamarse inefable. Esta contienda de voces más bien debe ser acallada con el silencio, que apaciguada con las palabras. Sin embargo, Dios, aunque de Él no podamos decir cosa alguna, escucha la ofrenda de nuestra voz, y quiere nos alegremos con nuestras voces dirigidas en alabanza de Él. De aquí procede que se le llame Dios. Ciertamente que no se le conoce por el ruido de estas dos sílabas De—us, pero los conocedores de la lengua latina, al percibir sus oídos este sonido, los excita a pensar en una naturaleza excelentísima e inmortal.

CAPÍTULO VII

Todos conocen a Dios pensando que no hay nada mejor

7. Cuando piensan en aquel único Dios de los dioses, aquellos que también fingen, adoran y llaman dioses a las cosas del cielo o de la tierra, de tal modo piensan, que no intenta su mente percibir cosa alguna, a no ser lo que sea más excelente y mejor. Pero los hombres se mueven por bienes diversos, parte por los que pertenecen al sentido del cuerpo, parte por los que tocan a la inteligencia. Los que se entregan a los sentidos del cuerpo juzgan que el Dios de los dioses es el mismo cielo o lo más sobresaliente que ven en él, o el mismo mundo. Pero si pretenden buscar a Dios fuera del mundo, entonces se imaginan o que es algo luminoso y esto infinito, o que tiene aquella forma que les parece mejor, y esto lo piensan por una vana sospecha; o también lo juzgan de figura humana, si es que en su modo de pensar la anteponen a todas las otras. Si creen que no exista un solo Dios de dioses, sino que piensan más bien que hay muchos o innumerables dioses iguales, de tal modo representan a éstos en su alma, que les atribuyen la cualidad corporal que a cada uno le parece más sobresaliente. Los que se encaminan por medio de la inteligencia a entender lo que es Dios, le anteponen a todas las cosas visibles y corporales, a todas las espirituales e inteligibles que sean mudables. Todos luchan a porfía por dotar a Dios de una suprema excelencia. No puede encontrarse persona alguna que crea que Dios es algo mejor de lo que es. Por lo tanto, todos piensan unánimemente que Dios es lo que se antepone a todas las cosas.

CAPÍTULO VIII

Por ser Dios la Sabiduría inmudable, debe ser antepuesto a todas las cosas

8. Como todos los que piensan en Dios, piensan en algo que vive, únicamente no pueden pensar de Dios cosas indignas y absurdas, los que piensan sobre esta misma vida de Dios. Y así cualquiera que sea la forma de cuerpo con que se le venga a su pensamiento, la consideran que vive o no vive, y la que vive la anteponen a la que no vive. Y respecto a esta misma forma viviente del cuerpo, por mucha que sea la luz con que brille, por grande que sea la magnitud con que sobresalga, por bella que sea la hermosura de que se adorne, la prefieren por su incomparable excelencia a la mole, la cual es vigorizada y animada por ésta, pues una cosa es la mole y otra la vida con la cual comprenden se vigoriza. Luego continúan examinando la misma vida, y si la encuentran vegetando sin sentido, como es la del árbol, la posponen a la que siente, cual es la de las bestias, y a ésta anteponen la que entiende, cual es la del hombre. Pero, al verla mudable, se mueven a posponerla a la vida inmudable, la que no es una vez ignorante y otra sabia, sino que es la misma sabiduría. La mente sabia, es decir, la que alcanzó la Sabiduría, no era sabia antes de conseguirla; sin embargo, la misma Sabiduría nunca fue necia y jamás podrá serlo. Si los hombres no alcanzasen a divisarla en modo alguno antepondrían, con absoluta confianza, la vida inmudablemente sabia a la vida del alma. Y es que a esta norma de verdad, de la que se sirven para proclamar a todos los vientos que ella es la mejor, la ven inmudable, y no la ven en parte alguna, sino por encima de su naturaleza, puesto que ellos se ven mudables,

CAPÍTULO IX

Todos conocen que la Sabiduría inmutable debe ser preferida a la mudable

9. Nadie hay tan descarado y petulante que diga: ¿De dónde conoces que la vida inmutable y sabia debe ser preferida a la mudable? Porque esto mismo que él interroga, ¿de dónde lo sé yo? Ordinaria e inmudablemente, es notorio a todos para ser contemplado. Y quien no vea esto es como un ciego ante el sol, a quien el fulgor de tan clara y presente luz, enviado a la cuenca de sus ojos, de nada le sirve. El que ve y no obstante se ofusca, es que tiene enferma la mirada de la mente por la costumbre de las sombras carnales. Los hombres de perversas costumbres son rechazados de la patria por vientos contrarios, al seguir unos bienes que son más bajos y abyectos respecto de aquel que confiesan ser mejor y más excelente.

CAPÍTULO X

Para ver a Dios debe ser purificada el alma

10. Por lo tanto, debiendo gozar de aquella verdad, que vive inmudablemente y por la cual el Dios Trinidad, autor y creador del mundo, cuida de las cosas que creó, debe ser purificada el alma, a fin de que pueda contemplar aquella luz y adherirse a ella después de contemplada. A esta purificación la podemos considerar como cierto andar y navegar hacia la patria, pues no nos acercamos al que está presente en todos los sitios por movimientos corporales, sino por la buena voluntad y las buenas costumbres.

CAPÍTULO XI

La Sabiduría encarnada, ejemplo de la purificación del alma

11. Esto no lo conseguiríamos si la misma Sabiduría no se hubiera dignado adaptarse a nuestra no pequeña flaqueza carnal, para darnos ejemplo de vida, precisamente haciéndose hombre, porque nosotros también somos hombres. Como obramos sabiamente nosotros cuando nos acercamos a ella, cuando ella viene a nosotros, los hombres soberbios creen que lo hizo por necesidad. Mas porque convalecemos cuando nosotros nos acercamos a ella, cuando ella se acerca a nosotros, la juzgamos como debilidad. Pero lo «necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo flaco de Dios es más fuerte que los hombres»9. Luego siendo ella la patria, se hizo también el camino para llevarnos a la patria.

CAPÍTULO XII

De qué modo la Sabiduría de Dios viene a nosotros

Estando presente en todas las partes al ojo interior puro y sano, se dignó aparecer a los ojos carnales de aquellos que tienen su vista interior impura y enferma. Como el mundo, por medio de su sabiduría, no podía conocer a Dios en la Sabiduría de Dios, agradó al Señor por la locura de la predicación salvar a los creyentes10.

12. Cuando se dice que vino a nosotros la Sabiduría de Dios, se da a entender que no vino recorriendo espacios locales, sino apareciéndose a los hombres en carne mortal. Vino allí donde estaba, porque estaba en el mundo que fue hecho por ella. Mas como los hombres, formados a imagen del mundo, y, por tanto, llamados convenientemente con el nombre de mundo, se entregaron, arrastrados por la concupiscencia, al gozo de la criatura posponiendo al Creador, no la conocieron. Por eso dijo el evangelista y el mundo no le conoció11. En conclusión, el mundo, en la Sabiduría de Dios, no podía conocer a Dios por la humana sabiduría. ¿Luego por qué vino si ya estaba aquí? Sólo porque agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.

CAPÍTULO XIII

El Verbo se hizo carne

¿Cómo vino? «Haciéndose el Verbo carne y habitando entre nosotros»12. Así como al hablar el sonido se hace palabra de lo que llevamos en el corazón, a fin de que lo que llevamos en el alma penetre en el oído del que oye, lo que llamamos lenguaje, sin que nuestro pensamiento se convierta en este sonido, sino que permaneciendo íntegro en sí, toma, sin menoscabo de algún cambio propio, la forma de voz, mediante la cual penetra en los oídos. Igualmente la palabra de Dios sin mudanza se hizo carne y habitó entre nosotros.

CAPÍTULO XIV

De cómo sana al hombre la Sabiduría de Dios

13. Como la cura es el medio para sanar, así este remedio, es decir, la Sabiduría de Dios, tomó a los pecadores para sanarlos y restablecerlos. Y como el médico cuando venda la herida no lo hace desaliñadamente, sino con todo cuidado para que a la utilidad del vendaje acompañe también cierta hermosura, igualmente la medicina de la sabiduría se acomoda a nuestras heridas por la toma del hombre, curando algunas veces por medio de cosas opuestas y otras por semejantes. Así como el que cura las heridas del cuerpo unas veces aplica remedios opuestos, lo frío a lo cálido, a lo seco lo húmedo, y así de este modo; y otras se vale de los remedios que son semejantes y, por lo tanto, usa un pañito redondo para una herida redonda, o un retazo alargado para una herida alargada, y aun no emplea la misma ligadura para todos los miembros, sino que adapta la semejante a los semejantes, así la Sabiduría de Dios, para curar al hombre, se presentó ella misma con el fin de sanarlo; ella es el médico y la medicina. Y como el hombre cayó por la soberbia, empleó la humildad para sanarlo. Fuimos engañados por la sabiduría de la serpiente, y librados por la necedad de Dios; pero la que se llama sabiduría fue necedad para los que despreciaron a Dios, y la que se llama ignorancia, es sabiduría con la que se vence al demonio. Nosotros morimos por usar mal de la inmortalidad. Cristo usó bien de la mortalidad para que vivamos nosotros. Habiendo depravado su alma la mujer, dio entrada a la enfermedad; permaneciendo íntegro el cuerpo de la Virgen, brotó la salud. También pertenece a los mismos remedios contrarios el ejemplo de las virtudes del Señor, por cuyo ejemplo se curan los vicios. Entre los semejantes, que son como vendas para los miembros aplicadas a nuestras heridas, está el haber sido engañados por la mujer y el nacer de ella un hombre para los hombres, un mortal para los mortales, uno que, con la muerte, libró a los muertos. La necesidad de continuar la obra emprendida nos fuerza a pasar por alto otras muchas cosas que, pensadas más diligentemente por los que no tienen prisa, presenta la enseñanza de la medicina cristiana de los contrarios y semejantes.

CAPÍTULO XV

Por la resurrección y la ascensión de Cristo se fortalece la fe y se aviva el conocimiento

14. Creída la Resurrección del Señor de entre los muertos y su Ascensión a los cielos, sobremanera corrobora nuestra fe. Porque no poco demuestran estos misterios de cuán buena gana entregó por nosotros su alma el que tuvo la potestad de volverla a tomar. Luego, cuán grande será la seguridad con que se endulza la esperanza de los que creen en Él, considerando lo mucho que padeció por tantos que aún no creían en Él; además, la esperanza de la venida del cielo del juez de vivos y muertos infunde un gran temor a los negligentes para que vuelvan a la solicitud y mejor le ansíen obrando el bien, que le teman obrando el mal. ¿Quién tiene palabras para expresar, o pensamiento para poder comprender lo que Él nos ha de dar al fin de los tiempos, cuando, para consolarnos en este destierro, nos dio el inmenso don del Espíritu Santo, mediante el cual, por la confianza y su gran amor, poseemos en las adversidades de esta vida a quien aún no vemos; y nos ofrece asimismo sus propios dones para enseñanza de su Iglesia a fin de que lo que manifiesta debe ser hecho lo hagamos no sólo sin murmurar, sino deleitándonos?

CAPÍTULO XVI

La Iglesia de Cristo, que es su cuerpo y esposa, es purificada por Él con remedios medicinales

15. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, conforme lo enseña la doctrina apostólica13, la cual también se llama esposa. Su cuerpo, compuesto de muchos miembros con diversos oficios14, se halla atado con el nudo de la unidad y de la caridad como si fuera la ligadura de la salud. En el tiempo presente, Dios ejercita y purifica con ciertas molestias medicinales a su esposa, 1a Iglesia, para que, al sacarla de este siglo, la junte consigo en la eternidad no teniendo mancha o arruga, o algún parecido defecto15.

CAPÍTULO XVII

Cristo, perdonando los pecados, patentiza el camino hacia la patria

16. Sin duda estamos en el camino; pero como este camino no es camino de piedra, sino de deseos, el cual estaba obstruido por una valla de espinas, es decir, por la malicia de los pecados pasados, ¿qué cosa pudo hacer con más generosidad y bondad el que quiso hacerse a sí mismo camino por donde transitáramos, sino condonar los pecados a los que vuelven a Él, y, crucificado por nuestra salud, arrancar esos obstáculos tan arraigados que nos impedían la entrada en el camino del cielo?

CAPÍTULO XVIII

Las llaves que entregó Jesucristo a la Iglesia

17. Estas llaves las dio Jesucristo a su Iglesia para que lo que desatase ella en la tierra fuese desatado en el cielo, y lo que ligase en la tierra fuese ligado en el cielo16. Es decir, que al que no cree que la Iglesia de Dios le perdona los pecados, no le son perdonados; pero el que cree, y corregido se aparta de ellos, permaneciendo en el gremio de ella, con esta fe y corrección es sanado. El que piensa que sus pecados no pueden ser perdonados, con la desesperación se hace peor, como si ya, al desconfiar del fruto de su conversión, no le quedase otro recurso mejor que el ser malo.

CAPÍTULO XIX

De la muerte y resurrección del cuerpo y del alma

18. Como el abandono de las primeras malas costumbres, que se hace con el arrepentimiento, es cierta muerte del alma, así la muerte del cuerpo es la cesación de la vida interior, y como el alma se cambia en mejor por la penitencia, con la cual destruyó las depravadas costumbres anteriores, del mismo modo se ha de creer y esperar que el cuerpo después de la muerte, a la que todos estamos sujetos por el vínculo del pecado, se ha de trocar en mejor por la resurrección; pues no siendo posible que la carne y la sangre se adueñen del reino de Dios, este cuerpo corruptible y mortal recibirá la incorruptibilidad y la inmortalidad17, y así, sin causar molestia a su alma, sin soportar indigencia alguna, será vivificado por el alma bienaventurada y perfecta, con suma quietud.

CAPÍTULO XX

Quiénes resucitarán más para el castigo que no para la vida

19. El alma de aquel que no muere a este mundo y que no comienza a amoldarse a la verdad, incurrirá en una muerte más seria que la muerte del cuerpo, pues no resucitará para recibir la transformación correspondiente a la vida del cielo, sino para recibir el castigo debido a la culpa.

CAPÍTULO XXI

Sobre la resurrección del cuerpo

La fe nos enseña, y debemos creer como cierto, que ni el alma ni el cuerpo humano padecen la destrucción total, sino que los impíos resucitarán para soportar penas incalculables y los justos para gozar de una vida eterna y feliz.

CAPÍTULO XXII

De sólo Dios se ha de gozar

20. De entre todas las cosas que existen, únicamente debemos gozar de aquellas que, como dijimos, son inmudables y eternas; de las restantes hemos de usar para poder conseguir el gozo de las primeras. Nosotros, que gozamos y usamos de todas las cosas, somos también una cosa. Ciertamente gran cosa es el hombre, pues fue hecho a imagen y semejanza de Dios, no en cuanto se ajusta al cuerpo mortal, sino en cuanto que es superior a las bestias por la excelencia del alma racional. Aquí se suscita la gran cuestión, si el hombre debe gozar de sí mismo, o usar; o si gozar y usar. Se nos ha dado un precepto de amarnos unos a otros. Pero se pregunta: ¿Se debe amar al hombre por causa del hombre o por otra cosa distinta? Si se le ama por él, es gozar; si se le ama por otro motivo, es usar de él. A mí me parece que debe ser amado por otro motivo, pues lo que debe amarse por sí mismo constituye en sí mismo la vida bienaventurada, la cual, aunque todavía no la poseemos, sin embargo, su esperanza nos consuela en esta vida. Maldito, dice la Escritura, el que pone la esperanza en el hombre18.

21. Es más, si bien se considera, ni aun de sí mismo debe gozar el hombre, porque nadie debe amarse a sí mismo por sí mismo, sino por aquel de quien debe gozar. Entonces es el hombre perfecto, cuando dirige toda su vida hacia la vida inmudable, uniéndose a ella con todo su afecto. Si se ama a sí mismo por sí mismo, no se encamina hacia Dios, pues dirigido a sí propio, se aleja de lo inmudable. Y, por tanto, ya goza de sí con algún defecto, pues mejor es el hombre cuando enteramente se une y se abraza con el bien inmudable, que cuando se aleja de él para volverse a sí mismo. Luego si a ti mismo no te debes amar por ti mismo, sino por aquel que es el rectísimo fin de tu amor, no arda en cólera ningún otro hombre porque también le amas a él, no por él, sino por Dios. Dios ha establecido esta regla de amor: Amarás —dijo— a tu prójimo como a ti mismo; pero a Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu entendimiento19, a fin de que dirijas todos tus pensamientos, toda tu vida, toda tu mente hacia aquel de quien recibiste las mismas cosas que le consagras. Cuando dice: Con tu corazón, con toda tu alma, con todo el entendimiento, ninguna parte de nuestra vida omite que deba eximirse de cumplir este deber para entregarse al gozo de otra distinta, sino que manda que todo lo que fuera de Dios se presente al alma para ser amado, sea como arrastrado hacia el bien adonde se dirige todo el ímpetu del amor. Cualquiera que ama rectamente a su prójimo ha de procurar que también éste ame a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente; de este modo, amándole como a sí mismo, todo su amor y el del prójimo lo encamina al amor de Dios, cuyo amor no permite que nazca de él algún arroyuelo que disminuya el caudal por tal filtración.

CAPÍTULO XXIII

El hombre no necesita precepto para amarse a sí mismo y a su cuerpo. Perverso amor de sí mismo

22. No todas las cosas de las que hemos de usar deben amarse, sino únicamente aquellas que, o se encaminan a Dios como son el hombre y el ángel, o se relacionan con nosotros y necesitan de nuestro apoyo para conseguir el beneficio de Dios, como es nuestro cuerpo. Porque ciertamente los mártires no amaron el crimen de sus perseguidores, pero usaron de él para conseguir el gozo con Dios. Cuatro son los géneros de cosas que han de amarse: uno, el que está sobre nosotros; otro, nosotros; el tercero, lo que se halla junto a nosotros; y el cuarto, lo que es inferior a nosotros. Sobre el segundo y cuarto no era necesario se diesen preceptos. Pues, por mucho que el hombre se aparte de la verdad, siempre le queda el amor de sí mismo y el de su cuerpo; porque el alma que huye de la luz inmutable que reina sobre todos los seres, lo hace para imperar en sí misma y en su cuerpo y, por lo tanto, no puede menos de amarse a sí misma y a su mismo cuerpo.

23. Juzga el hombre que ha conseguido un gran triunfo si logra dominar a sus compañeros, es decir, a otros hombres; porque es innato al alma viciosa apetecer de extraordinaria manera y exigir como cosa debida, lo que propiamente se debe al único Dios. Tal amor de sí mismo mejor se llama odio. Es inicuo querer que le sirvan las cosas que son inferiores al hombre, no queriendo él servir a lo que le es superior; por esto se dijo: El que ama la iniquidad, odia su alma20; y de aquí proviene que el alma se debilita y enferma, y es atormentada por el cuerpo mortal, porque es necesario que le ame y sufra las consecuencias de su corrupción. La inmortalidad y la incorruptibilidad del cuerpo se originan de la sanidad del alma, mas ésta consiste en unirse firmísimamente al bien más perfecto, es decir, a Dios inmudable. Cuando el hombre intenta dominar a los que son por naturaleza iguales a él, es decir, a los hombres, esto constituye una soberbia absolutamente intolerable.

CAPÍTULO XXIV

Nadie aborrece a su carne, ni los que la mortifican

24. Nadie se aborrece a sí mismo. Jamás se suscitó esta cuestión con secta alguna. Nadie odia a su cuerpo porque es cierto lo que dice el Apóstol: Ninguno tuvo jamás odio a su carne21. Lo que no pocos dicen que quisieran carecer enteramente de cuerpo, por completo se engañan, pues lo que odian no es su cuerpo, sino su peso y su corrupción. Desean carecer no de cuerpo, sino tenerle incorrupto y ligero, pero juzgan que no sería cuerpo si fuese tal, porque esto es el alma. Los que parece que aborrecen sus cuerpos por afligirlos con ciertos trabajos y ayunos, al ejecutarlo con rectitud, no lo hacen para desprenderse de él, sino para tenerle sujeto y preparado para las obras necesarias. Pretenden, pues, por esta milicia trabajosa del cuerpo, apagar las concupiscencias, de las cuales abusa su cuerpo, es decir, las inclinaciones y malas costumbres del alma, que la inclinan a gozar las cosas abyectas. Por tanto, no se pretende quitarle la vida, sino cuidar de su salud.

25. Los que ejecutan esto con perversidad declaran guerra a su cuerpo como si fuese un natural enemigo, engañándose en lo que leen: La carne apetece contra el espíritu y el espíritu contra la carne, estos dos seres son mutuamente contrarios22. Se dice esto por la indómita costumbre carnal contra la cual lucha el espíritu, no para destruir el cuerpo sino para que, dominada la concupiscencia de él, es decir, la perversa costumbre, quede sometido al espíritu, como lo pide el orden de la naturaleza. Después de la resurrección tendrá lugar esto, de suerte que gozará el cuerpo de un vigor absoluto y de una paz suma, estando sometido inmortalmente al espíritu; por lo tanto, se ha de procurar que esto también tenga lugar en la vida presente, para que la inclinación de la carne se mude en mejor y así no se oponga al espíritu con movimientos desordenados. Hasta tanto no se logre esto, la carne apetece contra el espíritu. El espíritu no se opone a la carne por el aborrecimiento que a ella le tenga, sino por el dominio, porque cuanto más la ama tanto más la quiere tener sometida a él, que es mejor que ella. Tampoco la carne se enfrenta al espíritu por aborrecimiento, sino por la inclinación inveterada de la mala costumbre, heredada de nuestros primeros padres, que se ha arraigado en ella como ley de la naturaleza. Luego lo que hace el espíritu domando la carne es romper los lazos de la mala costumbre y establecer la paz de una buena amistad. Con todo, ni los que detestan sus cuerpos, engañados con una falsa opinión, estarían prontos a perder un ojo, aun sin sentir dolor, y aunque les quedase en el otro tanta perspicacia cuanta tenían con ambos; a no ser que a ello les obligue otra cosa que debiera ser antepuesta. Con este ejemplo y otros parecidos, se demuestra a los que buscan la verdad sin pertinacia, lo cierta que es la sentencia apostólica que dice: Nadie aborreció jamás a su carne, a la que añade: Sino que la alimenta y abriga como Jesucristo a su Iglesia23.

CAPÍTULO XXV

Aunque se ame a otra cosa más que a su cuerpo, sin embargo, no por esto se aborrece el cuerpo

26. Dudar de que el hombre se ama a sí mismo y que desea su bien, es propio de un falto de juicio. Sin embargo, se ha de prescribir el modo de amarse a sí mismo, es decir, cómo se ame con provecho. También se ha de establecer la norma de amar a su cuerpo para que mire por él con prudencia y con orden. Porque es cierto que ama a su cuerpo y que desea conservarle sano y entero. Pero también alguno puede amar algo más que la salud y la integridad de su cuerpo. De muchos se dice que voluntariamente padecieron dolores y soportaron la amputación de sus miembros para conseguir otras cosas que amaron con amor más intenso. Mas por esto, no se ha de decir que algún hombre no ame la salud y la integridad de su cuerpo porque ame más alguna otra cosa. El avaro, aunque ame el dinero, sin embargo lo emplea para comprar pan; cuando lo hace, lo gasta a pesar de que desea aumentarlo y del amor que le tiene; pero es porque estima en más la salud de su cuerpo que con aquel pan se sustenta. Es, pues, superfluo disputar por más tiempo de asunto tan manifiesto; sin embargo, muchas veces el error de algunos impíos nos obliga a tratarlo.

CAPÍTULO XXVI

Se ha dado el precepto de amar a Dios, al prójimo y a sí mismo

27. No hubo necesidad de dar un precepto para que el hombre se amase a sí mismo y también a su cuerpo; lo que somos y lo que es inferior a nosotros, como pertenece a nosotros, lo amamos por la ley inviolable de la naturaleza, la cual también se promulgó en favor de las bestias, porque todas las bestias se aman a sí y a sus cuerpos. Restaba que se nos entregasen preceptos para amar lo que está sobre nosotros y lo que se halla junto a nosotros. El evangelista dice: Amarás a tu Dios y Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos preceptos se incluye toda la ley y los profetas24Así, pues, el fin del precepto es el amor25, mas duplicado, es decir, amor de Dios y del prójimo. Si comprendes todo tu ser, esto es, tu alma y tu cuerpo, y todo el ser de tu prójimo, es decir, su alma y su cuerpo (el hombre consta de cuerpo y de alma), observarás que no se omitió en aquellos dos preceptos género alguno de cosas que deben amarse. Mas como se intima el amor de Dios y aparece prescrito el modo de amarle, de tal suerte que todas las cosas converjan en él, parece que nada se dijo del amor del hombre a sí mismo. Pero al escribirse amarás al prójimo como a ti mismo no deja de intimarse al mismo tiempo el amor que cada uno debe tenerse a sí mismo.

CAPÍTULO XXVII

Orden del amor

28. Vive justa y santamente el que estime en su valor todas las cosas. Éste será el que tenga el amor ordenado de suerte que ni ame lo que no deba amarse, ni deje de amar lo que debe ser amado, ni ame más lo que se debe amar menos, ni ame con igualdad lo que exige más o menos amor, ni ame, por fin, menos o más lo que por igual debe amarse. Ningún pecador debe ser amado en cuanto es pecador. A todo hombre, en cuanto hombre, se le debe amar por Dios y a Dios por sí mismo. Y como Dios debe ser amado más que todos los hombres, cada uno debe amar a Dios más que a sí mismo. También se debe amar a otro hombre más que a nuestro cuerpo; porque todas las cosas se han de amar por Dios y el hombre extraño a nosotros puede gozar de Dios con nosotros, lo que no es capaz nuestro cuerpo que vive del alma con la que gozaremos de Dios.

CAPÍTULO XXVIII

A quién se debe socorrer cuando no se puede a todos, ni a dos

29. Todos deben ser amados igualmente, pero cuando no se puede socorrer a todos, ante todo se ha de mirar por el bien de aquellos que, conforme a las circunstancias de lugares y tiempos de cada cosa, se hallan más unidos a ti como por una especie de suerte. Así como abundando tú en algo que debieras repartir entre los que no tienen nada, y acercándose dos de los cuales ni uno ni otro, o por la indigencia o por la necesidad, se hallasen en distinto nivel de miseria, sin poder socorrer a los dos, no harías en esta ocasión cosa más justa que echar a suertes, para dar a uno lo que no puedes dar a los dos; así también, cuando no puedas favorecer a todos los hombres, se ha de considerar como suerte la mayor o menor conexión que tuviesen contigo.

CAPÍTULO XXIX

Debemos desear y procurar que todos amen a Dios

30. De todos los que pueden gozar de Dios con nosotros, amamos a unos a quienes favorecemos; amamos a otros que nos favorecen; amamos a algunos de quienes necesitamos auxilio y al mismo tiempo atendemos a su indigencia; amamos, por fin, a otros a quienes no somos de ninguna utilidad, ni tampoco la esperamos de ellos. Pero debemos querer que todos amen a Dios con nosotros, y ordenar a este único fin todo el bien que les hacemos o que ellos nos hacen. Si en los escenarios de la maldad, el que ama a un gran cómico se llena de tan inmenso gozo por la destreza de él, que ama también a todos los que con él le admiran, y los ama no por ellos, sino por el cómico a quien juntos aman; y cuanto es más ferviente el amor que le tiene, tanto más procura por distintas maneras que sea amado de muchos y tanto más desea darle a conocer a cuantos pudiere; y al que ve indiferente, intenta cuanto puede excitarle al amor con alabanzas al cómico; pero, si halla que alguno le es positivamente contrario, aborrece en él el aborrecimiento que tiene a su apasionado y procura e intenta por todos los medios arrancarle esta aversión. ¿Qué no debemos ejecutar nosotros en la comunidad del amor a Dios, en cuyo gozo consiste la bienaventuranza y de quien todos los que le aman han recibido el ser y el mismo amor que le tienen; de quien no tememos que, conocido, pueda desagradar a ninguno; y que si quiere ser amado no es para que se le dé algo, sino para dar a los que le aman el premio eterno, es decir, la posesión y gozo del mismo Dios? De aquí se deduce que hemos de amar aun a nuestros enemigos, porque no tememos que puedan quitarnos el bien que amamos; antes bien, nos compadecemos de ellos porque, cuanto más nos odian, tanto más se alejan del bien que amamos. Si volvieren a Él, le amarían como a bien que da la bienaventuranza, y necesariamente nos amarían como compañeros participantes con ellos del bien infinito.

CAPÍTULO XXX

Todos los hombres y los ángeles son nuestros prójimos

31. Se presenta aquí no pequeña cuestión sobre los ángeles. Ellos son bienaventurados gozando ya de aquel bien que nosotros anhelamos gozar. Y lo poquito que en esta vida gozamos nosotros como por espejo o enigma26, nos hace soportar con mayor tolerancia esta nuestra peregrinación hacia él, y más ardientemente deseamos acabarla. No se pregunta sin fundamento si aquellos dos preceptos del amor alcanzan también a los ángeles. Porque el que mandó a los hombres amar al prójimo, no excluyó a ninguno de los hombres de esta ley, como el mismo Señor lo demostró en el evangelio y también el apóstol San Pablo. Pues como aquel a quien propuso el Señor dichos preceptos, añadiendo que en ellos se encerraba toda la ley y los profetas, interrogase al Señor diciendo quién es mi prójimo, le propuso la parábola de un hombre que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, que habiéndole robado y herido gravemente le dejaron allí medio muerto. El Señor le enseñó que el prójimo era aquel que se paró ante el herido y usó de misericordia con él, reanimándole y curándole; lo que también confesó el que había preguntado. A éste dijo el Señor: Anda y haz tú lo mismo27, para que entendiéramos que nuestro prójimo es aquel con quien hemos de ejercitar la misericordia, si la necesita, o con quien debiéramos ejercitarla si la necesitara. De donde se infiere, que también es nuestro prójimo aquel que recíprocamente debe ejecutar esto con nosotros. El nombre de prójimo indica relación y nadie puede ser prójimo sino de su prójimo. ¿Quién no ve que a ninguno se excluye del precepto y a nadie se niega el deber que exige la misericordia, cuando el mandato se extiende hasta los enemigos, según lo dijo el Señor: Amad a vuestros enemigos y haced bien a los que os aborrecen?28

32. Esto mismo enseña el apóstol San Pablo cuando dice: No adulterarás, no cometerás homicidio, no hurtarás, no codiciarás, y, si existe otro mandato, se encierra en esta sentencia: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pues el amor del prójimo no ejecuta mal alguno29. Luego cualquiera que piense que el Apóstol no dio aquí el precepto para todos los hombres, se verá obligado a confesar lo más absurdo y abominable que existe, que San Pablo no reputó por pecado que alguno adulterase con la mujer de uno que no fuese cristiano o de un enemigo; o que le matase o codiciase sus bienes; y si esto es una locura, es evidente que a todo hombre se le ha de contar como prójimo, puesto que no se ha de inferir mal a nadie.

33. Si con razón se llama prójimo a quien debemos prestar o de quien debemos recibir el ministerio de la misericordia, es claro que en este precepto por el que se nos ordena que amemos al prójimo están incluidos los santos ángeles, de quienes recibimos tantos favores, como es fácil advertir en infinitos pasajes de la divina Escritura. De ahí que también el mismo Señor y Dios nuestro quiso llamarse nuestro prójimo, pues Jesucristo nuestro Señor se simbolizó en el que socorrió al hombre tendido en el camino, herido, semivivo y abandonado por los ladrones. Asimismo el profeta dice en su oración como prójimo y hermano nuestro así me complacía30. Pero como la naturaleza divina es infinitamente superior a la nuestra, por eso el precepto del amor a Dios es distinto del amor al prójimo. Él nos ofrece su misericordia por sola su bondad; nosotros nos ayudamos mutuamente puesta la mirada en Él; es decir, Dios se apiada de nosotros para que le gocemos, nosotros nos apiadamos mutuamente para gozarle.

CAPÍTULO XXXI

Dios usa, no goza de nosotros

34. Aún no es claro el decir que gozamos de una cosa cuando la amamos por sí misma, y que solamente debemos gozar de ella cuando nos hace bienaventurados; y que de las otras usamos. Porque Dios nos ama, sin duda; y este amor de Él para con nosotros nos lo recomienda no pocas veces la divina Escritura. Luego, ¿de qué modo nos ama? ¿Para usar o para gozar de nosotros? Si para gozar de nosotros, entonces necesita de nuestra bondad, lo que nadie dirá que esté en su sano juicio. Todo bien nuestro o es Él, o procede de Él. ¿Quién puede dudar, o a quien le está oculto que la luz no necesita del esplendor de las cosas que ella ilumina? Esto lo declara el profeta con toda evidencia:Yo dije al Señor, tú eres mi Dios, porque no necesitas mis bienes31. Dios, pues, no goza, sino usa de nosotros. Si Dios no goza ni usa de nosotros, no encuentro de qué modo nos ama.

CAPÍTULO XXXII

De qué modo usa Dios del hombre

35. Dios no usa de nosotros como usamos nosotros de las criaturas. El uso que hacemos nosotros lo referimos a gozar de la bondad de Dios; pero el que hace Dios de nosotros lo refiere a su misma bondad. Nosotros existimos porque Dios es bueno, y en cuanto existimos, somos buenos. Aún más, por ser justo Él, no somos malos impunemente, y en cuanto somos malos, en tanto menos ser tenemos. Sólo tiene el ser sumo y primero el que es totalmente inmudable y que con toda verdad pudo decir: Yo soy el que soy. Les dirás: El que es me ha enviado a vosotros32. Por lo tanto, todas las cosas que existen, no podrían existir a no ser por Él; y en tanto son buenas en cuanto que recibieron el ser. Luego aquel uso que se dice hace Dios de nosotros no se ordena a su utilidad, sino a la nuestra, y su fin es su bondad. Cuando usamos de misericordia nosotros mirando por el bien de alguno, lo hacemos para su utilidad y a ésta atendemos en tal circunstancia: pero, no sé cómo, también se sigue la nuestra, puesto que Dios no deja sin recompensa la misericordia que consagramos al indigente. Esta gratificación es la mayor, pues consiste en que gocemos de Él, y todos los que gocemos de Él gozaremos en el mismo Dios unos de otros.

CAPÍTULO XXXIII

De qué modo se ha de gozar de los hombres

36. Si el gozo mutuo descansara en nosotros colocando la esperanza de la felicidad en el hombre o en el ángel, nos quedaríamos atascados en el camino. Y esto es lo que el hombre y el ángel soberbios quieren adjudicarse, alegrándose cuando alguno pone su esperanza en ellos. El hombre santo y el santo ángel, cuando nos ven fatigados y deseosos de reposar y detenernos en ellos, más bien nos confortan o con el caudal que han recibido para emplearlo en nosotros, o con el que tienen para sí, pero también recibido. Y a los confortados así, los obligan a continuar el camino hacia el bien, a donde, llegando, seremos felices gozando con ellos. Por eso dice el Apóstol: ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros, o habéis sido bautizados en nombre de Pablo?33 Ni el que planta es algo, ni el que riega, sino sólo Dios que da el crecimiento34. También el ángel a quien adoraba un hombre, dice: No me adores a mí, adora más bien a Dios, porque yo también estoy debajo de Él, y ambos somos sus siervos35.

37. Cuando gozas del hombre en Dios, más bien gozas de Dios que del hombre, porque gozas del bien por el que llegarás a ser feliz; y te alegrarás de haber llegado a él, porque es el objeto en quien pusiste la esperanza para venir. Por eso san Pablo dice a Filemón: Hermano, yo gozo de ti en el Señor36. Si no hubiese añadido en el Señor, sino que sólo hubiese dicho, gozo de ti, en él hubiera puesto la esperanza de su felicidad. Aunque también de modo parecido se dice gozar, en el sentido de usar con delectación. Porque, cuando se halla presente lo que se ama, es preciso que traiga consigo la delectación, pero si pasando por alto no te fijas en ella y la encaminas a donde ha de permanecer para siempre, entonces usas de ella, y sólo dirías abusiva, no propiamente que gozas de ella. Si te juntas y permaneces en ella poniendo ahí el fin de tu alegría, entonces con propiedad se dirá que gozas de ella, lo cual no debe hacerse, sino con la Trinidad, es decir, con el sumo e inmudable Bien.

CAPÍTULO XXXIV

El camino por excelencia para ir a Dios es Cristo

38. Observa cómo habiéndose humanado para habitar entre nosotros37 la misma verdad y verbo divino, por quien fueron hechas todas las cosas, no obstante dice el Apóstol: Si conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no le conocemos así38. En efecto, el mismo que no sólo quiso darse en herencia de los que llegan a Él, sino también ser el camino para los que emprenden las sendas que conducen a Dios, ese mismo quiso tomar nuestra carne; a lo cual alude aquella sentencia: El Señor me creó en el principio de sus caminos39, dando a entender que los que quisieran llegar a Dios habrían de comenzar por Cristo. Pero aunque el Apóstol aún se hallaba en camino hacia la patria, y llamado por Dios seguía hacia el premio de la felicidad eterna, sin embargo, olvidando las cosas que quedan atrás y puesta su consideración en las que estaban delante40, había pasado el principio de aquellos caminos, es decir, ya no necesitaba de aquel conocimiento por donde han de comenzar y emprender el camino todos los que desean allegarse a la verdad y permanecer en la vida eterna. Porque dijo el Señor: Yo soy el camino, la verdad y la vida41; es decir, yo soy por donde se va, a donde se llega y en donde se permanece. Cuando se llega a Él, también se llega al Padre; pues por el igual se conoce al igual, enlazándonos y uniéndonos el Espíritu Santo de modo que podamos permanecer en el sumo e inmutable Bien. De donde se infiere, que ninguna cosa nos debe detener en el camino, ya que el mismo Señor, en cuanto se dignó ser nuestro camino, no quiso detenernos, sino que pasásemos por él hacia adelante, para que no nos apegásemos sin solidez aún a las cosas temporales que Él hizo y usó para nuestra salud, sino que más bien pasemos gozosos corriendo por ellas, para que merezcamos ser transportados y conducidos en hombros hasta aquel que libertó a nuestra naturaleza de las cosas corporales y la colocó a la diestra del Padre,

CAPÍTULO XXXV

El amor de Dios y del prójimo es la esencia y el fin de la Escritura

39. El compendio de todo lo expuesto desde que comenzamos a tratar de los objetos o cosas, es entender que la esencia y el fin de toda la divina Escritura es el amor42 de la cosa que hemos de gozar y de la cosa que con nosotros puede gozar de ella, pues, para que cada uno se ame a sí mismo, no hubo necesidad de precepto. Para que conociésemos esto y lo ejecutásemos, se hizo por la divina providencia, para nuestra salud eterna, toda la dispensación temporal de la cual debemos usar, no con cierto gozo y amor permanente y final en ella, sino más bien pasajero, es decir, que la amemos como amamos la vía, el vehículo u otra clase de medios, si puede expresarse con palabras más propias; de modo que amemos las cosas que nos llevan al último fin por aquel último fin a donde nos llevan.

CAPÍTULO XXXVI

La interpretación imperfecta de la Escritura no es falsa ni perniciosamente engañosa, si es útil para edificar la caridad. Sin embargo, debe corregirse al intérprete que de este modo se engaña

40. El que juzga haber entendido las divinas escrituras o alguna parte de ellas, y con esta inteligencia no edifica este doble amor de Dios y del prójimo, aún no las entendió. Pero quien hubiera deducido de ellas una sentencia útil para edificar la doble caridad, aunque no diga lo que se demuestra haber sentido en aquel pasaje el que la escribió, ni se engaña con perjuicio ni miente. En el que miente, hay una voluntad de decir lo que es falso; por eso encontramos a muchos que quieren mentir, pero que quiera ser engañado, a ninguno. Y como el mentir lo hace el hombre a sabiendas, y el ser engañado lo sufre ignorándolo, se ve a la legua que en una y misma cosa es mejor el que es engañado que el que engaña, pues siempre es mejor padecer una injusticia que hacerla; y todo el que miente comete una injusticia. Si a alguno le parece que alguna vez es útil la mentira, podrá también parecerle que es útil alguna vez la injusticia. Todo el que miente, en eso mismo es infiel al que miente, pero desea que, a quien mintió, le tenga fe, no obstante que él, mintiendo, no se la guarda; por eso, todo violador de la fe es injusto. Luego o la injusticia es alguna vez útil, lo cual es imposible, o la mentira no es útil jamás.

41. Todo el que entiende en las Escrituras otra cosa distinta a la que entendió el escritor, se engaña sin mentir ellas. Mas, como dije al principio, si se engaña en su parecer, pero no obstante en aquella sentencia edifica la caridad, la cual es el fin del mandato, se engaña como el caminante que abandonó por equivocación el camino y marcha a campo traviesa viniendo a parar a donde también le conducía el camino. Sin embargo, se le debe corregir y demostrar cuan útil es no abandonar el camino, no sea que, por la costumbre de desviarse, se vea obligado a seguir otro rumbo alejado u opuesto a la verdad.

CAPÍTULO XXXVII

Del gran peligro que hay en esta viciosa interpretación

Si alguno afirma temerariamente lo que no dice el autor a quien lee, incurrirá muchas veces en distinta sentencia que no podrá concordar con la del autor; y si concede que es verdadera y cierta la divina Escritura, no podrá ser verdadero lo que él afirmaba; y no sé cómo vendrá a suceder que, amando su propia sentencia, comience a ser ofensor de la divina Escritura antes que reprensor de sí mismo. Si a ese mal se le permite insinuarse en el alma, llegará a pervertirla. Por la fe caminamos a Dios, no por la visión de la verdad43. Se tambaleará la fe si comienza a vacilar la autoridad de la divina Escritura, y, si se tambalea la fe, la caridad languidece. Todo el que se aparta de la fe se aleja de la caridad; porque no puede amar lo que no cree que existe. Pero, si cree y ama obrando bien y sometiéndose a los preceptos de las buenas costumbres, llega a tener esperanza de conseguir lo que ama. Tres cosas, la fe, la esperanza y la caridad, son las que encierra toda ciencia y profecía.

CAPÍTULO XXXVIII

La caridad siempre permanece

42. A la fe, sucederá la visión que contemplaremos en la vida futura; a la esperanza, sucederá la posesión de la misma felicidad a la que llegaremos; la caridad, aunque cesen allí la fe y la esperanza, más bien aumentará. Si creyendo amamos lo que aún no vemos, ¡cuánto más lo amaremos cuando lo comencemos a ver! Y, si esperando amamos lo que aún no hemos llegado a alcanzar, ¡cuánto más lo amaremos cuando lo poseamos! Entre lo temporal y lo eterno hay esta diferencia: Que todo lo temporal se ama más antes de poseerse, y después de poseído se desprecia, pues no sacia el alma, para la que lo eterno es el verdadero y seguro descanso. Lo eterno se ama con más intensidad cuando es poseído que cuando se desea, porque a nadie que lo desea se le concede apreciar en más lo deseado, que lo que ello es en sí mismo; de suerte que pueda despreciarlo por encontrarlo inferior; antes bien, por mucho que alguno imagine sea lo eterno, hallará que es mucho más cuando lo alcancé.

CAPÍTULO XXXIX

El hombre, basado en la fe, esperanza y caridad, no necesita de la santa Escritura para su instrucción

43. El hombre que está firme en la fe, en la esperanza y en la caridad y que las retiene inalterablemente, no necesita de las sagradas Escrituras, si no es para instruir a otros. Así, muchos dirigidos por estas tres virtudes viven en los desiertos sin el auxilio de los libros santos. De donde juzgo que ya se cumplió en ellos lo que se dijo: Aunque la profecía se acabe, las lenguas desaparezcan y la ciencia se destruya44, la caridad jamás cesará. Tanta fue la instrucción a que llegaron con estos medios de la fe, la esperanza y la caridad, que, como poseyendo ya lo perfecto, no buscan lo que sólo en parte es perfecto45, es decir, las enseñanzas parciales. Dije que poseen ya lo perfecto, pero en cuanto puede ser poseído en esta vida mortal; porque comparando la perfección de la vida futura con la del justo y santo en el mundo, ésta es imperfecta. Por esto dice el Apóstol: Ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad; pero la mayor de las tres es la caridad46, pues, al llegar a la vida eterna, cesará la fe y la esperanza, permaneciendo la caridad más firme y perfecta.

CAPÍTULO XL

Disposición que exige la Escritura al lector

44. Todo el que conozca que el fin de la ley es la caridad que procede de un corazón puro, de una conciencia buena y de una fe no fingida47, refiriendo todo el conocimiento de la divina Escritura a estas cosas, dedíquese con confianza a exponer los libros divinos. Al nombrar el Apóstol la caridad, añadió de un corazón puro, para dar a entender que no se ama otra cosa, sino lo que se debe amar. A esto juntó la conciencia buena, entendiendo la esperanza, pues, el que siente el remordimiento de una mala conciencia, desespera de llegar a conseguir lo que cree y ama. Por fin, exige una fe no fingida, porque, si nuestra fe es sincera, no amaremos lo que no debe amarse, y, por tanto, esperaremos con rectitud que de ningún modo se engañe nuestra esperanza. Hasta el presente he hablado de las cosas tocantes a la fe cuanto quise decir, según el tiempo y asunto. Me parece que con lo dicho es bastante, porque en otras obras ajenas y mías se dijeron muchas cosas sobre este asunto. Pongamos fin a este libro. En los restantes disertaremos de los signos conforme nos concediere el Señor.

SOBRE LA DOCTRINA CRISTIANA

Traducción: Balbino Martín Pérez, OSA

LIBRO II

CAPÍTULO I

Qué es y de cuántas maneras es el signo

1. Al escribir el libro anterior sobre las cosas, procuré prevenir que no se atendiese en ellas sino lo que son, prescindiendo de que, además, puedan significar alguna otra cosa distinta de ellas. Ahora, al tratar de los signos, advierto que nadie atienda a lo que en sí son, sino únicamente a que son signos, es decir, a lo que simbolizan. El signo es toda cosa que, además de la fisonomía que en sí tiene y presenta a nuestros sentidos, hace que nos venga al pensamiento otra cosa distinta. Así, cuando vemos una huella, pensamos que pasó un animal que la imprimió; al ver el humo, conocemos que debajo hay fuego; al oír la voz de un animal, nos damos cuenta de la afección de su ánimo; cuando suena la corneta, saben los soldados si deben avanzar o retirarse o hacer otro movimiento que exige la batalla.

2. Los signos, unos son naturales, y otros instituidos por los hombres. Los naturales son aquellos que, sin elección ni deseo alguno, hacen que se conozca mediante ellos otra cosa fuera de lo que en sí son. El humo es señal de fuego, sin que él quiera significarlo; nosotros, con la observación y la experiencia de las cosas comprobadas, reconocemos que en tal lugar hay fuego, aunque allí únicamente aparezca el humo. A este género de signos pertenece la huella impresa del animal que pasa; lo mismo que el rostro airado o triste demuestra la afección del alma, aunque no quisiera significarlo el que se halla airado o triste; como también cualquier otro movimiento del alma que, saliendo fuera, se manifiesta en la cara, aunque no hagamos nosotros para que se manifieste. No es mi idea tratar ahora de este género de signos; como pertenecen a la división que hemos hecho, ni pude en absoluto pasarlos por alto, pero es suficiente lo que hasta aquí se dijo de ellos.

CAPÍTULO II

De la clase de signos que se ha de tratar aquí

3. Los signos convencionales son los que mutuamente se dan todos los vivientes para manifestar, en cuanto les es posible, los movimientos del alma como son las sensaciones y los pensamientos. No tenemos otra razón para señalar, es decir, para dar un signo, sino el sacar y trasladar al ánimo de otro lo que tenía en el suyo aquel que dio tal señal. De esta clase de signos, por lo que toca a los hombres, he determinado tratar y reflexionar ahora; porque aun los signos que nos han sido dados sobrenaturalmente y que se hallan en las santas Escrituras, se nos comunicaron por los que las escribieron. También los animales usan entre sí de esta clase de signos, por los que manifiestan el apetito de su alma. El gallo, cuando encuentra alimento, con el signo de su voz manifiesta a la gallina que acuda a comer; el palomo con su arrullo llama a la paloma, o, al contrario, ella le llama; existen otros muchos signos de esta clase que pueden y suelen notarse. Es una cuestión que no atañe al asunto que tratamos si estos signos, como por ejemplo el semblante y el quejido de un doliente, sigan espontáneamente el movimiento del alma sin intención de significar, o se den ex profeso para significar. Como cosa no necesaria, la omitiremos en esta obra.

CAPÍTULO III

Entre los signos, la palabra ocupa el primer lugar

4. De los signos con que los hombres comunican entre sí sus pensamientos, unos pertenecen al sentido de la vista, otros al del oído, muy pocos a los demás sentidos. Efectivamente, al hacer una señal con la cabeza, solamente damos signo a los ojos de la persona a quien queremos comunicar nuestra voluntad. También algunos dan a conocer no pocas cosas con el movimiento de las manos: los cómicos, con los movimientos de todos sus miembros, dan signos a los espectadores, hablando casi con los ojos de los que los miran. Las banderas e insignias militares declaran a los ojos la voluntad del jefe, de modo que todos estos signos son como ciertas palabras visibles. Los signos que pertenecen al oído, como dije antes, son mayores en número, y principalmente los constituyen las palabras; la trompeta, la flauta y la cítara dan muchas veces no solamente un sonido suave, sino también significativo, pero toda esta clase de signos, en comparación con las palabras, son poquísimos. Las palabras han logrado ser entre los hombres los signos más principales para dar a conocer todos los pensamientos del alma, siempre que cada uno quiera manifestarlos. El Señor dio un signo del olfato con el olor del ungüento derramado en sus pies1. Al sentido del gusto también le dio un signo con el sacramento de su cuerpo y sangre comido por Él de antemano, con el cual significó lo que quiso hicieran sus discípulos2. También al sentido del tacto le dio un signo, cuando la mujer, tocando la orla de su vestidura, recibió la salud3. Pero la innumerable multitud de signos con que los hombres declaran sus pensamientos se funda en las palabras, pues toda esta clase de signos que por encima he señalado los pude dar a conocer con palabras, pero de ningún modo podría dar a entender las palabras con aquellos signos.

CAPÍTULO IV

Origen de las letras

5. Como las palabras pasan herido el aire y no duran más tiempo del que están sonando, se inventaron letras, que son signos de las palabras. De este modo, las voces se manifiestan a los ojos, no por sí mismas, sino por estos sus signos propios. Estos signos no pudieron ser comunes a todos los pueblos a causa de aquel pecado de soberbia que motivó la disensión entre los hombres queriendo cada uno de ellos usurpar para sí el dominio. De esta soberbia es signo aquella torre que edificaban con ánimo de que llegase al cielo, en la cual merecieron aquellos hombres impíos no sólo tener voluntades opuestas, sino también diferentes palabras4.

CAPÍTULO V

La diversidad de lenguas

6. De aquí provino que también la divina escritura, la cual socorre tantas enfermedades de las humanas voluntades, habiendo sido escrita en una sola lengua en la cual oportunamente hubiera podido extenderse por la redondez de la tierra, se conociera para salud de las naciones divulgada por todas partes debido a las diversas lenguas de los intérpretes. Los que la leen no apetecen encontrar en ella más que el pensamiento y voluntad de los que la escribieron, y de este modo llegar a conocer la voluntad de Dios, según la cual creemos que hablaron aquellos hombres.

CAPÍTULO VI

Cómo es útil la obscuridad que tiene la Escritura a causa de las figuras y tropos

7. Los que leen inconsideradamente se engañan en muchos y polifacéticos pasajes obscuros y ambiguos, sintiendo una cosa por otra, y en algunos lugares no encuentran una interpretación, aun sospechando que sea ella incierta; así es de oscura la espesa niebla con que están rodeados ciertos pasajes. No dudo que todo esto ha sido dispuesto por la Providencia divina para quebrantar la soberbia con el trabajo, y para apartar el desdén del entendimiento, el cual no pocas veces estima en muy poco las cosas que entiende con facilidad. Y si no, ¿en que consiste, pregunto, que si alguno dijese que hay hombres santos y perfectos con cuya vida y costumbres la Iglesia de Cristo rompe con sus dientes y separa de cualquiera clase de supersticiones a los que vienen a ella; y, por lo tanto, con esta imitación de los buenos, en cierto modo, los incorpora a su seno; los cuales, hechos ya buenos fieles y verdaderos siervos de Dios, por haber depuesto las cargas del siglo, vienen a la sagrada fuente de purificación bautismal, de donde suben fecundizados por la gracia del Espíritu Santo y engendran el fruto de la doble caridad, es decir, de Dios y del prójimo? ¿En qué consiste, repito, que si alguno dijere esto que acabo de escribir, agrade menos al que lo oye, que si al hablar de lo mismo le presentara el pasaje del Cantar de los Cantares donde se dijo a la Iglesia, como si se alabara a una hermosa mujer: Tus dientes son como un rebaño de ovejas esquiladas que sube del lavadero; las cuales crían todas gemelos, y no hay entre ella estéril?5 ¿Pero acaso el hombre aprende alguna otra cosa con el auxilio de esta semejanza, que la que oyó con palabras sencillas y llanas? Sin embargo, no sé por qué contemplo con más atractivo a los santos cuando me los figuro como dientes de la Iglesia que desgajan de los errores a los hombres, y ablandada su dureza y como triturados y masticados, los introducen en el cuerpo de la Iglesia. También me agrada mucho cuando contemplo las esquiladas ovejas, que habiendo dejado sus vellones como carga de este mundo, suben del lavadero, es decir, del bautismo y crían ya todas mellizos, esto es, los dos preceptos del amor, y que ninguna de ellas es estéril de este santo fruto.

8. Pero ¿en qué consiste que lo perciba con más placer de este modo que si no se propusiera bajo una tal semejanza sacada de los divinos libros, siendo así que el asunto es el mismo y el conocimiento igual? Difícil es de explicar y distinta cuestión de lo que tratamos ahora. Basta, pues, con decir que nadie duda que se conoce cualquiera cosa con más gusto por semejanzas; y que las cosas que se buscan con trabajo se encuentran con mucho más agrado. Los que de ningún modo encuentran lo que buscan sienten hambre; y los que no buscan porque lo tienen a la mano, muchas veces por el hastío desfallecen. En uno y otro caso se ha de evitar la inacción. Por eso el Espíritu Santo magnífica y saludablemente ordenó de tal modo las santas Escrituras, que, por los lugares claros, satisfizo nuestra hambre, y por los oscuros, nos desvaneció el fastidio. En verdad, casi nada sale a la luz de aquellos pasajes oscuros que no se halle ya dicho clarísimamente en otro lugar.

CAPÍTULO VII

Los grados para llegar a la sabiduría son: el primero, el temor; los segundos, por orden, la piedad, la ciencia, la fortaleza, el consejo, la pureza de corazón; y el último, la sabiduría

9. Ante todo, es preciso que el temor de Dios nos lleve a conocer su voluntad y así sepamos qué nos manda apetecer y de qué huir. Es necesario que este temor infunda en el alma el pensamiento de nuestra mortalidad y el de la futura muerte, y que, como habiendo clavado las carnes, incruste en el madero de la cruz todos los movimientos de soberbia. Luego, es menester amansarse con el don de la piedad para no contradecir a la divina Escritura cuando, entendiéndola, reprende algún vicio nuestro, o cuando, no entendiéndola, creemos que nosotros podemos saber más y mandar mejor que ella. Antes bien, debemos pensar que es mucho mejor y más cierto lo que allí está escrito, aunque aparezca oculto, que cuanto podamos saber por nosotros mismos.

10. Después de estos dos grados, del temor y la piedad, se sube al tercero, que es el de la ciencia, del cual he determinado hablar ahora. Porque en éste se ejercita todo el estudioso de las divinas Escrituras, no encontrando en ellas otra cosa más que se ha de amar a Dios por Dios y al prójimo por Dios: A éste, con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente; al prójimo como a nosotros mismos6, es decir, que todo amor al prójimo como a nosotros ha de referirse a Dios. De estos dos preceptos hemos tratado en el libro anterior al hablar de las cosas. Es, pues, necesario que ante todo cada uno vea, estudiando las divinas Escrituras, que si se halla enredado en el amor del mundo, es decir, en el de las cosas temporales, está tanto más alejado del amor de Dios y del prójimo cuanto lo prescribe la misma Escritura. Luego entonces, aquel temor que hace pensar en el juicio de Dios, y la piedad por la que no puede menos de creer y someterse a la autoridad de los libros santos, le obligan a llorarse a sí mismo. Porque esta ciencia de útil esperanza no hace al hombre jactarse, sino lamentarse de sí mismo; con cuyo afecto obtiene, mediante diligentes súplicas, la consolación del divino auxilio, para que no caiga en la desesperación, y de este modo, comienza a estar en el cuarto grado, es decir, en la fortaleza, por el cual se tiene hambre y sed de justicia. Este afecto arranca al hombre de toda mortífera alegría de las cosas temporales, y, apartándose de ellas, se dirige al amor de las eternas, es decir, a la inmudable unidad y Trinidad.

11. Tan pronto como el hombre, en cuanto le es posible, llega a divisar de lejos el fulgor de esta Trinidad y reconoce que no puede soportar la flaqueza de su vista aquella luz, asciende al quinto grado, es decir, al consejo de la misericordia, donde purifica su alma alborotada y como desasosegada por los gritos de la conciencia, de las inmundicias contraídas debidas al apetito de las cosas inferiores. Aquí se ejercita denodadamente en el amor del prójimo y se perfecciona en él, y, lleno de esperanza e íntegro en sus fuerzas, llega hasta el amor del enemigo; y de aquí sube al sexto grado, donde purifica el ojo mismo con que puede ver a Dios, como pueden verle aquellos que, en cuanto pueden, mueren a este mundo. Porque, ciertamente, en tanto le ven en cuanto mueren a este siglo, y no le ven mientras viven para el mundo. Y por esto, aunque la luz divina comience a mostrarse no sólo más cierta y tolerable, sino más agradable, sin embargo, aún se dice que todavía se la ve en enigma y por espejo7, porque mientras peregrinamos en esta vida, más bien caminamos por la fe que por realidad8, aunque nuestra conversación sea celestial9. En este sexto grado, de tal forma purifica el hombre el ojo de su alma, que ni prefiere ni compara al prójimo con la verdad; luego ni a sí mismo, puesto que ni prefiere ni compara al que amó como a sí mismo. Este justo tendrá un corazón tan puro y tan sencillo que no se apartará de la verdad, ni por interés de agradar a los hombres ni por miras de evitar alguna molestia propia que se oponga a esta vida de perfección. Un tal hijo de Dios sube a la sabiduría, que es el séptimo y último grado, de la cual gozará tranquilo en paz. El comienzo de la sabiduría es el temor de Dios10. Desde él, hasta llegar a la sabiduría, se camina por estos grados.

CAPÍTULO VIII

Cuáles son los libros canónicos

12. Volvamos, pues, la consideración al tercer grado del cual propuse tratar y exponer lo que el Señor me sugiriese. El más diligente investigador de las Sagradas Escrituras será, en primer lugar, el que las hubiere leído íntegramente y las tenga presentes, si no en la memoria, a lo menos con la constante lectura, sobre todo aquellas que se llaman canónicas. Porque las demás las leerá con más seguridad una vez instruido en la fe de la verdad, y así no se adueñarán de su débil ánimo, ni perjudicarán en algo contra la sana inteligencia burlándose de él con peligrosas mentiras y falsas alucinaciones. En cuanto a las Escrituras canónicas, siga la autoridad de la mayoría de las Iglesias católicas, entre las cuales sin duda se cuentan las que merecieron tener sillas apostólicas y recibir cartas de los apóstoles. El método que ha de observarse en el discernimiento de las Escrituras canónicas es el siguiente: Aquellas que se admiten por todas las Iglesias católicas, se antepongan a las que no se acepten en algunas; entre las que algunas Iglesias no admiten, se prefieren las que son aceptadas por las más y más graves Iglesias, a las que únicamente lo son por las menos y de menor autoridad. Si se hallare que unas son recibidas por muchas Iglesias y otras por las más autorizadas, aunque esto es difícil, opino que ambas se tengan por de igual autoridad.

13. El canon completo de las Sagradas Escrituras, sobre el que ha de versar nuestra consideración, se contiene en los libros siguientes: Los cinco de Moisés, a saber: el Génesis, el Éxodo, el Levítico, los Números, y el Deuteronomio; un libro de Jesús hijo de Nave; uno de los Jueces; un librito que se titula de Ruth, el cual parece más bien que es el principio de los Reyes; siguen los cuatro de los Reyes y dos de Paralipómenos que no siguen desligados a los de los Reyes, sino que, como compañeros, marchan juntos. Estos libros son la historia que contiene los tiempos enlazados entre sí y los sucesos, ordenados, acaecidos en tales tiempos. Hay otras historias de distinta clase que no tienen conexión con el orden de sucesos anteriores; ni se relacionan entre sí, como son los libros de Job, de Tobías, de Ester y de Judit y los dos libros de los Macabeos, y los dos de Esdras, los cuales parece que siguen más bien el orden de aquella historia que termina con los libros de los Reyes y Paralipómenos. Siguen los profetas, entre los cuales se encuentra un libro de Salmos de David; tres de Salomón: los Proverbios, el Cantar de los cantares y el Eclesiastés; los otros dos libros, de los cuales uno es la Sabiduría y el otro el Eclesiástico, se dicen de Salomón por cierta semejanza, pero comúnmente se asegura que los escribió Jesús hijo de Sirach, y como merecieron ser recibidos en la autoridad canónica, deben contarse entre los proféticos. Los restantes libros son de aquellos que propiamente se llaman profetas. Doce son los libros de los profetas, correspondiendo cada uno a cada profeta; pero como se enlazan entre sí y nunca han estado separados, se cuentan por un libro. Los nombres de los profetas son: Oseas, Joel, Amos, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Aggeo, Zacarías y Malaquías. A estos siguen otros cuatro profetas, cada uno con su libro de mayor volumen: Isaías, Jeremías, Daniel y Ezequiel. En estos cuarenta y cuatro libros, se encierra la autoridad del Viejo Testamento. La del Nuevo Testamento se contiene en los cuatro libros del Evangelio según San Mateo, según San Marcos, según San Lucas y según San Juan; en las catorce Epístolas de san Pablo, una a los romanos, dos a los corintios, una a los gálatas, una a los efesios, una a los filipenses, dos a los tesalonicenses, una a los colosenses, dos a Timoteo, una a Tito, una a Filemón, y una a los hebreos; en las dos de San Pedro; en las tres de San Juan; una de San Judas y en otra de Santiago; en un libro de los Hechos Apostólicos y en otro de San Juan titulado Apocalipsis.

CAPÍTULO IX

De qué modo se ha de dedicar al estudio de la sagrada Escritura

14. En todos estos libros, los que temen a Dios y los mansos por la piedad, buscan la voluntad de Dios. Lo primero que se ha de procurar en esta empresa es, como dijimos, conocer los libros, si no de suerte que se entiendan, a lo menos leyéndolos y aprendiéndolos de memoria o no ignorándolos por completo. Después se han de investigar con gran cuidado y diligencia aquellos preceptos de bien vivir y reglas de fe que propone con claridad la Escritura, los cuales serán encontrados en tanto mayor número, en cuanto sea la capacidad del que busca. En estos pasajes que con claridad ofrece la Escritura se encuentran todos aquellos preceptos pertenecientes a la fe y a las costumbres, a la esperanza y a la caridad, de las cuales hemos tratado en el libro anterior. Después, habiendo adquirido ya cierta familiaridad con la lengua de las divinas Escrituras, se ha de pasar a declarar y explicar los preceptos que en ellas hay obscuros, tomando ejemplos de las locuciones claras, con el fin de ilustrar las expresiones obscuras, y así los testimonios de las sentencias evidentes harán desaparecer la duda de las inciertas. En este asunto la memoria es de un gran valor, pues si falta no puede adquirirse con estos preceptos.

CAPÍTULO X

Acontece no entender la Escritura por usar signos desconocidos o ambiguos

15. Por dos causas no se entiende lo que está escrito: Por la ambigüedad o por el desconocimiento de los signos que velan el sentido. Los signos son o propios o metafóricos. Se llaman propios cuando se emplean a fin de denotar las cosas para que fueron instituidos; por ejemplo, decimos «bovem», buey, y entendemos el animal que todos los hombres conocedores con nosotros de la lengua latina designan con este nombre. Los signos son metafóricos o trasladados cuando las mismas cosas que denominamos con sus propios nombres se toman para significar alguna otra cosa; como si decimos bovem, buey, y por estas dos sílabas entendemos el animal que suele llamarse con este nombre; pero además, por aquel animal entendemos al predicador del Evangelio, conforme lo dio a entender la Escritura según la interpretación del Apóstol que dice: No pongas bozal al buey que trilla11.

CAPÍTULO XI

Para que desaparezca la ignorancia de los signos en la Escritura, es necesario el conocimiento de las lenguas, principalmente la griega y la hebrea

16. El mejor remedio contra la ignorancia de los signos propios es el conocimiento de las lenguas. Los que saben la lengua latina, a quienes intentamos instruir ahora, necesitan para conocer las divinas Escrituras las lenguas hebrea y griega. De este modo podrán recurrir a los originales cuando la infinita variedad de los traductores latinos ofrezcan alguna duda. Es cierto que encontramos muchas veces en los Libros santos palabras hebreas no traducidas, comoamén, aleluya, roca, hosanna, etc. Algunas, aunque hubieran podido traducirse, conservaron su forma antigua, como acontece con amén y aleluya, por la mayor reverencia de su autoridad; de otras se dice que no pudieron ser traducidas a otra lengua, como ocurre con las dos últimas. Existen palabras de ciertas lenguas que no pueden trasladarse con significación adecuada a otro idioma. Esto sucede principalmente con las interjecciones, puesto que más bien tales palabras significan un afecto del alma, que declaran parte alguna de nuestros conceptos. Tales muestran ser las dos que adujimos, pues dicen que roca es voz de indignación y hosanna de alegría. Mas no por estas pocas, que son fáciles de notar y preguntar, sino por las discrepancias de los traductores, es necesario, según se dijo, el conocimiento de las mencionadas lenguas. Los que tradujeron las Sagradas Escrituras de la lengua hebrea a la griega pueden contarse, pero de ningún modo pueden serlo los traductores latinos. Porque, en los primeros tiempos de la fe, quien creía poseer cierto conocimiento de una y otra lengua se atrevía a traducir el códice griego que caía en sus manos.

CAPÍTULO XII

Es útil la diversidad de versiones. El error de los traductores tiene lugar por la ambigüedad de las palabras

17. La variedad de versiones ayudó, más que impidió, al conocimiento del texto original, siempre que los lectores no fueron negligentes. Porque el cotejo de los diferentes códices ha aclarado muchos pasajes obscuros; como aquel de Isaías que un intérprete dice no desprecies a los domésticos de tu linaje y otro dice no desprecies tu carne12; por lo que cada uno mutuamente se atestiguan, pues la traducción del uno aclara la del otro. Porque la carne puede tomarse en sentido propio de modo que cada cual juzgue que se le amonesta no despreciar su cuerpo; y los domésticos de tu linaje pudiera entenderse de los cristianos en sentido metafórico; ya que nacieron espiritualmente de la misma semilla de la palabra que nosotros. Pero, cotejando el sentido de los dos traductores, se descubre como sentencia más probable que el precepto es propiamente, no despreciar a los consanguíneos, porque al relacionar los domésticos de tu linaje con la carne, los primeros que se presentan al pensamiento son los parientes. A esto juzgo que alude aquello del Apóstol: Si de algún modo puedo arrastrar a emulación a mi carne para salvar alguno de ellos13, es decir, que, imitando a los que creyeron, crean ellos también. Llama, pues, carne suya a los judíos, por la consanguinidad. Igualmente sucede con aquel otro pasaje del mismo Isaías: Si no creyeseis no entenderéis, pues otro tradujo: Si no creyeseis no permaneceréis14. ¿Quién de los dos siguió la letra?; no lo sabemos, si no leemos los ejemplares de la lengua original. Sin embargo, de entrambas versiones se insinúa algo grande a los que saben leer. Porque es muy difícil que los traductores discrepen de tal forma que no convengan entre sí de algún modo. Luego como el entender, de que habla una versión, consiste en la mirada sempiterna, y la fe, mientras estamos envueltos en pañales en la cuna de las cosas temporales, nos alimenta con leche como a niños, y ahora caminamos por la fe no por la visión15; y como, asimismo, si no caminásemos por medio de la fe no podríamos llegar a la visión que eternamente permanecerá cuando, purificado el entendimiento, nos unamos a la verdad, por eso dijo el uno: Si no creyereis no permaneceréis, y el otro: Si no creyereis no entenderéis.

18. Muchas veces el intérprete se engaña por la ambigüedad de la lengua original, pues, no calando bien en el pasaje, traduce dando una significación que está muy lejos de la del autor. Así algunos códices traducen «agudos sus pies para derramar la sangre». Y en griego oxys significa agudo y veloz. Por lo tanto, comprendió el sentido el que tradujo «veloces son sus pies para derramar la sangre»16, y el otro erró, al ser llevado al otro significado de aquel signo. Tales traducciones no son obscuras sino falsas, y con ellas se ha de observar otra actitud, es decir, no se ha de mandar que tales códices sean aclarados, sino enmendados. Por lo mismo que acabamos de decir, ciertos intérpretes, sabiendo que el griego, mosjos, significa «novillo» tradujeron, mosjeumata, por rebaño de terneros, no entendiendo que significa plantíos. Este error se ha extendido por tantos códices que apenas se halla traducido de otro modo, a pesar de que el sentido es clarísimo y lo evidencian las palabras que a continuación se ponen, pues el texto dice: Las plantáis adulterinas, no echarán hondas raíces17, lo que está mejor dicho que «novilladas» que andan con sus pies sobre la tierra pero no echan raíces. Esta traducción la confirman en aquel sitio todas las palabras del contexto.

CAPÍTULO XIII

Cómo puede corregirse un error de traducción

19. Acontece que no se ve cuál sea el verdadero sentido de un mismo pasaje cuando muchos autores intentan darlo a conocer, según la capacidad y el discernimiento de cada uno, si no se coteja con el original la sentencia traducida por ellos; y muchas veces, si el traductor no es doctísimo, se aparta del sentido del autor; por esto, para conocer el sentido, es preciso recurrir a las lenguas de donde se tradujo al latín; o consultar las versiones de aquellos que se ciñeron más a la letra, no porque basten éstas, sino porque mediante ellas se descubrirá la verdad o el error de los otros, que al traducir prefirieron seguir el sentido que verter las palabras. Porque muchas veces, no sólo se traducen las palabras, sino también los modismos que no pueden en modo alguno trasladarse al pie de la letra al latín, si se quiere guardar la costumbre de los antiguos oradores latinos. Estos giros algunas veces no hacen cambiar el sentido, pero ofenden a los que se deleitan más en las cosas cuando se guarda cierta propia integridad en los signos de ellas. Lo que se llama solecismo no es más que enlazar las palabras sin aquella norma con que las acoplaron los que, anteriores a nosotros, no sin autoridad, hablaron la lengua. Así, por ejemplo, nada le interesa al que intenta el conocimiento de las cosas el que se diga inter homines o inter hominibus, entre los hombres. ¿Y qué cosa es el barbarismo sino el escribir una palabra con distintas letras o pronunciarla con distinto sonido con que la escribieron o pronunciaron los que antes de nosotros hablaron latín? El que pide perdón de sus pecados a Dios poco se preocupa de cualquier modo que suene la palabra ignoscere, perdonar, ya se pronuncie larga o breve la tercera sílaba. Luego ¿en qué consiste la pureza en el hablar, sino en la observancia de la costumbre ajena, confirmada por la autoridad de los antiguos que hablaron la lengua?

20. Sin embargo, tanto más se ofenden los hombres por estos defectos cuanto son de menores alcances, y tanto son más pedantes, cuanto quieren aparentar más instruidos, no en la ciencia de las cosas que nos edifican, sino en el conocimiento de los signos, que es en absoluto difícil que no nos hinche, ya que la misma ciencia de las cosas no pocas veces levantará nuestra cerviz, a no ser que el yugo del Señor la doblegue. ¿Pues qué estorbo encuentra el entendedor, porque halle escrito: Quae est terra in qua isti insidunt «super eam» si bona est an nequam; et quae sunt civitates in quibus ipsi inhabitant «in ipsis»?18; qué tal es la tierra en la cual éstos se asientan en ella, si es buena o mala; y qué tales son las ciudades en las que se habitan en ellas?19 Este modo de hablar juzgo más bien que es propio de la lengua extranjera, que encierra algún otro sentido más elevado. Lo mismo digo de aquello que ya no podemos quitar de la boca del pueblo que canta «super ipsum autem floriet sanctificatio mea»20: sobre él florecerá mi santificación; ciertamente que nada empaña el sentido, pero el oyente instruido deseará corregir esta sentencia de modo que no se diga «floriet», sino «florebit»; y nada impide el corregirla a no ser la costumbre de los que cantan. Estos defectos, que no quitan el verdadero sentido, fácilmente pueden ser pasados por alto, si alguno se empeña en dejarlos. No sucede esto con aquel pasaje del Apóstol: «Quod stultum est Dei, sapientius est hominibus, et quod infirmum est Dei, fortius est hominibus», lo que es necio en Dios, es más sabio que los hombres; y lo que es flaco en Dios es más fuerte que los hombres21; porque si alguno hubiera querido conservar la construcción griega, diciendo: «Quod stultum est Dei, sapientius est hominum; et quod infirmum est Dei, fortius est hominum», ciertamente el lector avispado daría con el verdadero sentido de la sentencia; pero otro más lerdo no entendería, o lo entendería mal. Porque tal locución «sapientius est hominum» no solamente es viciosa en la lengua latina, sino también ambigua, pues pudiera darse a entender que lo necio y lo flaco de los hombres era más sabio y fuerte que lo de Dios. Sin embargo, aunque la expresión «sapientius est hominibus» no está exenta de ambigüedad, no obstante lo está de solecismo. Pues, a no ser por la luz que brota de la sentencia, no aparecería si «hominibus» es dativo o ablativo, procediendo del singular «huic homini» o de «ab hoc homine». Por lo tanto, mejor se diría «sapientius est quam homines, et fortius est quam homines».

CAPÍTULO XIV

Cómo debe desvanecerse la ignorancia de una palabra o de una locución desconocida

21. De los signos ambiguos hablaremos después; ahora sólo tratamos de los conocidos, los cuales tienen dos formas por lo que toca a las palabras. Lo que hace vacilar al lector es una palabra o una locución desconocida. Si esto procede de lenguas extrañas, se ha de preguntar el significado a hombres que las conozcan perfectamente, o aprender tales lenguas, si hay tiempo e ingenio, o confrontar las versiones de varios traductores. Si ignoramos las palabras y los giros de nuestra propia lengua, vendremos a conocerlos con la costumbre de oír y de leer. Ninguna otra cosa ciertamente hemos de encomendar con más cuidado a la memoria de esta clase de palabras y expresiones que ignoramos, a fin de que, cuando encontráremos a alguno que esté más instruido a quien le podamos preguntar, o nos hallamos con tal expresión en la lectura que por lo que procede o lo que sigue o en fin por el contexto se manifiesta el significado y valor de la palabra que ignoramos, podemos fácilmente mediante la memoria advertirlo y aprenderlo. Tan grande es el valor del trato con alguna cosa para aprender, que los mismos que fueron como criados y alimentados en las Santas Escrituras se maravillan más de otras expresiones y las tienen por menos latinas que las que aprendieron en las Escrituras y no se hallan en los autores latinos. Aquí ayuda mucho mirar y examinar la variedad de traductores cotejando sus versiones; para esto, sólo se requiere que no haya error en ellos. Porque el primer cuidado de los que desean conocer las Divinas Escrituras debe ser corregir los ejemplares para que se prefieran los ya enmendados a los no enmendados, si proceden de un mismo origen de traducción.

CAPÍTULO XV

se recomienda la versión latina «itálica» y la griega de los setenta

22. Entre todas las traducciones, la «Ítala» ha de preferirse a las demás, porque es la más precisa en las palabras y más clara en las sentencias. Para corregir cualquiera versión latina se ha de recurrir a las griegas, entre las cuales, por lo que toca al Antiguo Testamento, goza de mayor autoridad la versión de los Setenta, de los cuales es ya tradición de las Iglesias más sabias, que tradujeron con tan singular asistencia del Espíritu Santo, que de tantos hombres aparece solamente un decir. Porque si, como se cuenta y lo refieren hombres no indignos de crédito, que cada uno se hallaba separado de otro en celdas distintas cuando hacían la versión y nada se encontró en la traducción de cada uno que no se hallase con el mismo orden y palabras en las de los otros, ¿quién se atreverá a comparar, no digo a preferir, alguna otra versión, a esta de tal autoridad? Y si únicamente se entendieron para que de común consentimiento fuese una la voz de todos, ni aún así conviene, ni está bien que algún otro cualquiera, por mucha pericia que tenga, aspire a corregir la conformidad de hombres tan sabios y provectos. Por lo tanto, aunque en los ejemplares hebreos se encuentre algo distinto a lo que escribieron éstos, juzgo que debe cederse a la divina ordenación ejecutada por medio de ellos, para que los libros que el pueblo judío no quería dar a conocer, por religión o por envidia a las demás naciones, se entregasen con tanta antelación, por el ministerio del rey Tolomeo, a los gentiles que habían de creer en el Señor. Por lo tanto, pudo suceder que ellos tradujesen del modo que juzgó el Espíritu Santo convenía a los gentiles, el cual los movió e hizo por todos ellos una sola boca. Sin embargo, como anteriormente dije, tampoco será inútil, para aclarar muchas veces el sentido, la confrontación de aquellos traductores que firmemente se pegaron a la letra. Si fuese necesario, los códices latinos del Antiguo Testamento, como dije en un principio, deben corregirse por la autoridad de los griegos y, sobre todo, por la de aquellos que siendo setenta se afirma tradujeron por una sola boca. Por lo que se refiere a los libros del Nuevo Testamento, si hay algo dudoso en las diferentes versiones de los latinos, no hay duda que deben ceder a los griegos y, sobre todo, a los que se hallan en las Iglesias más doctas y cuidadosas.

CAPÍTULO XVI

E l conocimiento de las lenguas y de las cosas ayuda a entender los signos figurados

23. Respecto a los signos figurados, decimos que, cuando algunos que son desconocidos obliguen al lector a vacilar, deberán ser desentrañados o por el estudio de las lenguas o por el conocimiento de las cosas. La piscina Siloé en la que mandó el Señor lavar la cara al que untó los ojos con el lodo que confeccionó de su saliva22, sin duda encierra algún misterio, y sirve en algo de comparación. Pero si el evangelista no hubiera interpretado el nombre de lengua extraña quedaría ignorado el gran pensamiento que encerraba. Igualmente sucede con otros muchos nombres de la lengua hebrea que no fueron interpretados por los autores de los mismos libros, pues no debe dudarse que, si alguno pudiera interpretarlos, tendrían gran valor y servirían de no pequeña ayuda para resolver los enigmas de las Escrituras. Muchos varones instruidos en la lengua hebrea prestaron un gran beneficio a los venideros, entresacando de las Sagradas Escrituras todos los nombres de esta clase e interpretándolos. Y así nos dijeron qué cosa signifique Adán, Eva, Abrahán, Moisés; lo mismo hicieron con los nombres de lugares, diciéndonos qué significa Jerusalén, Sión, Jericó, Sinaí, Líbano, Jordán; y todos los demás que de aquella lengua a nosotros nos son desconocidos. Los cuales, aclarados e interpretados, nos dan a conocer muchas locuciones figuradas de las Escrituras.

24. También la ignorancia de las «cosas» nos hace obscuras las expresiones figuradas, cuando ignoramos la naturaleza de los animales, de las piedras, de las plantas o de otras cosas, que se aducen muchas veces en las Escrituras como objeto de comparaciones. Así el hecho conocido de que la serpiente expone todo el cuerpo a los que la hieren guardando su cabeza, ¡cuánto no esclarece el sentido del pasaje en que Dios manda que seamos prudentes como la serpiente23; a saber, ofrezcamos nuestro cuerpo a los que nos persiguen antes que nuestra cabeza, que es Cristo, para que no muera en nosotros la fe cristiana si, por conservar el cuerpo, negamos al Señor! Lo mismo aquello que se dice de ella que se mete por las rendijas de las cavernas y dejando la piel vieja recibe nuevas fuerzas, ¡qué bien concuerda para que, imitando esta misma maña de la serpiente, pasando por las estrechuras conforme afirma el Señor «entrad por la puerta estrecha»24, cada uno se desnude del hombre viejo, según dice el Apóstol, y nos vistamos del nuevo25. Así como el conocimiento de la naturaleza de la serpiente aclara muchas semejanzas que de este animal suele traer la Escritura, igualmente la ignorancia de la naturaleza de no pocos animales, de que también hace mención, con no menor frecuencia, impide no poco el entenderla. Lo mismo se ha de decir respecto de las piedras, de las hierbas y de cualquiera cosa que se sostiene por raíces. El conocimiento del carbúnculo que brilla en las tinieblas aclara muchos pasajes obscuros de las Escrituras dondequiera que se pone como semejanza. El desconocimiento del berilo o del diamante cierra muchas veces las puertas a toda inteligencia. No es por otro motivo fácil entender que la perpetua paz está representada en la rama del olivo que llevó la paloma al regresar al arca26, sino porque sabemos que el suave contacto del aceite no se corrompe fácilmente por otro líquido extraño y porque el mismo árbol perennemente está frondoso. Muchos, porque ignoran la naturaleza del hisopo y por desconocer qué eficacia tiene, o para purgar el pulmón o, según se dice, para introducir sus raíces en las rocas, a pesar de ser una hierba menuda y rastrera, no pueden entender en modo alguno por qué se dijo rocíame con el hisopo y seré limpio27.

25. La ignorancia de los números también impide el conocimiento de muchas cosas estampadas en las Escrituras con sentido trasladado o místico. Así, pues, el ingenio, y, por decirlo así, ingénito, no puede menos de investigar qué quiera significar el que Moisés, Elías y el mismo Señor ayunaron por espacio de cuarenta días28. El nudo figurado de esta acción no llega a desatarse, si no es por el conocimiento y la consideración del mismo número. Cuatro veces incluye al diez, como si tuviera entretejido el conocimiento de todas las cosas con el tiempo. En el número cuatro se ejecuta la carrera de los días y los años; la del día se completa con los espacios de las horas matutinas, meridianas, vespertinas y nocturnas; la del año, con los tiempos de las estaciones, de la primavera, del verano, del otoño y del invierno. Mientras vivimos en el tiempo, debemos abstenernos y ayunar de los deleites temporales, por amor a la eternidad en que deseamos vivir, aunque ya también el mismo desvanecimiento de los tiempos nos insinúa la misma doctrina de despreciar lo temporal y apetecer lo eterno. Por otra parte, el número diez significa el conocimiento del Creador y de la criatura, pues el tres se refiere al Creador y el siete a la criatura, por el alma y cuerpo. En ésta hay tres operaciones y por eso se le manda amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente29; en el cuerpo clarísimamente se descubren los cuatro elementos de que consta. Este número denario, cuando se nos presenta como tiempo, es decir, multiplicado por cuatro, nos avisa que vivamos en castidad y continencia de los deleites temporales. Esto lo enseña la ley que está representada en Moisés; esto los profetas, representados en Elías; esto el mismo Señor, el que como teniendo de testigo a la ley y los profetas apareció transformado en medio de ellos en el monte, ante la vista y estupor de los tres discípulos30. Después se pregunta cómo del número cuarenta sale el cincuenta, que no es poco sagrado en nuestra religión por causa de Pentecostés31, y de qué modo multiplicado por tres en gracia de las tres edades, a saber, antes de la ley escrita, en la ley y en la ley de gracia; o también, por causa del nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, agregada de modo más excelente la misma Trinidad, se refiera al misterio de la Iglesia ya purificada, representada en los ciento cincuenta y tres peces que después de la resurrección del Señor recogieron las redes arrojadas hacia la derecha32. De este modo, y en otras muchas formas de números, se encierran en los Libros santos ciertos secretos de semejanzas, que son impenetrables para los lectores por la ignorancia de los números.

26. La ignorancia de algunas cosas que pertenecen a la música ocultan y velan no pocas sentencias. Pues algunos, basados en la diferencia del salterio y de la cítara, no sin elegancia explicaron algunas figuras de las cosas. Y no se disputa fuera de propósito entre los doctos, si hay alguna ley de música que obligue a que el salterio, que consta de diez cuerdas33, tenga tan gran número de cuerdas; y si no existe por esto mismo, aquel número diez debe ser tenido por sagrado, o por el decálogo de la ley sobre el que, si se investiga, no quedará más remedio que referirlo al Creador y la criatura, o por lo expuesto anteriormente sobre el mismo diez. Aquel número de cuarenta y seis años que duró la edificación del templo34 y que conmemora el Evangelio, no sé por qué me suena a música; y referido a la formación del cuerpo del Señor, por causa de la cual se hizo aquí mención del templo, obliga a no pocos herejes a confesar que el Hijo de Dios no se vistió de un cuerpo falso, sino humano y verdadero. En fin, la música y los números los hallamos colocados con honor en muchos lugares de las Santas Escrituras.

CAPÍTULO XVII

Origen de la fábula de las nueve musas

27. No debemos dar oídos a los errores de los supersticiosos gentiles que fingieron que las nueve musas fueron hijas de Júpiter y de Memoria. A éstos refuta Varrón, y no sé que entre los gentiles pueda haber alguno más docto e investigador de tales cosas. Dice él que una ciudad, no sé cuál, pues no recuerdo el nombre, mandó a tres artífices que hiciese cada uno tres estatuas de las musas para colocarlas como ofrenda en el templo de Apolo, con la condición de que el artífice que las hubiera hecho más hermosas sería el preferido y a él habrían de comprárselas. Así el asunto, sucedió que los artífices presentaron sus trabajos con igual belleza, y agradando a la ciudad todas las nueve, todas las compró para colocarlas en el templo de Apolo, a las cuales dice que más tarde el poeta Hesiodo las impuso nombres. Luego no fue Júpiter el padre de las nueve musas, sino tres artífices que esculpieron cada uno tres. Pero aquella ciudad no contrató precisamente a tres, porque hubiera visto alguno en sueños a tres musas, o éstas se hubieran presentado ante los ojos en tal número; sino porque es fácil de notar que todo sonido que es base de la música, es por naturaleza de tres modos. Porque o se produce con la voz, como sucede a los que cantan sin instrumento alguno, o con el soplo, como en las trompetas y flautas; o con la pulsación, como en los timbales y las cítaras; o en cualquiera otra clase de instrumentos que pulsados son sonoros.

CAPÍTULO XVIII

No debe despreciarse lo bueno que dijeron los autores profanos

28. Pero sea cierto o no lo que contó Varrón, nosotros no debemos rehusar la música por la superstición que de ella tengan los profanos, siempre que podamos sacar alguna utilidad para entender las Santas Escrituras. Pues no porque tratemos de las cítaras y otros instrumentos que nos valen para conseguir el conocimiento de las cosas espirituales, nos mezclamos en las frívolas canciones teatrales de ellos. Tampoco debemos dejar de aprender a leer porque, según dicen, haya sido Mercurio el que inventó las letras. Asimismo no hemos de huir de la justicia ni de la virtud porque los gentiles les edificaron templos y prefirieron adorarlas en piedras antes que llevarlas en el corazón. Antes bien, el cristiano bueno y verdadero ha de entender que en cualquiera parte donde hallare la verdad, es cosa propia de su Señor; cuya verdad, una vez conocida y confesada, le hará repudiar las ficciones supersticiosas que hallare aun en los Libros sagrados. Duélase y apártese de los hombres que «conociendo a Dios no le glorificaron ni le dieron gracias como a tal, sino que se envanecieron en sus pensamientos y entenebrecieron su corazón; y diciendo dentro de sí mismos, somos sabios, se hicieron necios, y trocaron la gloria del Dios incorruptible por un remedo de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de serpientes»35.

CAPÍTULO XIX

Dos clases de ciencias que se hallan en los gentiles

29. Para explicar mejor el pasaje anterior, que es de máxima importancia, diremos que existen dos géneros de ciencias que se cultivan también en las costumbres de los gentiles. Uno es el de aquellas cosas que han sido instituidas por los hombres. El otro es el de aquellas que notaron se hallaban ya instituidas o lo fueron por Dios. Lo que fue instituido por los hombres en parte es supersticioso y en parte no lo es.

CAPÍTULO XX

Algunas ciencias instituidas por los hombres están llenas de supersticiones. El ingenioso dicho de Catón

30. Es supersticioso todo aquello que los hombres han instituido para hacer y adorar a los ídolos, o para dar culto a una criatura o parte de ella, como si fuera Dios; o también las consultas y pactos de adivinación que decretaron y convinieron con los demonios, como son los asuntos de las artes mágicas, las cuales suelen más bien los poetas conmemorar que enseñar. A esta clase pertenecen los libros de los adivinos y agoreros llenos de vanidad desenfrenada. Asimismo pertenecentambién a este género todos los vendajes y remedios que condena la ciencia médica, ya consistan en ciertas cantinelas o en ciertos signos que llaman caracteres, o en colgarse o atarse algún objeto o también en acomodarse de algún modo otras cosas, no para la salud del cuerpo, sino para ciertos simbolismos ocultos o manifiestos, las que con un nombre más dulce llaman «físicas», de suerte que parezca que no implican superstición alguna, sino que son saludables por su naturaleza, como son los zarcillos colocados en la parte superior de ambas orejas, o los anillos de huesos de avestruz puestos en los dedos, o el decirle a uno que tiene hipo, que se agarre con la mano derecha el pulgar de la mano izquierda.

31. A estas supersticiones hay que añadir mil vanísimas observaciones; por ejemplo, si algún miembro casquea, si entre dos amigos que pasean juntos se interpone una piedra, o un perro, o un niño; en este caso es más tolerable que pisen la piedra a quien miran como destructora de su amistad, que el que den una bofetada a un niño inocente que pasó por intermedio de los que paseaban. Lo gracioso es que algunas veces los niños son vengados por los perros, puesto que muchas veces hay ciertos hombres tan supersticiosos que también al perro que atravesó por medio de ellos se atreven a herirle, aunque no impunemente, pues de vez en cuando el perro herido envía a quien le pegó, inmediatamente de este remedio falso, al verdadero médico. De la misma clase son aquellas prácticas de pisar el umbral cuando se pasa por delante de la propia casa; volver a la cama si alguno estornudó mientras se calzaba; de regresar a la casa si se tropieza caminando; de temer más por la sospecha de que sobrevenga un mal, cuando los ratones roen los vestidos, que sentir menos el presente daño. De aquí procede el dicho gracioso de Catón el cual, habiendo sido consultado por cierto hombre que deseaba conocer la significación de haberle roído las polainas los ratones, le respondió: Esto nada tiene de particular, lo portentoso hubiera sido que las polainas hubiesen roído a los ratones.

CAPÍTULO XXI

Supersticiones de los astrólogos

32. Tampoco pueden excluirse de esta clase de superstición perversa los llamados genetlíacos porque se dedican a la observación de los días de los nacimientos, y que ahora se llaman por el vulgo matemáticos. Pues si es cierto que ellos investigan y algunas veces averiguan la verdadera posición de las estrellas cuando nace alguno, sin embargo, sobremanera se equivocan al intentar por esto pronosticar nuestras acciones, o los sucesos que de ellas se deriven, vendiendo así a los hombres ignorantes una miserable servidumbre. Porque cualquiera que entra libremente a la casa de estos matemáticos da dinero para salir de allí esclavo de Marte o de Venus; o más bien de todos los restantes astros, a quienes los primeros que se equivocaron y propinaron el error a los sucesores impusieron nombre ya de bestias por alguna semejanza, ya de hombres para honrar a los mismos hombres, lo cual no es de admirar cuando en tiempos más cercanos y recientes intentaron los romanos dedicar a honor y nombre de César la estrella que llamamos lucero. Y tal vez se hubiera conseguido y hubiera llegado a ser cosa usual e inveterada, si su abuela Venus no hubiera poseído ya este nombre, el que por ningún derecho podía transmitir a sus herederos, porque no le poseyó en vida ni pretendió poseerle. Sin embargo, cuando había un puesto libre y no estaba ocupado con el nombre de alguno de los héroes ya difuntos, se hacía lo que en tales casos suele hacerse. Así, en lugar de nombrar quintil y sextil a los meses quinto y sexto, los llamamos julio y agosto, en honor dado por los hombres a Julio—César y César—Augusto. De aquí fácilmente el que quiera puede entender que también todos los astros recorrían antes sus órbitas sin tener nombre alguno; pero, habiendo muerto aquellos a cuya memoria fueron obligados los hombres a honrar por regio mandato o por la voluntaria vanidad humana, impusieron los nombres de los héroes a los astros, pareciéndoles que así elevaban a sus muertos hasta el cielo. Pero llámense como se quieran por los hombres, lo cierto es que ellos son astros, a los cuales Dios creó y ordenó conforme quiso; y que tienen movimiento manifiesto, por el cual se distinguen y varían los tiempos. Es fácil, pues, notar en qué estado se halle el movimiento de los astros cuando alguno nace, si se siguen las reglas inventadas y escritas por los matemáticos, a quienes condena la Santa Escritura cuando dice: Si pudieron saber tanto que supieron calcular el siglo, ¿cómo no encontraron más fácilmente al Señor de él?36

CAPÍTULO XXII

Vana es la observación de las estrellas para conocer los sucesos de la vida

33. Esun error craso y una gran locura querer pronosticar las costumbres, las acciones y los acontecimientos de los que nacen fundándose en esta observación. Y no hay duda que esta superstición se rechaza por aquellos que aprendieron tales cosas dignas de ser desaprendidas. Las que llaman constelaciones no es más que el observar la situación de los astros al tiempo de nacer aquel sobre quien consultaron a estos infelices otros más infelices. Puede suceder que algunos mellizos salgan tan seguidamente del seno de la madre que no pueda percibirse intervalo alguno de tiempo entre ellos. Por lo tanto, es necesario que no pocos gemelos tengan idénticas constelaciones sin tener iguales los sucesos de la vida, ni lo que ellos hagan, ni lo que padezcan, antes bien la mayor parte de las veces tan distintos, que el uno vive felicísimo y el otro sumamente miserable. De Esaú y Jacob sabemos que nacieron tan gemelos, que Jacob, que nació el segundo, salió teniendo asido con su mano el pie de su hermano que nació primero37. Ciertamente que no podía ser notado el día ni la hora del nacimiento de estos dos hermanos y, por lo tanto, la misma única constelación era la de ambos; sin embargo, ¡cuánta no fue la diferencia de costumbres, de acciones, de trabajos y sucesos entre ambos! La Escritura lo atestigua y ya anda en boca de todas las naciones.

34. Y no hace al caso lo que dicen que el momento más pequeño y reducido de tiempo que separa el parto de los gemelos es de suma importancia en la naturaleza de los seres y en la velocidad rapidísima de los cuerpos celestes. Aunque les conceda que esa diferencia es importantísima, sin embargo, el matemático no puede percibirla en las constelaciones, de las cuales, observadas, dice que deduce los hados. Luego si nada halla en las constelaciones, las que por fuerza se le han de presentar unas mismas cuando se le consulta sobre Jacob o su hermano, ¿de qué le sirve que exista en el cielo el intervalo de tiempo que él anuncia con seguridad temeraria, si no existe en su tabla, que en vano escudriña? Por lo tanto, la fe que se presta a ciertos signos de cosas, inventados por la presunción humana, se debe contar entre aquellos como pactos y convenios que se hacen con los demonios.

CAPÍTULO XXIII

Por qué debe ser repudiada la ciencia de los genetlíacos

35. De aquí proviene que, por un cierto y oculto juicio de Dios, los hombres ambiciosos de semejantes perversidades sean entregados, según lo merecen sus apetitos, a la burla y engaño de los ángeles prevaricadores, que los escarnecen y engañan; a cuyos ángeles, por ley de la divina Providencia está sometida, conforme a un bello orden del universo, esta parte inferior del mundo por tales ilusiones y engaños. Por eso sucede que en estos géneros perversos y supersticiosos de adivinaciones digan muchas cosas pasadas y futuras que acontecen en la forma en que se dicen; y como observando ellos muchas cosas se cumplan conforme a sus observaciones, con ello se vuelven cada vez más curiosos, y se enredan más y más en los infinitos lazos del error más pernicioso. En vistas a nuestra salud, no calló la Divina Escritura esté género de fornicación del alma; ni apartó alalma de esta infidelidad, prohibiéndola seguir tales inventos, porque fuesen falsas las cosas que dicen los que las profesan, pues añadió: Aunque os anuncien algo y suceda como ellos dijeren, no los creáis38. No porque la imagen del difunto Samuel profetizase al rey Saúl la verdad39, son menos de execrar los sacrilegios con que se evocó la aparición de aquella imagen. Ni porque la mujer pitonisa dio testimonio de los apóstoles del Señor, según se refiere en los Hechos Apostólicos, perdonó el apóstol San Pablo a aquel espíritu, ni dejó de increpar y expulsar al demonio, purificando así a la mujer40.

36. Por lo tanto, el cristiano debe huir y repudiar en absoluto todas las artes de esta clase de superstición engañosa o perniciosa, como de sociedad pestilente de hombres y demonios constituida con ciertos pactos de infidelidad y de pérfida amistad. El Apóstol dice: No es que el ídolo sea algo, mas porque las cosas que se inmolan por los gentiles, se inmolan a los demonios y no a Dios, por esto, no quiero que os hagáis socios de los demonios41. Lo que dijo el Apóstol de los demonios y de los sacrificios que se ofrecen en su honor, eso mismo ha de sentirse de todos los signos de imágenes que arrastran o al culto de los ídolos, o a adorar como a Dios a la criatura y a sus partes; o pertenecen a la solicitud de remedios y de otras observancias. Todas estas cosas no fueron instituidas, por decirlo así, públicamente por Dios para amar a Dios y al prójimo, sino por los privados apetitos de las cosas temporales, que disipan los corazones de los miserables. En todas estas creencias se ha de temer y evitar la sociedad con los demonios que con su príncipe el diablo no intentan otra cosa más que obstruirnos y cercarnos el paso de la patria. Así como de las estrellas que Dios creó y ordenó establecieron los hombres conjeturas humanas y engañosas, de igual modo también de todas cuantas cosas nacen o de cualquier modo que existan, por disposición de la divina Providencia, muchos, si por casualidad han sucedido cosas insólitas, como por ejemplo si parió una mula o un rayo hirió a algo, han escrito muchas cosas por humanas conjeturas, como si fuesen conclusiones lógicamente deducidas.

CAPÍTULO XXIV

En el uso supersticioso de las cosas se incluye la sociedad y pacto con el demonio

37. Todos estos signos valen tanto en cuanto que por soberbia de las almas han sido convenidos con los demonios, formando como cierta lengua común para entenderse. Todos ellos están llenos de curiosidad pestilente, de solicitud molesta y de servidumbre mortífera. Porque no se observaron porque tuvieran algún valor, sino que, observándolos y simbolizándolos, se hizo que adquirieran valor; y por esto a distintas gentes se muestran diferentes conforme sean .los pensamientos y opiniones de cada sujeto. Porque aquellos espíritus que sólo quieren engañar, a cada uno le proporcionan las cosas conforme a las sospechas y convenios en que le ven enredado. Así como, por ejemplo, la figura de la letra X, que se escribe en forma de aspa, tiene un valor entre los griegos y otro distinto entre los latinos, no por su naturaleza, sino por el querer y consentimiento de los que le asignaron un significado y, por tanto, el que sabe ambas lenguas, si quiere dar a entender algo a un griego, no usará de esta letra con la misma significación que la usaría escribiendo a un latino. Y también la palabra «beta» con un mismo sonido; para los griegos es el nombre de una letra, mientras que para los latinos es el de una legumbre. Y asimismo cuando digo «lege», una cosa entiende en estas dos sílabas el griego y otra el latino. Luego, así como todas estas significaciones mueven los ánimos conforme al convenio de la sociedad de cada uno, y, por ser diverso el convenio, mueven con diversidad, y además no convinieron los hombres en sus significados porque ya eran aptas para significar, sino que lo fueron por convenio, así también aquellos signos, con los que se adquiere la perniciosa sociedad con los demonios, no tienen más valor que el que según las vanas observancias les atribuye cada uno. Esto lo demuestra hasta la saciedad el rito de los agoreros, los cuales, antes de observar los signos y después de haberlos observado, procuran no ver el vuelo de las aves ni oír sus voces, porque estos signos no tienen valor alguno si no se añade el consentimiento del observador.

CAPÍTULO XXV

En las instituciones humanas no supersticiosas, unas son superfluas, otras útiles y necesarias

38. Cortadas y arrancadas del alma cristiana estas supersticiones, veamos ya las restantes instituciones humanas no supersticiosas, es decir, las no fundadas en pactos con los demonios, sino con los hombres. Todas las que tienen algún valor entre los hombres porque convinieron entre ellos que le tengan, son instituciones humanas, de las cuales parte son superfluas y de puro lujo, parte útiles y necesarias. Si todos aquellos ademanes que hacen al saltar los cómicos tuvieran significación por naturaleza y no por institución y convención humana, no hubiera sido necesario que en los primeros tiempos, al saltar el pantomimo, explicara el pregonero a los habitantes de Cartago qué quería dar a entender el bailarín; lo cual recuerdan todavía no pocos ancianos, de cuyos labios solemos nosotros escucharlo. Y es tanto más digno de crédito cuanto que, aún ahora, si entrare en un teatro un ignorante en tales bufonadas, a no ser que alguno le vaya explicando el significado de aquellos movimientos, en vano atendería en cuerpo y alma. Por eso todas desean quehaya alguna semejanza entre el signo y lo significado, para que los mismos signos, en cuanto se pueda, sean semejantes a las cosas que señalan. Pero como puede ser de muchos modos una cosa semejante a otra, tales signos no tienen valor entre los hombres, si no se viene a un acuerdo.

39. En las pinturas, en las estatuas y en otras obras semejantes que imitan el original, si se deben sobre todo a artífices diestros, nadie yerra al ver la semejanza, de modo que por ellas conoce a quienes representan. Toda esta clase debe ser contada entre las instituciones superfluas de los hombres, a no ser que interese alguno de estos signos por el fin, lugar y tiempo o por la autoridad de quien mandó hacerlos. En fin, las mil fábulas falsas y ficciosas con cuyas mentiras se deleitan los hombres, también son instituciones humanas. Y a la verdad, ninguna cosa se ha de juzgar más propia de los hombres que las falsedades y mentiras, pues les pertenecen por derecho propio. Las instituciones de los hombres útiles y necesarias, que fueron convenidas de mutuo acuerdo, son el vestido y el adorno corporal, cuya distinción convino hacerse para diferenciar las dignidades y el sexo; también se cuentan entre ellas todos los innumerables géneros de signos, sin los cuales o no habría en absoluto, o sería menos cómoda la sociedad humana; añadamos los signos que son propios de cada ciudad y pueblo en todo lo que se refiere a los pesos y medidas, y a las efigies y valor de las monedas, y a tantos otros de esta clase que, a no haber sido establecidos por los hombres, ni serían tan variados en los diferentes pueblos, ni se mudarían en cada uno de ellos al arbitrio de los respectivos príncipes.

40. Toda esta parte de instituciones humanas que son convenientes para las necesidades de la vida, jamás debe evitarlas el cristiano; es más, en cuanto le sea necesario, debe dedicarse a su estudio y aprenderlas de memoria.

CAPÍTULO XXVI

Qué instituciones humanas se han de evitar y cuáles seguir

Porque algunas están bosquejadas en las cosas naturales y son semejantes a ellas de cualquier modo que hayan sido instituidas por los hombres. Las que pertenecen a la sociedad con los demonios, como se dijo, deben en absoluto ser repudiadas y detestadas; y las que los hombres usan entre sí, deben aceptarse en cuanto no son superfluas y de puro lujo, sobre todo las formas de las letras, sin las cuales no podríamos leer; y también la diversidad de lenguas en cuanto sea suficiente a cada uno, sobre lo que ya hemos hablado anteriormente. A esta clase pertenecen las «notas» (signos taquigráficos) por las que se llamaron notarios a los que las aprendieron. Todos estos signos son útiles y no es cosa ilícita saberlos, ni nos enredan en superstición, ni relajan con el lujo, a condición de que no nos ocupen de tal modo que lleguen a ser impedimentos para dedicarnos a otras cosas de más importancia a las que deben servir para conseguirlas.

CAPÍTULO XXVII

Algunas ciencias no instituidas por los hombres ayudan a la inteligencia de las Escrituras

41. Aquellas otras cosas que los hombres conocieron y publicaron sin inventarlas ellos, sino que acaecieron en los tiempos pasados o fueron instituidas por Dios, donde quiera que se aprendan, no deben considerarse como instituciones de los hombres. De ellas, unas pertenecen a los sentidos corporales, otras al entendimiento. Las que se perciben por el sentido corporal, o las creemos por haber sido narradas, o las percibimos como demostradas, o las presentamos como experimentadas.

CAPÍTULO XXVIII

En cuánto ayuda la historia

42. Todo cuanto nos refiere la que se llama historia sobre lo sucedido en los tiempos pasados, nos ayuda en gran manera para entender los Libros santos, aunque se aprenda fuera de la Iglesia, en la instrucción escolar de la puericia. Pues por las olimpíadas y nombres de los cónsules, no pocas veces averiguamos muchas cosas; así la ignorancia del consulado en que nació el Señor y en que murió, llevó a muchos al error, juzgando que el Señor padeció a los cuarenta y seis años de edad, por haber dicho los judíos que esos años tardaron en edificar el templo, el cual era imagen del cuerpo del Señor. Ahora bien, sabemos por la autoridad del Evangelio que se bautizó alrededor de los treinta años42; pero cuántos años vivió en el mundo después de este hecho, aunque pueda colegirse por el mismo texto de la relación de sus acciones, sin embargo, para que no aparezca niebla alguna que obscurezca la verdad, por la historia profana comparada con el Evangelio, se conoce más clara y ciertamente. Entonces se verá que no se dice en vano que el templo fue edificado en cuarenta y seis años, pues no pudiendo referirse este número a la edad de Jesucristo, se refiere a otra enseñanza más oculta del cuerpo humano, del que no se desdeñó vestirse por nosotros el Hijo Unigénito de Dios, por quien todas las cosas fueron hechas.

43. Ya que hablo de la utilidad de la historia, dejando a un lado la de los griegos, ¡cuan grave cuestión resolvió nuestro Ambrosio a los calumniadores del Evangelio que leían y admiraban a Platón, los cuales se atrevieron a decir que todas las sentencias de nuestro Señor Jesucristo, que se veían obligados a propagar y admirar, las aprendió de los libros de Platón, dando por razón que no puede negarse que Platón existió mucho antes de la venida humana del Señor! ¿Acaso el mencionado obispo, considerada la historia profana y viendo que Platón fue en tiempo de Jeremías a Egipto, donde se hallaba por aquel entonces el profeta, no demostró que es mucho más probable que más bien Platón bebió en nuestra doctrina mediante Jeremías, de modo que así bien pudo enseñar y escribir las cosas que se alaban con razón en sus escritos? Anterior a los libros del pueblo hebreo, en quien resplandeció el culto de un solo Dios y de quien según la carne descendió nuestro Señor, no fue ni aun Pitágoras, de cuyos sucesores aseguran los gentiles que Platón aprendió la teología. Por tanto, examinados los tiempos, resulta mucho más creíble que Platón y Pitágoras más bien tomaron de nuestros libros todo lo bueno y verdadero que dijeron ellos, que no nuestro Señor Jesucristo de los de Platón, lo que sería una locura creerlo.

44. Aun cuando en la narración histórica se cuentan también las instituciones humanas pasadas, no por esto se ha de contar la misma historia entre las instituciones humanas, porque las cosas que ya pasaron y no pueden menos de haberse cumplido, deben colocarse en el orden de los tiempos, de los cuales Dios es el creador y administrador. Una cosa es la narración de las cosas sucedidas y otra enseñar las por hacer. La historia narra fiel y útilmente los hechos; los libros de los agoreros y todos los de tal jaez intentan enseñar, con la arrogancia de un instructor y no con la fidelidad de un testigo, las cosas que han de suceder o han de observarse,

CAPÍTULO XXIX

Cuánto contribuye a la inteligencia de las Escrituras el conocimiento de los animales, hierbas, etc. y, sobre todo, de los astros

45. Hay también una narración semejante a una explicación en la que se enseña a los ignorantes no las cosas pasadas, sino las presentes. A este género pertenece todo lo que se escribió de la situación de los lugares, de la naturaleza de los animales, de los árboles, de las hierbas, de las piedras y demás cuerpos. De toda esta clase ya hemos tratado anteriormente, y enseñamos que el conocimiento de estas cosas ayudaba a resolver las dificultades de las Escrituras, no usándolas como signos para remedios o instrumentos de alguna superstición, pues ya hemos distinguido y separado aquel género supersticioso de este libre y lícito. Una cosa es decir «si bebes la infusión de esta hierba machacada no te dolerá el vientre», y otra distinta decir «si te cuelgas al cuello esta hierba no te dolerá el vientre». En el primer caso, se aprueba el zumo saludable de la hierba; en el segundo, se condena la significación supersticiosa. Es cierto que cuando no hay encantos, invocaciones y «caracteres», no pocas veces es dudoso si las cosas que se atan o de cualquiera manera se aplican al cuerpo para sanarle, obran o en virtud de su naturaleza, y en tal caso pueden aplicarse libremente, o proviene aquel efecto de alguna ligadura significativa, lo cual con tanto más cuidado ha de evitarlo el cristiano, cuanto más eficaz y provechoso aparece el remedio. Cuando se halla oculta la causa de la virtud, lo interesante es la intención con la que cada cual lo usa, pero sólo si se trata de la salud y del buen estado de los cuerpos, ya sea respecto a la medicina o a la agricultura.

46. Tampoco el conocimiento de los astros es una narración histórica, sino más bien una descripción; de ellos, pocos son los que menciona la Escritura. Así como es conocido por muchos el movimiento de la luna, el cual se aplica para celebrar solemnemente todos los años la Pasión del Señor, así también por muy pocos es conocido sin error alguno el nacimiento y el ocaso y las demás posiciones de los astros. Este conocimiento, aunque de suyo no tenga que ver con la superstición, sin embargo, en poco o casi en nada ayuda al esclarecimiento de las Divinas Escrituras; es más, en gran manera le impide, por la atención infructuosa que requiere; por esto y por la relación que tiene con el perniciosísimo error de los que predicen los fatuos hados, es más útil y decoroso despreciarlo. Tiene también esta creencia, aparte de la exposición de las cosas presentes, algo semejante a la narración de las cosas pasadas, porque en la posición y movimiento actual de los astros, puede llegarse sin vacilación al conocimiento de sus carreras pasadas. Tiene también el estudio exactas conjeturas de cosas venideras, no supersticiosas y de mal agüero, sino calculadas y ciertas, no para que intentemos aplicarlas al conocimiento de nuestros hechos y eventos, como hacen los genetlíacos en sus delirios, sino en cuanto pertenece al conocimiento de los mismos astros. Porque, así como el que hace cálculos sobre la luna al observar la luz que hoy tiene puede decir la magnitud que tuvo hace tantos años y la que tendrá muchos años después en igual día, igualmente suelen responder de cada uno de los astros los peritos en el cálculo de ellos. Por lo tanto, ya queda dicho lo que a mí me parece del estudio y del uso que puede hacerse de esta ciencia.

CAPÍTULO XXX

De la utilidad que suelen reportar las artes mecánicas

47. Existe otra clase de artes que tiene por objeto la fabricación de alguna cosa, ya permanezca después del trabajo del artífice, como por ejemplo una casa, un banco, un vaso y otras muchas cosas semejantes, o ya presten algún ministerio a la operación de Dios, como la medicina, la agricultura y el gobierno; o, finalmente, terminen con la acción todo su efecto, como los bailes, las carreras y las luchas. En todas estas artes, la experiencia de lo pasado hace conjeturar también lo por venir, pues ningún artífice de ellas mueve los miembros cuando trabaja, si no enlaza la memoria de lo pasado con la esperanza de lo venidero. El conocimiento de estas artes se ha de tomar de paso y como a la ligera en la vida humana, no para ejercerlas, a no ser que algún deber nos obligue a ello, de lo cual no tratamos al presente, sino para poder juzgar y no ignorar por completo lo que la Escritura pretende insinuar, cuando inserta expresiones figuradas tomadas de estas artes.

CAPÍTULO XXXI

Utilidad de la dialéctica. Y qué debemos decir del sofisma

48. Resta que hablemos de aquellas artes y ciencias que no pertenecen a los sentidos del cuerpo, sino a la razón o potencia intelectiva del alma, entre las cuales se llevan la palma la dialéctica y la aritmética. La dialéctica es de muchísimo valor para penetrar y resolver todo género de dificultades que se presentan en los Libros santos. Sólo que en ella se ha de evitar el prurito de disputa y cierta pueril ostentación de engañar al adversario. Hay muchos llamados sofismas que son falsas conclusiones de un raciocinio, y la mayor parte de las veces, de tal modo imitan a las verdaderas, que no sólo engañan a los lerdos, sino también a los de agudo ingenio, a no ser que estén atentos. Cierto hombre propuso esta cuestión a otro que hablaba con él: «Lo que yo soy, tú no lo eres», el otro convino; en parte era verdad, aunque no fuese más que por ser éste astuto y el otro sencillo. Entonces éste añadió: «Luego yo soy hombre»; habiendo concedido el otro, concluyó el primero: «Luego tú no eres hombre». Este género de conclusiones capciosas lo detesta la Escritura, según creo, en aquel pasaje donde dijo: El que habla sofísticamente es aborrecible43. También suele llamarse sofístico el discurso no capcioso, pero que emplea adornos de palabras con más abundancia de la que conviene a la gravedad.

49. Hay también conclusiones legítimamente deducidas de un raciocinio, que son en sí falsas; pero que se siguen del error de aquel con quien se disputa, las cuales deduce el hombre prudente y docto, para que, avergonzado con ellas aquel de cuyo error se siguieron, abandone el error que sostenía, porque si quisiera permanecer aún en él, tendría por fuerza que admitir aquellas conclusiones que condena. Así el Apóstol no deducía conclusiones verdaderas, cuando decía «ni Cristo resucitó», y al decir «vana es nuestra predicación, vana es vuestra fe»44, y todas las cosas que allí se siguen, las cuales son falsas; porque Cristo resucitó, y tampoco la predicación de los que anunciaban tales cosas era inútil, ni vana la fe de los que las creían. Sin embargo, estas conclusiones verdaderamente falsas se deducían de la relación que tenían con la sentencia de los que afirmaban que no existía la resurrección de los muertos; pero rechazadas estas falsas proposiciones, las que serían verdaderas de no darse la resurrección de los muertos, la consecuencia es que se da la resurrección de los muertos. Luego como exista conexión lógica, no sólo entre las verdaderas conclusiones, sino también entre las falsas, es fácil aprender, aun en las escuelas que no tienen que ver con la Iglesia, la verdad y la lógica de la conexión. Pero la verdad de las sentencias se ha de buscar en los Libros santos y eclesiásticos.

CAPÍTULO XXXII

La verdad de las conexiones no ha sido establecida por los hombres, sino sólo observada

50. La misma verdad de las conexiones no fue instituida por los hombres, sino únicamente advertida y anotada para poderla aprender y enseñar, pues se funda en la razón de las cosas, que es eterna e instituida por Dios. Así como el que narra el orden de los tiempos no los compone y el que nos describe la situación de los lugares o la naturaleza de animales, de las plantas y las piedras, no demuestra cosas instituidas por los hombres y el que declara los astros y sus movimientos no descubre nada que haya sido instituido por él o por hombre alguno, del mismo modo el que dice «si la conclusión es falsa, es necesario que lo sean las premisas», dice algo verdaderísimo, pero él no hace que esto sea así, sino sólo lo declara. Bajo esta ley cae lo que anteriormente citamos del apóstol San Pablo. El precedente que sentaban aquellos cuyo error quería el Apóstol destruir, era que no existía la resurrección de muertos. Luego de aquella premisa, por la que se decían que no se daba la resurrección de muertos, se concluía necesariamente, «luego Jesucristo no resucitó». Esta consecuencia es falsa, porque Jesucristo resucitó; luego es falsa la premisa; y la premisa es, no hay resurrección de muertos; luego hay resurrección de muertos. Todo esto se resume así: «Si no hay resurrección de muertos, Jesucristo no resucitó; pero Cristo resucitó, luego hay resurrección de muertos». Esta natural conexión de que quitada la conclusión viene por necesidad abajo la premisa, no la instituyeron los hombres, sino la mostraron. Esta regla pertenece a la verdad de la conexión, no a la verdad misma de las proposiciones.

CAPÍTULO XXXIII

Pueden darse conexiones verdaderas en proposiciones falsas, y con premisas verdaderas, consecuencias falsas

51. Cuando se trataba ahora de la resurrección, era verdadera no sólo la regla de la consecuencia, sino también la misma sentencia de la conclusión. Pero en las premisas falsas puede darse consecuencia verdadera de este modo: Supongamos que alguno nos concede esta proposición: «Si el caracol es un animal, tiene voz»; concedido esto, y probando que el caracol no tiene voz, como quitado el consiguiente se quita el antecedente, se concluye que el caracol no es animal. Esta sentencia es falsa, pero es verdadera la conexión de la conclusión, deducida de una premisa admitida falsamente. Así pues, la verdad de una proposición o premisa depende de sí misma; la verdad de la conexión depende de la opinión de aquel con quien se disputa y de lo que tiene concedido. Por tanto, como arriba dijimos, sacaremos una consecuencia falsa con verdadera lógica, a fin de que aquel cuyo error queremos corregir se arrepienta de haber concedido una premisa de la cual se sigue una consecuencia que debe rechazar. Por esto se entiende fácilmente que, como hay en las sentencias falsas conclusiones verdaderas, así puede haber en las sentencias verdaderas conclusiones falsas. Concedemos que alguno dice: «Si aquel es justo, es bueno», y se concede esto; y luego dice: «Pero no es justo», y concedido también, saca la conclusión: «Luego no es bueno». Todas estas cosas son ciertamente verdaderas, pero no lo es la regla de la conclusión. Porque si es cierto que, quitado el consiguiente, necesariamente se quita el antecedente, no lo es que quitado el antecedente desaparezca la conclusión. Y así tenemos que es verdad cuando decimos: «Si éste es orador es hombre»; mas si de esta proposición decimos: «Pero es así que no es orador», entonces al quitar el antecedente, no sacaremos la verdadera conclusión diciendo: «Luego no es hombre».

CAPÍTULO XXXIV

Una cosa es conocer las leyes de la conclusión o consecuencia y otra conocer la verdad de las sentencias o premisas

52. Una cosa es conocer las reglas del enlace o de la conexión, y otra conocer la verdad de las premisas. En las premisas se aprende qué es lo consiguiente, qué lo inconsecuente y qué lo absurdo. Consecuencia es «si es orador es hombre»; no consecuencia, «si es hombre, es orador»; contradicción «si es hombre, es un cuadrúpedo». Luego aquí se juzga únicamente de la conexión en sí. En la verdad de las premisas se atiende a las proposiciones en sí mismas y no a su conexión. Pero si a proposiciones ciertas se enlazan con verdadera conexión otras dudosas, necesariamente éstas también se hacen ciertas. Algunos de tal manera se jactan de haber aprendido la verdad de las conexiones, es decir, la lógica, como si ella misma fuera la verdad de las sentencias. Otros, al contrario, teniendo asida muchas veces la verdad de las sentencias se abaten sin razón, porque ignoran las leyes de la conclusión, siendo así que es mejor el que sabe que existe la resurrección de los muertos que el que conoce que hay consecuencia al decir, «si no hay resurrección de muertos, Cristo no resucitó».

CAPÍTULO XXXV

La ciencia de definir y dividir no es falsa, aunque se aplique a cosas falsas. Qué sea lo falso

53. La ciencia de definir, dividir y distribuir, aunque se aplique muchas veces a cosas falsas, ella, sin embargo, no es falsa en sí misma, ni ha sido instituida por los hombres, sino hallada en la naturaleza de las cosas. Pues no porque los poetas la empleen en sus fábulas y los falsos filósofos y los herejes, es decir, las malos cristianos acostumbren a usar de ella en sus opiniones erróneas, por eso es falso que en la definición, división y distribución ha de entrar lo que es propio de la misma cosa, o se ha de omitir algo que le pertenece. Este principio de la dialéctica es verdadero por más que las cosas definidas o divididas sean falsas. Porque también lo mismo falso se define cuando decimos «que falso es la significación de una cosa que no es como se indica», u otra definición por el estilo; cuya definición es verdadera, aunque no pueda ser lo falso verdadero. También podemos dividir lo falso diciendo que hay dos géneros de falsedades; uno, de las cosas que absolutamente no pueden existir; otro, de las que no existen pero pudieron existir. Así, el que dice siete y tres son once, afirma lo que no puede ser jamás; pero el que cuenta, por ejemplo, que llovió el primero de enero, aunque no sucediera, dice una cosa que pudo haber sucedido. Por tanto, la definición de cosas falsas puede ser verdadera, aunque lo falso no sea verdadero.

CAPÍTULO XXXVI

Las reglas de la elocuencia son verdaderas, a pesar de que con ellas se persuaden algunas veces cosas falsas

54. Existen ciertas reglas de una controversia más extensa que se llama elocuencia, las cuales, no obstante, son verdaderas aunque con ellas puedan persuadirse cosas falsas. Y como ellas también pueden persuadir cosas verdaderas, no es culpable la retórica, sino la perversidad de los que usan de ella malamente. Tampoco ha sido instituido por los hombres que las muestras de elocuencia del orador arrastren al oyente; o que una breve y clara narración insinúe fácilmente lo que intenta; y que la variedad mantenga atentos sin fastidio a los oyentes; y otras observaciones semejantes que, ya en asuntos verdaderos, ya en falsos, son siempre verdaderas en cuanto que, o hacen creer o conocer alguna cosa, o mueven los ánimos a desearla o aborrecerla. Estas reglas más bien han sido encontradas existiendo así, que instituidas para que existiesen de esta suerte.

CAPÍTULO XXXVII

Utilidad de la retórica y dialéctica

55. Cuando se aprende la retórica, más bien la debemos emplear para exponer lo que hemos entendido, que para entender lo que ignoramos. Mas aprendidas la lógica y dialéctica que enseñan las reglas de las consecuencias, definiciones y distribuciones, ayudan mucho a quien intenta aprender, con tal que se aparte del error, de los que piensan que, habiendo aprendido estas artes, están ya en posesión de la misma verdad que conduce a la vida eterna. Bien que sucede muchas veces que los hombres consiguen más fácilmente las mismas cosas para cuya consecución se aprenden tales artes, que las complicadas y fastidiosas reglas de tales disciplinas. Como si alguno queriendo dar reglas para andar, avisara que no se debe levantar el pie que queda atrás, a no ser que estuviese ya asentado el de adelante, y después describe minuciosamente de qué modo conviene mover las articulaciones de los pies y las corvas de las rodillas. Sin duda dice verdad, porque no se puede andar de otro modo, pero es más fácil que anden los hombres haciendo esto, que se den cuenta al hacerlo o lo entiendan al oírlo. Los que no pueden andar se preocupan mucho menos de estas cosas que no pueden conocer con la experiencia. Así también, muchas veces ve más pronto el ingenioso que una conclusión no es valedera, que capta las leyes de la consecuencia. El rudo no ve la falsedad de la conclusión, pero mucho menos los preceptos sobre ella. En todas estas reglas, más es muchas veces lo que nos deleita el panorama de la verdad, que lo que nos ayudan ellas al juzgar y disputar; a no ser que cuente a su favor el que con ellas se ejercitan los ingenios si es que no se hacen más malignos y soberbios, es decir, que tiendan a engañar con preguntas y cuestiones aparentes; o que piensen están en posesión de una gran cosa por tener conocimiento de estas reglas, y por ello se antepongan a los hombres buenos e inocentes.

CAPÍTULO XXXVIII

La ciencia de los números, o aritmética, no es institución humana, sino hallada por los hombres en la misma naturaleza de las cosas

56. La ciencia de los números, a cualquier lerdo se le ocurre que no ha sido instituida, sino más bien indagada y descubierta por los hombres. Pues no acontece como con la primera sílaba de la palabra «Italiae», a la que pronunciaron los antiguos breve, y por el querer de Virgilio se hizo larga. Pero ¿quién podrá hacer, aunque se le antoje, que tres veces tres no sean nueve, o que no pueda constituir el nueve el cuadrado de tres, ni el triple con relación al mismo tres, o uno y medio referente al seis ni el doble de ninguno porque los números impares no tienen mitad exacta? Por lo tanto, ya se consideren en sí mismos, ya se apliquen a las leyes de la geometría o de la música, o de otros movimientos, siempre tienen reglas inmudables que no han sido en modo alguno instituidas por los hombres, sino sólo descubiertas por la sagacidad de los hombres ingeniosos.

57. Cualquiera que ame todas estas cosas de tal suerte que pretenda darse tono entre los ignorantes, y no busque más bien de dónde procede el que sean verdaderas las que él averigua que son tales y de dónde tienen otras el ser no sólo verdaderas, sino también inmudables, como él ha comprendido que lo son; y así, subiendo desde la figura de los cuerpos llegase a la mente humana, y encontrándola mudable, pues unas veces es docta y otras indocta, constituida, sin embargo, entre la inmudable verdad superior a ella y las demás mudables inferiores, y no dirigiera todas estas cosas al amor y alabanza del mismo Dios de quien conoce que proceden todas, este hombre podrá aparecer docto, pero en modo alguno es sabio.

CAPÍTULO XXXIX

A qué ciencias de las anotadas y con qué ánimo podremos entregarnos. Las leyes humanas

58. Por lo expuesto, me parece que a los jóvenes de ingenio, estudiosos y temerosos de Dios que buscan la vida bienaventurada, saludablemente se les amonesta que no se dediquen temerariamente a seguir doctrina alguna de las que se practican fuera de la Iglesia de Cristo, como si con ellas se alcanzase la vida bienaventurada, sino que las examinen con esmero y gran cuidado. Y si encuentran que algunas instituidas por los hombres son variables conforme el distinto parecer de los que las instituyeron, y además poco conocidas dadas las opiniones de los que yerran; y, sobre todo, si tienen contraída sociedad con los demonios por medio de una especie de pactos y convenios de particulares significaciones, las repudien y detesten por completo y se alejen asimismo del estudio de las instituciones humanas superfluas y de puro lujo. Aquellas otras establecidas por los hombres que sirven para la convivencia de la sociedad, no las descuiden en cuanto lo exige la necesidad de la vida. Tocante a las demás ciencias que se hallan entre los gentiles, fuera de la historia de las cosas pasadas o presentes, y que pertenecen a los sentidos del cuerpo, a quienes tenemos que juntar las conjeturas y experiencias de las artes útiles y corporales, y a excepción también de la lógica y de la matemática, juzgo que nada tienen de útil. En todas estas ciencias se ha de observar aquella máxima ne quid nimis, nada con exceso, y, sobre todo, en aquellas cosas que pertenecen a los sentidos corporales, se desenvuelven en los tiempos y ocupan lugares.

59. Al parigual que algunos escritores tradujeron separadamente todas las palabras y los nombres hebreos, sirios, egipcios y de otra lengua que pudieron encontrar en las Sagradas Escrituras sin interpretación alguna; y como Eusebio escribió la historia profana para resolver las dificultades de los divinos Libros que demandan el uso de ella, así lo que éstos hicieron en este asunto con el fin de que el cristiano no se vea obligado a trabajar más de la cuenta en algunas pocas cosas, veo que también pudiera hacerse en otras cosas, si alguno de los que tienen cualidades para ello emprendiese con un caritativo esfuerzo la obra en favor de los hermanos de recopilar en un volumen y explicar por separado los nombres ignorados de todos los lugares de la tierra, de los animales, de las hierbas y los árboles, de las piedras y metales, y de cualquiera otra clase de especies que menciona la Escritura. También pudiera hacerse esto con los números, para que constara por escrito la razón clara de los números que sólo menciona la Escritura. Algunas de estas obras o casi todas ya están hechas, pero sea por la turba de los perezosos, o por las ocultaciones de los envidiosos, el caso es que no se han hecho públicas, como muchas que hemos encontrado, de las cuales ni sospechábamos siquiera que hubieran sido escritas y confeccionadas por cristianos buenos e instruidos. Que pueda hacerse esta recopilación con el arte de disputar o dialéctica, lo ignoro; y me parece que no, porque se halla entretejida a manera de nervios por todo el texto de las Escrituras; y, por tanto, este arte más bien ayuda a los lectores para resolver y explicar los pasajes dudosos, de los que hablaremos más tarde, que para descifrar los signos desconocidos, de los que tratamos ahora.

CAPÍTULO XL

Debemos aprovechar lo bueno que se dijo por los autores paganos

60. Si tal vez los que se llaman filósofos dijeron algunas verdades conformes a nuestra fe, y en especial los platónicos, no sólo no hemos de temerlas, sino reclamarlas de ellos como injustos poseedores y aplicarlas a nuestro uso. Porque así como los egipcios no sólo tenían ídolos y cargas pesadísimas de las cuales huía y detestaba el pueblo de Israel, sino también vasos y alhajas de oro y plata y vestidos, que el pueblo escogido, al salir de Egipto, se llevó consigo ocultamente para hacer de ello mejor uso, no por propia autoridad sino por mandato de Dios, que hizo prestaran los egipcios, sin saberlo, los objetos de que usaban mal; así también todas las ciencias de los gentiles, no sólo contienen fábulas fingidas y supersticiosas y pesadísimas cargas de ejercicios inútiles que cada uno de nosotros, saliendo de la sociedad de los gentiles y llevando a la cabeza a Jesucristo ha de aborrecer y detestar, sino también contienen las ciencias liberales, muy aptas para el uso de la verdad, ciertos preceptos morales utilísimos y hasta se hallan entre ellas algunas verdades tocantes al culto del mismo único Dios. Todo esto es como el oro y plata de ellos y que no lo instituyeron ellos mismos, sino que lo extrajeron de ciertas como minas de la divina Providencia, que se halla infundida en todas partes, de cuya riqueza perversa e injuriosamente abusaron contra Dios para dar culto a los demonios; cuando el cristiano se aparta de todo corazón de la infeliz sociedad de los gentiles, debe arrebatarles estos bienes para el uso justo de la predicación del Evangelio. También es lícito coger y retener para convertir en usos cristianos el vestido de ellos, es decir, sus instituciones puramente humanas, pero provechosas a la sociedad, del que no podemos carecer en la presente vida.

61. ¿Pues qué otra cosa ejecutaron muchos y buenos fieles nuestros? ¿No vemos con cuánto oro, plata y vestidos salió cargado de Egipto el dulcísimo doctor y mártir beatísimo Cipriano? ¿Con cuánto Lactancio, Victorino, Optato e Hilario, sin citar a los que viven? ¿Con cuánto salieron innumerables griegos? Esto lo ejecutó el primero el siervo fidelísimo de Dios, Moisés, de quien se escribió que se hallaba instruido en toda la sabiduría de los egipcios45. Jamás hubiera prestado la inveterada superstición de los gentiles a todos aquellos varones, y sobre todo en aquellos tiempos en que, rechazando el yugo de Cristo perseguía a los cristianos, las ciencias útiles que poseía, si hubiera sospechado que habían de ser empleadas en el culto del único Dios, con el que se destruiría el culto vano de los ídolos. Sin embargo, dieron su oro, plata y vestido al pueblo de Dios que salía de Egipto, ignorando de qué modo todo aquello que daban lo cedían en obsequio de Cristo. Sin duda aquello que tuvo lugar en Egipto y narró el Éxodo, fue una figura presignificativa de esto. He dicho esto sin perjuicio de otra igual o mejor inteligencia.

CAPÍTULO XLI

Qué disposición del alma requiere el estudio de la Sagrada Escritura. Propiedades del hisopo

62. El que se dedica al estudio de las Sagradas Escrituras, una vez que se encuentre instruido de este modo, al comenzar a escudriñarlas no deje de pensar en aquella máxima apostólica: La ciencia hincha, la caridad edifica46,porque sentirá que a pesar de haber salido rico de Egipto, si no celebra la pascua no podrá salvarse. Nuestra pascua es Cristo inmolado47, y ninguna cosa nos enseña más eficazmente la inmolación de Cristo, que aquello que Él dice a grandes voces, como llamando a los que ve abrumados en Egipto bajo Faraón: Venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es suave y mi carga ligera48. ¿Y para quiénes lo es, sino para los mansos y humildes de corazón, a los cuales no hincha la ciencia, sino que los edifica la caridad? Acuérdese de aquellos que celebraban en aquel tiempo la pascua en imagen de sombras cuando se les mandó señalar las puertas con la sangre del cordero, lo cual hicieron con hisopo49. Esta hierba es suave y humilde, sin embargo, nada hay más fuerte y penetrante que sus raíces. Lo que nos manifiesta que, estando arraigados y cimentados en la caridad, podemos comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, esto es, la Cruz del Señor, donde se entiende por anchura el madero transversal en que se hallan extendidas las manos; por longitud, lo que hay desde la tierra hasta este madero, y en ella se fija todo el cuerpo de manos abajo; por altura, desde la anchura hasta lo más alto hacia arriba donde se apoya la cabeza; por profundidad, lo que metido en la tierra se oculta a nuestra vista. En este signo de la cruz se encierra toda la vida cristiana, como es el obrar bien en Jesucristo, el estar continuamente unido a Él, el esperar los bienes del cielo, el no divulgar los divinos misterios. Purificados por esta vida, podremos conocer también la supereminente ciencia de la caridad de Cristo, por la cual es igual al Padre y por quien fueron hechas todas las cosas, para que seamos llenos de toda plenitud de Dios50. Tiene también el hisopo una virtud purgativa para que nada respire soberbiamente el pulmón hinchado, al ser inflado con la ciencia de las riquezas sacadas de Egipto. Por esto dice el profeta: Me rociarás, Señor, con el hisopo y seré purificado. Me lavará y blanqueará más que la nieve. Darás a mi oído regocijo y alegría.Después, con el fin de manifestar que en la hierba hisopo está significada la purgación de la soberbia, añade: Y se regocijarán los huesos humillados51.

CAPÍTULO XLII

Comparación de la Sagrada Escritura con los libros profanos

63. Así como es mucho menor la riqueza del oro, de la plata y de los vestidos que el pueblo de Israel sacó de Egipto, en comparación de los bienes que después consiguió en Jerusalén, lo que de un modo especial se manifestó en el reinado de Salomón52, así también es mucho menor toda la ciencia recogida de los libros paganos, aunque sea útil, si se compara con la ciencia de las Escrituras divinas. Porque todo lo que el hombre hubiese aprendido fuera de ellas, si es nocivo, en ellas se condena; si útil, en ellas se encuentra. Y si cada uno encuentra allí cuanto de útil aprendió en otra parte, con mucha más abundancia encontrará allí lo que de ningún modo se aprende en otro lugar, sino únicamente en la admirable sublimidad y sencillez de las divinas Escrituras. No siendo ya un obstáculo los signos desconocidos para el lector dotado de esta instrucción, manso y humilde de corazón, sometido con suavidad al yugo de Cristo y cargado con peso ligero, fundado y afianzado y formado en la caridad, a quien no puede ya hinchar la ciencia, acérquese a considerar y discutir los signos ambiguos que en las Escrituras se hallan, sobre los cuales me propongo hablar en el libro tercero lo que Dios se digne concederme.

SOBRE LA DOCTRINA CRISTIANA

Traducción: Balbino Martín Pérez, OSA

LIBRO III

CAPÍTULO I

Recopilación de los libros anteriores y objeto del tercero

1. El hombre que teme a Dios indaga con diligencia su voluntad en las Santas Escrituras. Pero antes, hágase por la piedad manso en el trato para no amar las contiendas; fortifíquese de antemano con el conocimiento de las lenguas, a fin de no vacilar en las palabras y expresiones desconocidas; prevéngase por la instrucción de ciertas cosas necesarias para no ignorar la virtud y naturaleza de aquellas cosas que se aducen por vía de semejanza; y, finalmente, ayudándole la veracidad de los códices, a los que procurará depurar con una cuidadosa diligencia, acérquese ya pertrechado de este modo a discutir y solucionar los pasajes ambiguos de las Santas Escrituras. Para que no se engañe con los signos ambiguos, debo decirles algo en cuanto pueda ser instruido por mí, porque puede suceder que se burle de estas reglas que deseamos presentarle nosotros, por parecerle pueriles debido a la grandeza de su ingenio o a la claridad de mayor iluminación. Pero, como iba diciendo, sepa, en cuanto pueda ser en algo instruido por mí y se halle en este estado de ánimo de poderlo ser, que la ambigüedad de las Escrituras está en las palabras propias o en las metafóricas o trasladadas, de cuyos géneros hablamos en el libro segundo.

CAPÍTULO II

De cómo se ha de quitar la ambigüedad por la distinción de las palabras

2. Cuando las palabras propias hacen ambigua la Santa Escritura, lo primero que se ha de ver es si puntuamos o pronunciamos mal. Si, prestada la atención necesaria, todavía aparece incierto cómo haya de puntuarse o pronunciarse, consulte el estudioso las reglas de la fe que adquirió de otros lugares más claros de la Escritura o de la autoridad de la Iglesia, de cuyas reglas tratamos bastante al hablar en el primer libro sobre las «cosas». Pero si ambos sentidos o todos, en el caso de que hubiere muchos, resultan ambiguos sin salirnos de la fe, nos resta consultar el contexto de lo que antecede y sigue al pasaje en donde está la ambigüedad, a fin de que veamos a qué sentido de los muchos que se ofrecen favorezca y con cuál se armoniza mejor.

3. Consideremos algunos ejemplos. Sea el primero aquella puntuación herética: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y Dios era. El Verbo este estaba en el principio en Dios. Escrito así, tenemos un sentido distinto al verdadero, por el cual se pretende no confesar la divinidad del Verbo. Semejante puntuación debe rechazarse en virtud de la regla de la fe, que nos prescribe confesar la igualdad de la Trinidad. Y, por lo tanto, puntuaremos de este modo …y el Verbo era Dios. Y añadamos a continuación: Éste estaba en el principio en Dios1.

4. Caso distinto de ambigüedad procedente de la puntuación, que de ningún modo se opone a la fe y, por consiguiente, debe resolverse por el mismo contexto de la sentencia, existe donde dice el Apóstol: No sé qué he de escoger; porque de ambos lados me veo apremiado; tengo vehemente deseo de ser desatado y estar con Cristo, porque esto es con mucho lo mejor; pero permanecer en la carne es necesario para vosotros2. Lo dudoso es si se ha de entender de ambos lados tengo vehemente deseo, o soy apremiado de ambos lados, de modo que a esto se añada: Tengo vehemente deseo de ser desatado y estar con Cristo. Mas como prosigue diciendo porque esto es con mucho lo mejor, se ve claramente que San Pablo dice que tenía vehemente deseo de esto mejor, de suerte que al ser empujado de ambos lados, tenía del uno deseo y del otro necesidad; deseo de estar con Cristo; necesidad de permanecer en la carne. Esta ambigüedad se resuelve con sólo la palabra que sigue: Enim, porque, que se halla en el texto. Los traductores que suprimieron esta palabra lo hicieron más bien llevados por la sentencia en la que se diese a entender que el Apóstol no sólo se sentía apremiado de ambos lados, sino también que tenía gran deseo de ambas. La puntuación ha de ser la siguiente: No sé qué cosa elija; me veo apremiado de ambos lados, y a esta puntuación sigue tengo deseo de ser desatado y estar con Cristo. Y como si se le preguntara por qué tenía más bien deseo de esto último, dice porque esto es con mucho lo mejor. Pero entonces, ¿por qué se ve apremiado de dos cosas? Porque tenía necesidad de quedarse, según añadió: Permanecer en la carne es necesario por vosotros.

5. Cuando ni por la prescripción de la fe ni por el contexto del discurso puede resolverse la ambigüedad, nada impide puntuar conforme a cualquiera de los sentidos que se presentan. Tal acontece con aquel pasaje de la epístola a los Corintios: Teniendo estas promesas, amados míos, purifiquémonos de toda mancha de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios. Dadnos cabida: a nadie hemos agraviado3. Es ciertamente dudoso si se ha de leer, purifiquémonos de toda mancha de carne y espíritu, concordando con aquella sentencia del apóstol que dice en otro lugar que sea santo en el cuerpo y en el espíritu4; o se ha de separar así: Purifiquémonos de toda mancha de carne; y luego, haciendo otra sentencia, digamos: Y perfeccionando la santidad del espíritu en el temor de Dios, dadnos cabida. Tales ambigüedades de puntuación quedan al arbitrio del lector.

CAPÍTULO III

De cómo se han de quitar las ambigüedades provenientes de la pronunciación. En qué difieren la interrogación y la pregunta

6. Las reglas que dimos sobre la ambigüedad nacida de la puntuación deben también observarse en la ambigüedad proveniente de la pronunciación. Pues, a no ser que por la demasiada negligencia del lector se vicien las palabras, pueden corregirse, o por las reglas de fe, o por el contexto de lo que antecede o sigue. Si ninguno de estos medios aplicados a la corrección corrigen la ambigüedad, de tal modo que aun quedara dudosa la pronunciación, entonces, de cualquier forma que el lector pronuncie, no será culpable. Si la fe, por la que creemos que Dios no ha de acusar a sus elegidos, ni Cristo condenarlos, no lo impidiese, pudiera pronunciarse el siguiente texto con una pregunta y una respuesta afirmativa de este modo: ¿Quién acusará a los elegidos de Dios?, de suerte que a esta interrogación siguiera la respuesta: Dios que los justifica. Y de nuevo preguntando: ¿Quién hay que los condene?, se respondiese:Cristo Jesús que murió. Pero como creer esto es una locura, de tal modo se debe pronunciar, que preceda una pregunta y siga una interrogación. Entre pregunta (percontatio) e interrogación (interrogatio) dijeron los antiguos que existía esta diferencia: Que a la pregunta se pueden dar muchas respuestas, pero a la interrogación sólo se responde: sí o no. Se pronunciará, pues, el pasaje citado, de modo que después de la pregunta ¿quién acusará a los elegidos de Dios?, se enuncie lo que sigue en tono interrogante: ¿Dios que justifica?, de suerte que tácitamente se responda: No. Igualmente preguntaremos: ¿Quién hay que los condene?, y volviendo a interrogar diremos: ¿Cristo Jesús que murió, mejor dicho, que resucitó, que está sentado a la diestra de Dios y que intercede por nosotros?5, a lo cual también tácitamente se responda: No. Por el contrario, en aquel pasaje donde dice el Apóstol: ¿Qué diremos? Que los gentiles, que no iban en busca de la justicia, alcanzaron justicia6; si después de la pregunta «¿qué diremos?» no se añadiera como respuesta «que los gentiles, que no iban en busca de la justicia, alcanzaron justicia», no tendría el contexto que sigue sentido perfecto. No veo con qué entonación se pronuncie lo que dijo Natanael: De Nazaret puede haber algo bueno7; si en sentido afirmativo, de tal modo que únicamente lleve interrogante «¿de Nazaret?»; o bien todo con la duda de interrogante. Pues ni uno ni otro sentido son contrarios a la fe.

7. Hay asimismo ambigüedad en el sonido obscuro de las sílabas; y, por lo tanto, esto también pertenece a la pronunciación. Así el verso del salmo non est absconditum a te os meum, quod fecisti in abscondito8, no se patentiza al lector si la sílaba os ha de pronunciarse breve o larga. Si se la abrevia, es el singular de «ossa», huesos; si se alarga es el de ora, bocas. Pero tales ambigüedades se resuelven consultando la lengua original. Y el texto griego no dice stoma boca, sino osteon hueso. De aquí que muchas veces el lenguaje del vulgo es más útil para expresar las cosas que la pulcritud literaria. Yo más quisiera decir cometiendo un barbarismo «non est absconditum a te ossum meum», no se halla escondido para ti mi hueso, que ser menos claro por ser más latino. Algunas veces el sonido dudoso de una sílaba se aclara por otra palabra cercana que pertenece a la misma sentencia, como en aquel pasaje del apóstol San Pablo: Quae praedico vobis, sicut praedixi, quoniam qui talia agunt, regnum, Dei non possidebunt9, los que hacen las cosas que os digo, como ya os lo dije, no poseerán el reino de los cielos. Si hubiera dicho solamente quae praedico vobis, y no hubiera añadido sicut praedixi, sería necesario recurrir al códice de la lengua original para saber si en la palabra «praedico» la sílaba segunda era larga o breve, pero ahora ya está claro que es larga, pues no dijo sicut praedicavi, sino sicut praedixi.

CAPÍTULO IV

De cómo se ha de esclarecer otro género de ambigüedad

8. No sólo estas, sino también aquellas otras ambigüedades que no provienen de la puntuación o pronunciación, deben ser examinadas de modo semejante. Así, veamos aquel pasaje del Apóstol a los Tesalonicenses: Propterea consolati sumus, fratres, in vobis10, por eso nos hemos consolado, hermanos, en vosotros. Es dudoso si se ha de entender «o fratres» en vocativo, u «hos fratres» en acusativo, aunque ni una ni otra lectura se opone a la fe. Pero la lengua griega no tiene estos dos casos iguales; por eso, consultando el texto griego, se ve que «fratres» es vocativo. Si el intérprete hubiera preferido traducir «propterea consolationem habuimus fratres in vobis», no se hubiera ajustado tanto a las palabras, pero se dudaría menos del sentido; o si hubiera añadido nostri, casi nadie hubiera dudado ser vocativo, al oír «propterea consolati sumus, fratres nostri, in vobis»; pero el añadir es concesión más peligrosa. Así aconteció en aquella sentencia de San Pablo a los corintios: Quotidie morior, per vestram gloriam, fratres, quam habeo in Christo Jesu, cada día muero, hermanos, por vuestra gloria, la cual tengo en Cristo Jesús11. El traductor dice así: «Quotidie morior, per vestram juro gloriam», porque en el texto griego se halla sin ambigüedad la palabra ne propia del juramento. Difícil y rarísimamente podrá hallarse ambigüedad en las palabras propias, por lo que a los libros divinos se refiere, que no pueda resolverse, o por el contexto del discurso, que nos manifiesta la intención del escritor; o por el cotejo de los traductores, o por el examen de la lengua del texto original.

CAPÍTULO V

Es una lastimosa servidumbre tomar al pie de la letra las locuciones figuradas de la Escritura

9. Las ambigüedades provenientes de las palabras metafóricas o trasladadas, de las que a seguida vamos a tratar, requieren un cuidado y diligencia no medianos. Lo primero que hemos de evitar es el tomar al pie de la letra la sentencia figurada; por eso el Apóstol dice: La letra mata, el espíritu vivifica12. Cuando lo dicho figuradamente se toma como si se hubiera dicho en sentido literal, conocemos sólo según la carne. Ninguna cosa puede llamarse con más exactitud muerte del alma, que sometimiento de la inteligencia a la carne siguiendo la letra, por cuya facultad el hombre es superior a las bestias. El que sigue la letra entiende las palabras trasladadas o metafóricas como si fueran propias, y no sabe dar la significación verdadera a lo que está escrito con palabras propias. Si oye, por ejemplo, la palabra «sábado» no entiende otra cosa, sino uno de los siete días que continuamente se repiten en el desenvolvimiento del tiempo; y cuando oye la palabra «sacrificio» no trasciende con el pensamiento más allá del que suele hacerse de víctimas de animales o de frutos de la tierra. En fin, es una miserable servidumbre del alma tomar los signos por las mismas cosas, y no poder elevar por encima de las criaturas corpórea el ojo de la mente para percibir la luz eterna.

CAPÍTULO VI

Sumisión de los judíos a unos signos que eran útiles

10. La servidumbre que conservó a los signos el pueblo judío era muy distinta de la que acostumbraban a seguir las demás naciones, pues, de tal modo estaban sometidos a las cosas temporales, que en todas ellas se les recomendaba un solo Dios. Y aunque tomasen los signos de las cosas espirituales por las mismas cosas, por no saber lo que representaban, sin embargo, tenían grabado en su alma que con tal servidumbre agradaban al único Dios de todas las cosas a quien no veían. Este cuidado de la observancia de la ley, escribe el Apóstol, fue como ponerlos bajo un pedagogo de niños13. Y, por tanto, los que se aferraron pertinazmente a tales signos no pudieron soportar al Señor que menospreciaba estos signos por haber llegado ya el tiempo de la revelación de ellos14. De aquí las calumnias que los príncipes del pueblo le levantaron porque curaba en sábado15; y por eso también el pueblo, adherido a tales signos como a cosas, no creía que era Dios, ni que hubiera venido enviado por Él el que no atendía a la observancia de los signos como lo hacían los judíos. Los que creyeron en Él, y de ellos se formó la primera Iglesia de Jerusalén, suficientemente demostraron cuánta fue la utilidad de haber sido custodiados de aquel modo con la ley como párvulos bajo pedagogo, con el fin de que aquellos signos, que temporalmente habían sido impuestos a los servidores, sujetasen al culto del único Dios, que hizo el cielo y la tierra, el pensamiento de los que los observaban. Porque aquellos primeros fieles judíos, aunque ignorasen en aquellos signos y oblaciones temporales y carnales que ejecutaban cómo habían de ser entendidos espiritualmente, sin embargo, habían aprendido a venerar al Dios eterno, y, por estar tan próximos a las cosas espirituales, se hallaron tan capaces de recibir el Espíritu Santo, que vendieron todos sus bienes y colocaron el precio de ellos a los pies de los apóstoles para ser distribuido entre los menesterosos16; y ellos mismos se consagraron por completo a Dios como nuevo templo, a cuya imagen terrena, es decir, al templo antiguo, habían servido.

11. No se ha escrito que hiciesen algo de esto las iglesias de los gentiles, porque no se hallaron tan cerca de lo espiritual los que habían tenido por dioses a los ídolos, que eran obra de sus manos.

CAPÍTULO VII

Servidumbre de los gentiles a los signos inútiles

Si de vez en cuando algunos gentiles pretendieron interpretar aquellos simulacros mirándolos solamente como signos, sin embargo, siempre los ordenaban al culto de alguna criatura. Porque qué me importa que el simulacro de Neptuno, por ejemplo, no haya de ser tenido por Dios, sino que en él se halle significado todo el mar, o todas las demás aguas que brotan de las fuentes, como lo describe, si mal no recuerdo, uno de sus poetas cuando dice: «Tú, oh padre Neptuno, a quien resuenan las canas sienes ceñidas con el mar estruendoso; de tu barba perenne brota el océano inmenso, y los ríos corren entre tus cabellos». Pero esto es una bellota dentro de cuya fina cáscara agita piedrecillas sonoras; mas ella no es alimento de hombres, sino de puercos. El que conozca el Evangelio entenderá lo que digo17. Qué me aprovecha el que la estatua de Neptuno represente las aguas de los ríos y los mares, si no es para no adorar ni los unos ni los otros, pues para mí tan lejos está de ser Dios cualquier estatua como todo el mar. Sin embargo, confieso que están mucho más sumergidos los que juzgan por dioses las obras de los hombres, que aquellos que adoran las obras de Dios. A nosotros se nos manda amar y adorar a un solo Dios18 que hizo todas estas cosas; mas los gentiles veneran los simulacros de ellas o como Dios, o como signos, o como imágenes de dioses. Y si es carnal servidumbre tomar un signo útilmente instituido con el fin de significar una cosa en lugar de la misma cosa, cuánto más lo será tomar por las mismas cosas los signos de cosas inútiles. Pues aunque los ordenes a las cosas significadas por ellos, si obligas a tu alma a darles culto, no te verás libre de la carga servil y carnal, ni carecerás del velo idolátrico.

CAPÍTULO VIII

De un modo fueron libertados los judíos y de otro los gentiles de la servidumbre de los signos

12. Por lo cual, la libertad cristiana libró de la servidumbre a los que halló sometidos a los signos útiles como a gente que estaba más cerca de ella, interpretándoles los signos a que estaban sujetos, y elevándolos a las realidades representadas por ellos; y de estos libertados se formaron las Iglesias de los santos israelitas. Mas a los gentiles que halló bajo el yugo de los signos inútiles no sólo los sacó de la servidumbre de tales signos, sino que removió y extirpó todas estas vanidades, para que de aquella corrupción de venerar a infinidad de falsos dioses, a cuya adoración llama la Escritura frecuentemente y con propiedad fornicación, se convirtiesen al culto del único Dios, no ya para seguir bajo la esclavitud de los signos útiles, sino más bien para ejercitar su alma en el conocimiento espiritual de ellos.

CAPÍTULO IX

Quién es esclavo de los signos y quién no lo es. Bautismo. Eucaristía

13. Es esclavo de los signos el que hace o venera alguna cosa significativa, ignorando lo que signifique. El que hace o venera algún signo útil instituido por Dios, entendiendo su valor y significación, no adora lo que se ve y es transitorio, sino más bien aquello a que se han de referir todos estos signos. Un hombre así es libre y espiritual y lo es en el tiempo de la servidumbre, cuando aún no conviene revelar a los espíritus carnales aquellos signos que son el yugo por el que han de ser domados. Por lo tanto, espirituales fueron los Patriarcas y Profetas y todos los del pueblo de Israel por quienes el Espíritu Santo nos dio los auxilios y consuelos de las Santas Escrituras. Mas en este tiempo, cuando por la resurrección de nuestro Señor Jesucristo brilló clarísimo el signo de nuestra libertad, no estamos ya oprimidos con el grave peso de aquellos signos cuya inteligencia tenemos, sino que el mismo Señor y la enseñanza apostólica nos transmitieron unos pocos entre tantos antiguos, y estos facilísimos de cumplir, sacratísimos en su significación y purísimos en su observancia, como son el sacramento del bautismo y la celebración del Cuerpo y la Sangre del Señor. Cualquiera que los recibe bien instruido sabe a qué se refiere, de modo que no los venera con carnal servidumbre, sino más bien con la libertad espiritual. Así como seguir materialmente la letra y tomar los signos por las cosas que significan denota debilidad servil, así interpretar inútilmente los signos es propio del error miserablemente libre. El que no entiende lo que significa un signo y, sin embargo, conoce que aquello es signo, éste no está agobiado por la servidumbre. Mejor es verse agobiado por signos desconocidos pero útiles, que no, interpretándolos inútilmente, enredar en los lazos del error la cerviz que salió del yugo de la servidumbre.

CAPÍTULO X

De cómo se conoce la locución figurada. Regla general

14. A la observación que hicimos de no tomar la expresión figurada, es decir, la trasladada, como propia, se ha de añadir también la de no tomar la propia como figurada. Luego lo primero que se ha de explicar es el modo de conocer cuándo una expresión es propia o figurada. La regla general es que todo cuanto en la divina palabra no pueda referirse en un sentido propio a la bondad de las costumbres ni a las verdades de la fe, hay que tomarlo en sentido figurado. La pureza de las costumbres tiene por objeto el amor de Dios y del prójimo; y la verdad de la fe, el conocimiento de Dios y del prójimo. En cuanto a la esperanza, cada uno la tiene diferente en su propia conciencia, conforme se da cuenta que aprovecha en el conocimiento y en el amor de Dios y del prójimo. De todo lo cual se trató en el libro primero.

15. Pero como el género humano propende a juzgar los pecados no por la gravedad de la misma pasión sino más bien por la costumbre y uso de su tiempo, sucede muchas veces que cada uno de los hombres únicamente juzga reprensibles aquellos pecados que los hombres de su tiempo y región acostumbraron a vituperar y condenar; y sólo aprueban y alaban las acciones que como tales admite la costumbre de aquellos que viven con él. De aquí resulta que, si aquellos a quienes la autoridad de la divina palabra tiene ya convencidos encuentran en la Escritura que manda algo que se opone a las costumbres de los oyentes, o vitupera lo que tales costumbres no reprueban, lo juzgan como expresión figurada. Mas la Escritura no manda, sino la caridad; ni reprende, sino la codicia, y de este modo forma las costumbres de los hombres. Igualmente, si el rumor de un error se ha apoderado del ánimo, todo cuanto la Escritura afirme en contrario lo toman los hombres por expresión figurada. Pues bien, la Escritura no afirma en todas las cosas presentes, pasadas y futuras, sino únicamente la fe católica. Narra las cosas pasadas, anuncia las venideras y muestra las presentes, pero todo esto se encamina a nutrir y fortalecer la misma caridad, y a vencer y a extinguir la codicia.

16. Llamo caridad al movimiento del alma que nos conduce a gozar de Dios por Él mismo, y de nosotros y del prójimo por Dios. Y llamo codicia al movimiento del alma que arrastra al hombre al goce de sí mismo y del prójimo y cualquiera otra cosa corpórea sin preocuparse de Dios. Lo que hace la indómita concupiscencia o codicia para corromper su alma y su cuerpo se llama vicio o maldad; y lo que hace para dañar al prójimo se llama agravio o iniquidad. Aquí están patentes los dos géneros que hay de pecados; pero las maldades o vicios son anteriores. Cuando éstos han devastado el alma y la han reducido a la pobreza y miseria, se lanza a las iniquidades o agravios para remover con ellos los obstáculos de los vicios, o para buscar apoyo a fin de cometerlos. Asimismo, lo que hace la caridad en provecho propio se denomina utilidad; y lo que ejecuta en provecho del prójimo, beneficencia; pero la utilidad precede a la beneficencia porque nadie puede aprovechar a otro con aquello que él no tiene. Cuanto más se destruye el imperio de la concupiscencia tanto más se acrecienta el de la caridad.

CAPÍTULO XI

Regla para entender las locuciones que exhalan crueldad y, no obstante, se atributen a Dios o a sus santos

17. Todo lo que en las Santas Escrituras se lee de áspero y cruel en hechos y dichos atribuyéndolo a Dios o a los santos sirve para destruir el imperio de la concupiscencia o codicia. Cuando esto es claro y patente, no se ha de aplicar a otra cosa como si se hubiera dicho figuradamente. Así es aquello que dijo el Apóstol: Atesoras ira para el día de la venganza y de la manifestación del justo juicio de Dios, el cual dará a cada uno según sus obras. A los que perseveraron en el bien obrar buscando la gloria, el honor y la corrupción, se les dará la vida eterna; a quienes son contenciosos y desconfían de la verdad y creen a la iniquidad, se les otorgará la ira y la indignación. La tribulación y la angustia serán para toda alma del hombre que obra el mal, ante todo para el judío y el griego19. Todo esto lo dice el Apóstol de aquellos que perecerán con la misma concupiscencia porque no quisieron vencerla. Mas cuando el imperio de la concupiscencia ha sido destruido en el hombre sobre quien antes mandaba, entonces se cumple aquella evidente sentencia: Los que son de Jesucristo crucificaron su carne con sus pasiones y apetitos20. Ciertamente que en estos pasajes se hallan algunas palabras metafóricas, como son ira de Dios y crucificaron; pero ni son tantas, ni de tal modo traídas que obscurezcan el sentido y constituyan una alegoría o enigma, que es lo que llamo propiamente expresión figurada. Lo que se dijo a Jeremías: He aquí que hoy te constituí sobre los pueblos y las naciones para que arranques y destruyas, desbarates y derrames21, sin duda toda esta expresión no es figurada y debe referirse al fin que dijimos.

CAPÍTULO XII

Regla para entender los dichos y hechos que parecen inicuos, a juicio de los ignorantes, atribuídos a Dios o a los santos. Los hechos deben juzgarse por las circunstancias

18. Las cosas que a los ignorantes les parecen delitos, ya se trate de palabras o hechos que la Escritura aplica a Dios o a los hombres, cuya santidad nos recomienda ella misma, se han de tener todas ellas por locuciones figuradas que encierran secretos, los cuales deben esclarecerse para sustento de la caridad. Todo el que usa de las cosas transitorias con más moderación que aquella que exigen las costumbres de los que viven con él, o es un penitente o un supersticioso; pero el que usa de ellas de modo que traspasa los límites de la costumbre de los hombres buenos entre quienes convive, o manifiesta algo simbólico o es un vicioso. Porque en todas estas cosas no está la culpa en el uso de ellas, sino en la pasión viciosa del que las usa. Así, ningún hombre de juicio pensará en modo alguno que la mujer que ungió los pies del Señor con el ungüento precioso22 lo hizo al modo como suelen hacerlo los hombres malvados y lujuriosos en sus banquetes lascivos que detestamos. El buen olor es la buena fama, y el que siguiendo las huellas de Cristo la adquiere con las obras de su buena vida, unge en cierto modo los pies del Señor con preciosísimo ungüento. Asimismo, lo que en otras personas es no pocas veces un vicio, en una persona divina o profética es signo de una cosa grande. Una cosa es sin duda juntarse el hombre en las depravadas costumbres a una ramera, y otra distinta que lo haga en sentido profético Oseas23. No porque en los convites se desnuden pecaminosamente los cuerpos de los borrachos y lascivos, será pecado estar desnudo en los baños.

19. Por lo tanto, es necesario considerar con cuidado qué cosa convenga a cada lugar, tiempo y persona para no condenarla temerariamente por vicio. Puede suceder que, sin asomos de glotonería o voracidad, un hombre sabio coma un manjar exquisito, y en cambio, un necio arda en la llama de feísima gula ante un vil manjar. Todo hombre prudente preferirá comer un pez al modo de Cristo24, que no lentejas al modo de Esaú, nieto de Abrahán25; o cebada como las caballerías. No porque muchas bestias se sustenten con alimentos más viles, por eso son más morigeradas en la comida que nosotros. En todas las cosas de esta especie, se ha de aprobar o reprobar lo que hacemos atendiendo, no a la naturaleza de las cosas que usamos, sino al motivo de su uso y al modo de apetecerlas.

20. Los antiguos justos, contemplando el reino de la tierra, se imaginaban el reino celestial y lo profetizaban así. La causa de la necesidad de sucesión hacía inculpable la costumbre de que un hombre pudiera tener muchas mujeres a la vez26; por la misma razón no se tenía por honesto el que una mujer pudiera tener muchos maridos. Como la mujer no es más fecunda por tener muchos maridos, por eso más bien es torpeza de ramera buscar ganancia o hijos públicamente. La Sagrada Escritura no culpa lo que en este linaje de costumbres hacían los santos de aquel tiempo sin liviandad, aunque eran cosas que no pueden hacerse ahora sino por liviandad. Además, todo lo que allí se nos cuenta referente a esto, ya sea tomado en sentido propio o histórico, ya en figurado o profético, se ha de interpretar teniendo por fin el amor de Dios o del prójimo, o el de los dos a la vez. Porque así como entre los antiguos romanos era un escándalo llevar la túnica hasta los tobillos y con mangas, y ahora no lo es cuando la visten gentes de alcurnia, al parigual, en todo el demás uso de las cosas se ha de procurar advertir que no intervenga la liviandad, la cual no sólo abusa perversamente de las costumbres de aquellos entre quienes vive, sino que también muchas veces, traspasando sus límites, manifiesta en su brote maligno la fealdad que se oculta dentro del recinto de las costumbres legítimas.

CAPÍTULO XIII

Continúa el mismo asunto

21. Todo lo que está conforme a la costumbre de aquellos con quienes tenemos que pasar la vida, ya lo imponga la necesidad o se acepte por deber, ha de ser ordenado por los buenos y grandes hombres a la utilidad y a la beneficencia; ya sea tomándolo en sentido propio, como es nuestro deber, o en sentido figurado, como se les permitía a los profetas.

CAPÍTULO XIV

Error de los que opinan que no existe la justicia por sí misma

22. Cuando los ignorantes de .costumbres ajenas leen tales hechos, si la autoridad no los refrena, los juzgan torpezas; no son capaces de caer en la cuenta que toda su propia conducta, en el matrimonio, en los convites, en el vestido y en todo lo demás perteneciente al sustento y adorno humano, pudiera parecer torpeza a otras gentes y a otros tiempos. Ciertos hombres adormitados, por decirlo así, que ni estaban enteramente poseídos del sueño de la ignorancia ni podían por completo despertar a la luz de la sabiduría, ante la innumerable variedad de costumbres, juzgaron que no existía la justicia en sí misma, sino que, para cada nación, su propia costumbre era justicia. Como la costumbre es diversa para cada nación y la justicia debe permanecer inmutable, es evidente que jamás existió la justicia. Los que tal pensaron no entendieron, por no citar, otras muchas, la siguiente máxima: Lo que no quieras que hagan contigo, no lo hagas tú a otros27, la cual no puede en modo alguno variar, por mucha que sea la diversidad de naciones. Cuando esta sentencia se refiere al amor de Dios, mueren todos los vicios; cuando se aplica al amor del prójimo, perecen todas las iniquidades o crímenes. Nadie quiere que le corrompan su morada, luego no debe él corromper la morada de Dios, es decir, su propia alma. Y como nadie quiere ser perjudicado por otro, tampoco él debe perjudicar a ninguno.

CAPÍTULO XV

Regla que debe observarse en las locuciones figuradas

23. Así, después de haber sido ya destruida la tiranía de la concupiscencia, reina la caridad con las justísimas leyes del amor de Dios por Dios, y de sí mismo y del prójimo por Dios. Para ello, se ha de observar en las locuciones figuradas la regla siguiente, que ha de examinarse con diligente consideración lo que se lee, durante el tiempo que sea necesario para llegar a una interpretación que nos conduzca al reino de la caridad. Mas si la expresión ya tiene este propio sentido, no se juzgue que allí hay locución figurada.

CAPÍTULO XVI

Regla sobre las locuciones preceptivas

24. Si la locución es preceptiva y prohíbe la maldad o vicio, o la iniquidad o crimen, o manda la utilidad o la beneficencia, entonces la locución no es figurada. Pero si aparenta mandar la maldad o la iniquidad, o prohibir la utilidad o beneficencia, en este caso es figurada. Dice el Señor: Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros28. Aquí parece mandarse una iniquidad o una maldad; luego es una locución figurada por la que se nos recomienda la participación en la pasión del Señor, y se nos amonesta que suave y útilmente retengamos en nuestra memoria que su carne fue llagada y crucificada por nosotros. Asimismo dice la Escritura: Si tu enemigo está hambriento dale de comer, si tiene sed dale de beber. Nadie duda que aquí se manda la beneficencia; pero en lo siguiente: Haciendo esto amontonarás carbones de fuego sobre su cabeza29, tal vez pensarás que se te manda la iniquidad de un maleficio; pues no dudes que se dijo figuradamente. Si puedes interpretarlo en doble sentido, en el de hacer daño y en el de prestar un beneficio, inclínete más bien la caridad a la beneficencia; de suerte que entiendas que los carbones de fuego son los gemidos ardientes de la penitencia, con los cuales se cura la soberbia de aquel que se duele de haber sido enemigo del hombre por quien se ve socorrido de su miseria. Igualmente cuando dice el Señor: Quien ama su alma, la perderá30, no se ha de pensar que prohíbe nuestra propia utilidad por la que cada uno ha de conservar su alma, sino que figuradamente se dijo «la perderá», a saber, que ha de perder y destruir el uso de ella que hace en esta vida, es decir, el uso indebido y perverso por el que se inclina a las cosas temporales de modo que no busca las eternas. También se escribió da al misericordioso y no recibas al pecador31; la última parte de esta sentencia parece prohibir la beneficencia, pues dice no recibas al pecador, luego debes entender que se puso figuradamente pecador por pecado; y, por tanto, el sentido será que no recibas su pecado.

CAPÍTULO XVII

Unas cosas se mandan a todos en general y otras a cada uno en particular

25. Acontece muchas veces que quien se encuentra o figura encontrarse en un grado superior de vida espiritual, juzga que se han dicho figuradamente las cosas que fueron preceptuadas a los grados inferiores; como por ejemplo, el que abrazó la vida célibe y se mutiló a sí mismo por el reino de los cielos32, estimará que todo lo que mandan los divinos Libros sobre el amor a la mujer y la forma de gobernarla, no se ha de tomar en sentido propio, sino figurado. Asimismo, si alguno determinó guardar soltera a su doncella, se esforzará en interpretar como expresión figurada aquella por la que se dice entrega a tu hija y harás una gran obra33; luego entre las reglas para entender las Escrituras ha de hallarse ésta, que sepamos que se mandan unas cosas a todos en general, y otras a cada una de las clases diferentes de personas, a fin de que la medicina doctrinal no sólo se extienda al estado universal de salud, sino también a la enfermedad propia de cada miembro. Es que ha de ser curado en su propio estado el que no puede elevarse a otro mejor.

CAPÍTULO XVIII

Se ha de considerar el tiempo en que algo fue mandado o permitido

26. También se ha de evitar el que alguno piense que puede tal vez ponerse en uso en los tiempos de la vida presente lo que en el Antiguo Testamento, dada la condición de los tiempos, no era maldad ni iniquidad, aunque se entienda en sentido propio, no figurado. Lo cual nadie lo intentará, a no ser el que, dominado por la concupiscencia, busca el apoyo de las Escrituras, con las que precisamente debiera ser combatida. Este desgraciado no entiende que aquellos hechos se refieren de este modo para que los hombres de buena esperanza vean la utilidad y conozcan que la costumbre vituperada por ellos puede tener un uso bueno y la que abrazan puede tenerlo condenable, si allí se atiende a la caridad y aquí a la concupiscencia de los que la usan.

27. Si conforme a aquel tiempo pudo alguno usar castamente de muchas mujeres, ahora puede otro usar libidinosamente de una. Yo apruebo mejor al que usa de la fecundidad de muchas por otro fin, que el que usa de la carne de una con liviandad. Allí se buscaba lo más útil conforme a las circunstancias de los tiempos, aquí se busca únicamente saciar la concupiscencia, enredada en los deleites temporales. También están en grado inferior para con Dios aquellos a quienes por condescendencia, permite el Apóstol el acto carnal con su propia mujer a causa de la intemperancia de ellos34, que los que teniendo muchas no intentaban en el comercio carnal otra cosa que la procreación de los hijos, a la manera que el sabio no busca en la comida y la bebida sino la salud corporal. De suerte que si estos hombres hubieran llegado a alcanzar en su vida la venida del Señor, siendo ya tiempo de recoger y no de esparcir las piedras35, inmediatamente se hubieran mutilado por el reino de los cielos; pues no hay dificultad en carecer de una cosa, si no es cuando existe el deseo de poseerla. Sabían muy bien aquellos hombres que entre los mismos cónyuges se da la lujuria por el abuso intemperante, como lo atestigua la oración que hizo Tobías a Dios cuando se unió con su esposa, pues dice: Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, y bendito es tu nombre por todos los siglos de los siglos. Bendígante el cielo y toda criatura. Tú hiciste a Adán y le diste a Eva como ayuda, y ahora tú sabes, Señor, que no recibo a mi pariente por mujer por motivo de lujuria, sino por lo mandado, para que tengas, Señor, misericordia de nosotros36.

CAPÍTULO XIX

Los malos juzgan que los demás son de la misma condición que ellos

28. Los que con desenfrenada sensualidad andan corriendo de adulterio en adulterio, o los que en el uso de su misma y única mujer no sólo exceden la medida conveniente para la procreación de los hijos, sino que acumulan con desvergüenza absoluta y desenfreno servil de no sé qué libertad torpezas de la inhumana intemperancia, éstos, digo, no creen que pudo haber sucedido que los antiguos varones usaran con tal templanza de varias mujeres, que observasen en aquel uso únicamente el deber según el tiempo de la propagación de la prole, y asimismo juzgan que lo que ellos, aprisionados con los lazos de la lascivia no cumplen con una sola mujer, en modo alguno era posible practicarlo con muchas.

29. Pero éstos también pudieran decir que no conviene honrar y alabar a los buenos y santos varones, puesto que ellos, al ser alabados y honrados, se hinchan de soberbia; y son tanto más codiciosos de vanísima gloria, cuanto con más frecuencia y abundancia sopla el viento suave de la lisonja; con lo cual se hacen tan leves, que la brisa de la fama, ya sople próspera o adversa, los precipita en la vorágine de las maldades o vicios, o los estrella contra las rocas de las iniquidades o crímenes. Vean, pues, cuan arduo y difícil es para ellos no dejarse llevar del cebo de la alabanza y no sentir el aguijón de las injurias; pero no midan por sí a los demás.

CAPÍTULO XX

Los buenos son semejantes en cualquiera clase de vida que lleven

Crean más bien que nuestros apóstoles, ni se hincharon al ser alabados por los hombres, ni se abatieron al ser despreciados. Y, ciertamente, ni una ni otra prueba les faltó a aquellos varones; pues fueron ensalzados con los elogios de los creyentes y difamados con los vituperios de los perseguidores. Luego como los apóstoles usaban, conforme a las circunstancias, de los elogios y de los vituperios y no se relajaron, así aquellos antiguos varones, ordenando el uso de las mujeres a la conveniencia de su tiempo, no eran dominados por la lascivia, a la cual sirven los que no creen estas cosas.

30. Asimismo, estos tales de ningún modo reprimirían su odio implacable contra los hijos, al saber que algún hijo solicitó o violó a sus mujeres o concubinas si les hubiera sucedido este hecho.

CAPÍTULO XXI

Aunque David cayó en adulterio, estuvo muy lejos de la incontinencia de los lascivos

Habiendo padecido el rey David este agravio de un hijo impío y cruel (Absalón), no sólo soportó a quien era cruel, sino que incluso lo lloró muerto37. Y es que no estaba enredado en los lazos de un celo carnal el que en modo alguno se conmovía ante su injuria, sino únicamente ante los pecados del hijo. Por eso había ordenado que no le quitasen la vida, si fuere vencido, a fin de que, domado por la derrota, tuviera lugar para el arrepentimiento, y al no lograr esto, no se dolió en la muerte por la ausencia de él, sino porque conocía las penas a las que sería arrebatada el alma tan impíamente adúltera y parricida. Lo cual se comprueba porque anteriormente por otro hijo inocente se afligió durante la enfermedad, pero al morir se alegró.

31. Señaladamente aparece la moderación y templanza con que aquellos varones usaban de las mujeres, en el hecho de que el mismo rey, llevado de cierto ardor de la edad y de la prosperidad de sus empresas temporales, habiendo caído con una y habiendo mandado dar muerte al marido de ella, fue reprendido por el profeta. El cual, habiendo venido a él para convencerle del pecado, le propuso la parábola del pobre que tenía una oveja y del vecino que tenía muchas, a quien acercándose un huésped amigo le presentó en la cena la única oveja de su pobre vecino más bien que una suya. Irritado David contra aquel hombre inicuo, le condena a pena de muerte y a dar cuatro ovejas al pobre, condenándose de este modo a sí mismo, sin advertirlo, el que a sabiendas había pecado. Tan pronto como el profeta le declaró su parábola y le anunció de parte de Dios el castigo, borró con su arrepentimiento el pecado38. Se ha de advertir que en esta parábola únicamente se hace notar el adulterio en la oveja robada del vecino pobre, mas no se reconvino a David en la parábola por la muerte del marido de la mujer, es decir, de aquel pobre matado dueño de la única oveja, para que la sentencia de su propia condenación recayese únicamente sobre el adulterio. De aquí se colige con cuánta templanza tuvo él muchas mujeres, ya que se vio obligado a castigarse a sí mismo por haberse propasado con una. Pero en este varón no fue cosa habitual sino pasajera la inmoderada pasión; por eso, aquel apetito ilícito fue denominado huésped por el profeta que le reprende; pues no dijo que el rico presentó en el banquete la oveja del vecino pobre a su rey, sino a su huésped. Al contrario, en su hijo Salomón esta pasión no estuvo de paso, como huésped, sino que como reina dominó su corazón, lo cual no lo calló la Escritura, pues le culpa de haber sido amador de mujeres39. Y aun cuando al principio tuvo ardientes deseos de la sabiduría40, la que consiguió por el amor espiritual, sin embargo, la perdió por el amor carnal.

CAPÍTULO XXII

Regla sobre los hechos que en la Escritura se alaban, los cuales hoy día son contrarios a las costumbres

32. Luego, aunque todos o casi todos los hechos que se relatan en el Antiguo Testamento han de entenderse no sólo en sentido propio, sino también figurado, sin embargo, aquellos hechos que el lector hubiera tomado en sentido propio, si son alabados los que los hicieron, pero no obstante disienten de las costumbres de los hombres buenos que guardan los divinos mandamientos después de la venida del Señor, encamine la figura a entender, pero no traslade el mismo hecho a las costumbres, porque muchas cosas hay que en aquel tiempo se hicieron por deber, las cuales no pueden actualmente ejecutarse sin liviandad.

CAPÍTULO XXIII

Regla de los textos en que se refieren pecados de los grandes hombres

33. Si topase el lector con algunos pecados de grandes varones, aunque pueda indagar y descubrir en ellos alguna figura de cosas futuras, sin embargo, tome el hecho a la letra, sacando de él el provecho de no atreverse a jactarse jamás de sus buenas acciones, y de no despreciar por su rectitud a los demás como pecadores, al ver a tan grandes varones envueltos en tempestades que deben ser evitadas, o en naufragios dignos de llorarse. Para esto se consignaron los pecados de aquellos hombres, para que en todo el mundo sea temida aquella sentencia apostólica que dice: El que juzgue estar firme vea no caiga41. Casi no hay página alguna en los Libros sagrados en la cual no resueneque Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes42.

CAPÍTULO XXIV

Ante todo se ha de considerar el género de locución

34. Así pues, lo que más nos interesa averiguar es si la locución que se desea entender es propia o figurada. Porque averiguando que tal locución es figurada, aplicadas las reglas que dejamos expuestas en el libro primero al tratar de las cosas, es fácil considerarla por todos los lados hasta llegar al verdadero sentido, sobre todo cuando el uso que hagamos de tales reglas va reforzado con el ejercicio de la piedad. Conoceremos, pues, si una locución es propia o figurada con sólo observar las reglas anteriormente expuestas.

CAPÍTULO XXV

La misma palabra no significa siempre lo mismo

Averiguado si una expresión es o no es figurada, se conocerá que las palabras que constituyen la locución han sido tomadas de cosas semejantes, o de cosas que tienen algún parecido.

35. Mas como las cosas pueden ser semejantes de distintas maneras, no juzguemos que es ley terminante que lo que una cosa significa en determinado pasaje, por semejanza, esto mismo lo ha de significar siempre. Así, pues, el Señor usó de la comparación de la levadura por vía de reproche al decir: Guardaos de la levadura de los fariseos43; y por alabanza cuando dijo: Semejante es el reino de los cielos a una mujer que esconde la levadura en tres medidas de harina, hasta que fermentó toda la masa44.

36. Esta consideración de diversas significaciones puede ser de dos formas. Cada cosa puede significar otra, o de modo contrario, o sólo diverso. De modo contrario, cuando la misma cosa se pone por semejanza, unas veces de bien, otras de mal, como en el ejemplo que acabamos de traer sobre la levadura. Igualmente sucede con la palabra «león», que designa a Cristo cuando se dice: Venció el león de la tribu de Judá45; y al diablo donde se escribe:Vuestro enemigo el diablo, como león rugiente, da vueltas buscando a quien devorar46. Asimismo, la palabra serpiente se halla también en buen sentido al decir sed astutos como las serpientes47; y en malo donde se lee: La serpiente con su astucia engañó a Eva48En buen sentido se dijo del pan: Yo soy el pan vivo que descendió del cielo49, y en malo: Comed alegremente los panes ocultos50; y así otras muchas sentencias. Todos estos pasajes citados no tienen significación dudosa porque, traídos por vía de ejemplo, no debieron ponerse sino con claridad. Pero hay otros que es incierto el sentido en que deban tomarse, como aquél: El cáliz de vino puro en la mano del Señor está lleno de mixtura51; es dudoso si esto significa la ira de Dios, no hasta el castigo postrero, es decir, hasta las heces; o más bien la gracia de las Escrituras que pasa de los judíos a los gentiles, pues dice que lo inclinó de una parte a la otra, quedándose entre los judíos las ceremonias que practican carnalmente, pues la hez de este cáliz no se apuró del todo. En cuanto a la diversidad de significaciones no contrarias sino diversas que puede tener una misma cosa, tenemos el ejemplo del agua, la cual unas veces significa el pueblo, como leemos en el Apocalipsis52; y otras el Espíritu Santo, y así dijo: Ríos de agua viva fluirán de su vientre53. Esto mismo se ha de decir de otros pasajes en los que el agua significa ya una cosa, ya otra.

37. También existen otras cosas que, consideradas no en compañía de otras, sino cada una de por sí, significan no sólo dos cosas diversas, sino muchas más algunas veces, según el lugar de la sentencia en que se hallen colocadas.

CAPÍTULO XXVI

Los lugares obscuros deben explicarse por otros más claros

En los pasajes más claros se ha de aprender el modo de entender los obscuros. El mejor modo de poder entender lo que se dice al Señor: Toma el escudo y las armas y ven en mi ayuda54, es aquel otro pasaje en que se lee: Señor, nos coronaste con el escudo de tu buena voluntad55. Sin embargo, no se ha de entender que dondequiera que leamos escudo, significando defensa, se ha de tomar por la buena voluntad de Dios, pues también está escrito: Tomad el escudo de la fe para que podáis apagar todas las saetas de fuego del enemigo56. Ni tampoco debemos atribuir únicamente a estas armas espirituales representadas en el escudo el significado de la fe, porque en otro lugar se habló de la coraza de la fe: Vestíos, dice el Apóstol, de la coraza de la fe y la caridad57.

CAPÍTULO XXVII

Nada prohibe entender el mismo lugar de varias maneras

38. Cuando de las mismas palabras de la Escritura se deducen, no uno, sino dos o más sentidos, aunque no se descubra cuál fue el del escritor, no hay peligro en adoptar cualesquiera de ellos, si puede mostrarse por otros lugares de las Santas Escrituras que todos convienen con la verdad. Sin embargo, el que investiga la palabra divina ponga todo su empeño en llegar a lo que quiso decir el autor, por quien el Espíritu Santo compuso aquella Escritura; ya lo consiga, o ya obtenga otro sentido de aquellas palabras que no se oponga a la pureza de la fe, teniendo un testimonio de cualquier otro lugar de la divina Escritura. Porque tal vez el autor, en aquellas palabras que pretendemos esclarecer, vio el mismo sentido que nosotros les damos; por lo menos es cierto que el Espíritu Santo, que las compuso por medio de él, previó sin lugar a duda ésta que había de ocurrírsele al lector o al oyente; es más, puesto que se halla fundada en la verdad, proveyó para que se le ocurriera. ¿Pues qué cosa pudo Dios proveer con más abundancia y liberalidad en las divinas letras que el hacer que unas mismas palabras se entiendan de modos distintos, los cuales son confirmados por otras no menos divinas palabras contestes de la Escritura?

CAPÍTULO XXVIII

El pasaje incierto se aclara mejor por otros lugares de la Escritura que por la luz del entendimiento

39. Cuando se deduce un sentido cuya certeza no puede aclararse por otros pasajes ciertos de las Santas Escrituras, queda el remedio de aclararlo con razones, aunque el autor, de quien pretendemos entender las palabras, quizá no les dio tal sentido. Este modo de proceder es peligroso, pues es más seguro caminar por las Escrituras divinas. Por lo tanto, cuando intentamos desentrañar los pasajes que se hallan obscuros por sus locuciones metafóricas, hay que investigar de suerte que el sentido sacado de allí no ofrezca controversia; y si la ofrece, debe zanjarse con testimonios hallados y aducidos procedentes de cualquiera parte de la misma Escritura.

CAPÍTULO XXIX

Necesidad de conocer las figuras o tropos

40. Sepan los hombres de letras que nuestros autores usaron de todos los modos de hablar a los que los gramáticos llaman con el nombre griego tropos; y los emplearon en mayor número y con más frecuencia que pueden pensar y creer los que no saludaron a nuestros autores y los aprendieron en otros escritos. Los que conocen los tropos los descubren en las Santas Escrituras, y el conocimiento de ellos les ayuda no poco para entenderlas. Pero ahora no conviene enseñarlos a los que no los conocen, para que no parezca que nos ponemos a enseñar la gramática. Aconsejo que se aprendan en otro lugar, como ya anteriormente lo amonesté en el libro segundo, cuando diserté sobre la necesidad de conocer las lenguas. Porque las letras, de quienes la gramática toma su nombre, ya que se llaman en griego grammata, son ciertamente signos de los sonidos que hacemos con voz articulada al hablar. De estos tropos no sólo se hallan ejemplos, como de todas las cosas, en los Libros divinos, sino que también se expresan los nombres de algunos, como alegoría, enigma, parábola. Aunque ciertamente casi todos estos tropos que se conocen, según dicen, por las artes liberales, también se hallan usados en las conversaciones de aquellos que jamás oyeron a los retóricos y se contentaron con la lengua que usa el vulgo. ¿Quién hay que no diga «así florezcas»? Pues esto es un tropo que se llama metáfora. ¿Quién no llama piscina a un estanque, aunque no tenga peces, ni se haya hecho para los peces, no obstante que recibió de ellos el nombre? Pues este tropo se llama catacresis.

41. Sería asunto muy largo proseguir de este modo exponiendo uno por uno todos los tropos; porque aun el lenguaje del vulgo llega hasta usar aquellos que son más de notar porque significan lo contrario de lo que suenan, como sucede con el tropo que se llama ironía o antífrasis. La ironía, por el tono, indica lo que quiere dar a entender, como cuando decimos a un hombre que obra mal «buena la has hecho». La antífrasis, para significar lo contrario, no se vale del tono de la voz, sino que o cuenta con palabras propias cuyo origen es de significación contraria, como se llama a la selva lucus (bosque) porque carece de luz; o se acostumbra a llamar a una cosa significando lo opuesto, aunque no se diga con palabras contrarias, como, por ejemplo, sucede cuando buscamos algo que en aquel sitio no hay, y se nos responde, abunda; o, finalmente, cuando añadiendo palabras, hacemos que se entienda lo contrario de lo que hablamos, por ejemplo cuando decimos cuidado con éste, porque es un buen hombre. ¿Qué rudo existe que no hable así, aunque ignore en absoluto qué son estos tropos y cómo se llaman? El conocimiento de ellos es necesario para resolver las ambigüedades de la Escritura; porque, si al tomar las palabras al pie de la letra el sentido es absurdo, se ha de indagar si aquello que no entendemos se dijo con este o con aquel otro tropo. De esta manera se han aclarado muchos pasajes que estaban obscuros.

CAPÍTULO XXX

Se examinan las siete reglas del donatista Ticonio

42. Un tal Ticonio, que a pesar de ser él donatista escribió infatigablemente contra los donatistas, y en esto demostró su extraña ceguera al no querer separarse por completo de ellos, compuso un libro que llamó de las «reglas», porque en él expuso ciertas siete reglas que son como las llaves con las que se abren los secretos de las divinas Escrituras. La primera que pone, la denomina «del Señor y su cuerpo»; la segunda, «del cuerpo del Señor dividido en dos»; la tercera, «de la ley y las promesas»; la cuarta, «de la especie y del género»; la quinta, «de los tiempos»; la sexta, «de la recapitulación»; la séptima, «del diablo y su cuerpo». Consideradas estas reglas como él las explica, ayudan no poco para penetrar los pasajes obscuros de la divina Palabra. Sin embargo, no todo lo que está escrito es fácil entenderlo con estas reglas, pero hay otros muchos medios los cuales, hasta tal punto no están comprendidos en este número siete, que el mismo Ticonio expone otros muchos pasajes obscuros sin recurrir a estas reglas, porque ciertamente no es necesario. Ocurre a veces que no se pregunta o se trata algo relacionado con ellas; así, él mismo, en el Apocalipsis de Juan, pregunta cómo debe entenderse lo de los ángeles de las siete Iglesias, a quienes se le mandó a San Juan escribir, y después de muchos razonamientos, concluye que por los ángeles debemos entender las Iglesias58. En cuya extensa disertación, para nada intervienen las reglas a pesar de que lo tratado allí es obscurísimo. Baste este ejemplo, pues recopilar todos los pasajes obscuros que se hallan en los libros canónicos, donde para aclararlos de nada valen las siete reglas, es trabajo demasiado largo y penoso.

43. Cuando Ticonio recomienda estas reglas, les atribuye tanta importancia como si todas las cosas obscuras que se hallan en la ley, es decir, en los Libros divinos, pudiéramos entenderlas conociendo y aplicando bien estas reglas, ya que comienza su libro diciendo: «Ante todo, juzgué necesario escribir el libro de las reglas como a mí me parecen, y fabricar como unas llaves y antorchas para descubrir los secretos de la ley. Hay ciertas reglas místicas que descubren los secretos de toda la ley y hacen patentes los tesoros de la verdad que para algunos estaban ocultos. Si la doctrina de estas reglas se aceptase sin envidias, como yo la comunico, todo lo que está clausurado se abrirá y lo obscuro quedará iluminado, de modo que si alguno camina por la inmensa selva de la profecía, conducido por estas reglas, como por sendas de luz, se librará del error». Si Ticonio hubiera dicho tan sólo: Existen algunas reglas místicas que obtienen la entrada a algunos senos ocultos de la ley o que, sin duda, penetran grandes secretos; pero lo que dice «a todos los secretos de la ley»; y si no hubiera dicho también «todo lo que está clausurado se abrirá», sino muchos pasajes clausurados se abrirán, hubiera dicho verdad, y no hubiera hecho concebir una falsa esperanza al lector y conocedor de su obra, dándole más importancia de la que pide el asunto, aunque es útil y bien trabajada. Juzgué que debía hacer esta advertencia para que lean este libro los estudiosos, ya que ayuda no poco al entendimiento de las Escrituras y para que no se espere de él más de lo que contiene. Sin embargo, se ha de leer con cautela no sólo porque como hombre erró en ciertas cosas, sino principalmente porque habla de otras como hereje donatista. Explicaré brevemente qué prevengan y enseñen estas siete reglas.

CAPÍTULO XXXI

Primera regla de Ticonio

44. La primera regla trata «del Señor y su cuerpo», en la cual se nos anuncia que conociendo que algunas veces se nos habla, como si fuese una sola persona la cabeza y el cuerpo, es decir, Cristo y la Iglesia, pues no en vano se dijo a los fieles sois descendencia de Abrahán59, siendo una sola la descendencia de Abrahán, es decir Cristo; no debe extrañarnos cuando en algún pasaje de la Escritura se pasa de la cabeza al cuerpo o del cuerpo a la cabeza, sin dejar de hablar de una y la misma persona. Así una misma persona es la que habla al decir: Como a esposo me adornó la cabeza con mitra, y como a esposa me engalanó con adornos60, y no obstante se ha de procurar entender qué de estas dos cosas convenga a la cabeza, y qué al cuerpo, es decir, qué a Cristo y qué a la Iglesia.

CAPÍTULO XXXII

Regla segunda de Ticonio

45. La segunda regla es «del doble cuerpo del Señor», la cual no debió llamarse de esta manera porque, a la verdad, no es cuerpo del Señor el que no ha de estar con Él para siempre. Más bien debió decirse «del cuerpo del Señor verdadero y mezclado, o del verdadero y fingido», u otra expresión parecida, porque no se ha de decir que los hipócritas están con Él, no ya eternamente, pues ni ahora lo están, aunque al parecer estén en su Iglesia. De ahí que esta regla pudiera llamarse de tal modo que se intitulase «de la Iglesia mezclada». Esta regla exige un atento lector, cuando la Escritura, hablando ya a otros, parece que habla a aquellos con quienes hablaba primero o parece que habla de los segundos, y habla de los primeros como si unos y otros fuesen un mismo cuerpo por la mezcla temporal y la común participación de sacramentos. A esto pertenece lo del Cantar de los Cantares: Soy morena y hermosa como las tiendas de Cedar, como los tapices de Salomón61. No dice fui morena como las tiendas de Cedar, y soy hermosa como los tapices de Salomón; sino que a la vez es lo uno y lo otro, por causa de la unidad que en el tiempo constituyen los peces buenos y malos dentro de unas mismas redes62. Las tiendas de Cedar pertenecen a Ismael, que no será heredero con el hijo de la libre63. Asimismo, después de haber hablado Dios de los escogidos lo siguiente: Llevaré a los ciegos por el camino que ignoran, y pisarán sendas que desconocen, y cambiaré sus tinieblas en luz, y los caminos torcidos en rectos: Cumpliré estas palabras y no los abandonaré, a seguida habla de la otra parte que tristemente está mezclada, y dice pero ellos no volverán atrás64, cuando en estas palabras se hallan indicados otros. Mas, como ahora están juntos, habla de los últimos como si hablara de los primeros; sin embargo, no siempre permanecerán mezclados. El mismo Ticonio es ciertamente aquel siervo mencionado en el Evangelio, a quien cuando venga el Señor le separará y le pondrá con los hipócritas65.

CAPÍTULO XXXIII

Tercera regla de Ticonio

46. La tercera regla trata de «las promesas y la ley», la que puede llamarse de otra manera, «del espíritu y de la letra», conforme la denominé yo en el libro que escribí sobre esta materia. Puede asimismo llamarse «de la gracia y del mandamiento». Esta me parece cuestión más importante que la regla que deba emplearse para resolver cuestiones. Los pelagianos, por no haber entendido esta cuestión o doctrina, inventaron su herejía o la acrecentaron. Ticonio trabajó muy bien por aclararla pero de modo incompleto, porque tratando de la fe y de las obras, nos dijo que las obras se dan por Dios debido al mérito de la fe, pero la misma fe es de tal modo nuestra que no la recibimos de Dios. No atendió, pues, a lo que dice el Apóstol: Paz a los hermanos y caridad junto con la fe de parte del Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo66. Pero Ticonio no conoció esta herejía que nació en nuestro tiempo, y que nos dio no poco que hacer al defender contra ella la gracia de Dios que se da por nuestro Señor Jesucristo. Y cumpliéndose lo que dice el Apóstol conviene que haya herejías para que se descubran entre vosotros los buenos67, nos hizo más despabilados y diligentes para advertir en las Santas Escrituras lo que a este Ticonio menos atento y cuidadoso, pues entonces no tenía enemigo, se le escapó; a saber, que también la fe es don de Aquel que reparte a cada uno la medida de ella68. En este sentido, dijo el Apóstol a algunos: A vosotros se os ha dado por Cristo, no sólo el creer en Él, sino también el que padezcáis por Él69. Luego, ¿quién dudará que lo uno y lo otro es don de Dios, si oye fielmente y con claridad que ambas cosas han sido donadas? Hay otros muchos testimonios con los que se prueba esta verdad, mas ahora no tratamos de ello; muchísimas veces hemos tratado en diferentes lugares.

CAPÍTULO XXXIV

Cuarta regla de Ticonio

47. La cuarta regla de Ticonio trata de «la especie y el género». La llama así queriendo que se entienda por especie la parte y por género el todo, del cual es parte la que denomina especie, así como cada ciudad es ciertamente parte del universo. Él llama especie a la ciudad, y a todas las gentes, género. Pero no se ha de aplicar aquí aquella sutil distinción que se enseña por los dialécticos, los cuales ingeniosísimamente disputan sobre la diferencia que existe entre la parte y la especie. Vale la misma regla cuando se encuentre en las palabras divinas algo parecido, no sólo de una ciudad, sino de cada provincia, nación o reino. Porque no sólo de Jerusalén, por ejemplo, o de una ciudad gentil, como de Tiro, de Babilonia o de otra cualquiera ciudad se dice en las Santas Escrituras algo más de lo que le conviene, lo cual convendría más bien al universo, sino también de la Judea, de Egipto, de Asiría y de cualquiera otra nación, en la cual existen muchas ciudades, mas no son todo el orbe sino partes de él, se dicen cosas que sobrepasan la medida y se adaptan más bien al universo, de quien es parte, o, como Ticonio dice, al género del cual es especie. De aquí que el vulgo ha llegado ya al conocimiento de esta palabra, especie y género; y así, hasta los rústicos entienden en cualquier precepto imperial qué se mandó de modo especial y qué general. Esto mismo acontece al tratar de los hombres, como se ve en las palabras que se dicen de Salomón excediendo sus límites; y más bien refiriéndolas a Cristo o a la Iglesia, de quien él es parte, se entienden con claridad.

48. No siempre se sobrepasa la especie, pues muchas veces se dicen tales cosas que a ella, o quizá únicamente a ella, pueden clarísimamente ser aplicadas. Pero cuando de la especie se pasa al género aparentando como si la Escritura siguiera hablando de la especie, tenga el lector la atención bien dispuesta y no busque en la especie lo que puede mejor y con mayor certeza encontrar en el género. Fácilmente se entiende aquello que dice el profeta a Ezequiel: La casa de Israel habitó en la tierra y la mancharon con sus procederes y con sus ídolos y pecados. Su conducta fue ante mis ojos como la inmundicia de la mujer con flujo de sangre. Yo derramé mi indignación sobre ellos, y los dispersé entre las naciones y los aventé por las regiones. Conforme a su conducta y a sus pecados los juzgué70. Fácilmente, repito, que esto se entiende de la casa de Israel de la cual dice el Apóstol: Mirad a Israel según la carne71, porque todas estas cosas las hizo y padeció el pueblo carnal de Israel. Las otras que siguen también se comprende que convienen al mismo pueblo; pero cuando el profeta comienza a decir: Y santificaré mi nombre santo y grande, que fue mancillado entre las naciones, que mancillasteis vosotros en medio de ellas, y sabrán las gentes que yo soy el Señor, ya debe atender el lector cómo de la especie se pasa al género; pues sigue y dice el profeta: Cuando yo haya sido santificado entre vosotros ante los ojos de ellos, os recogeré de entre las naciones y os congregaré de todas las tierras y os introduciré en vuestra tierra, y os rociaré con agua limpia y seréis purificados de todos los ídolos y os limpiaré. Y os daré un corazón nuevo, y un espíritu nuevo os infundiré. Y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne e infundiré en vosotros mi espíritu. Y haré que caminéis en mis justicias y que guardéis y cumpláis mis decretos y habitaréis la tierra que di a vuestros padres, y seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios y os limpiaré de todas vuestras inmundicias72. Todo esto se profetizó del Nuevo Testamento (al cual no sólo pertenece una porción de aquel pueblo en sus reliquias, de la que se dijo en otro lugar si el número de los hijos de Israel fuera como las arenas del mar, las reliquias se salvarán73, sino también todas las demás naciones que fueron prometidas a sus padres, los cuales también son nuestros), no lo dudará quien considere que se prometió aquí el bautismo de la regeneración, el cual vemos ahora concedido a todas las naciones; y asimismo, no olvide lo que dice el Apóstol al encarecer cuánto sobresale la gracia del Nuevo Testamento en comparación de la del Viejo; vosotros, dice, sois nuestra carta, escrita no con tinta, sino con el espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón74A primera vista se conoce que estas palabras del Apóstol están sacadas de donde el profeta dice: Y os daré a vosotros un corazón nuevo, y un nuevo espíritu; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. El corazón de carne de que habla el profeta, de donde tomó el Apóstol su expresión tablas de carne del corazón, se distingue de corazón de piedra por tener vida sensitiva; y por esta vida sensitiva se da a entender la vida intelectiva. De este modo se forma el Israel espiritual, no de una nación, sino de todas las naciones que fueron prometidas a sus padres en aquel que había de descender de ellos, que es Cristo.

49. Este Israel espiritual se distingue de aquel otro Israel carnal formado de una nación por la novedad de la gracia, no por la nobleza de la patria; y por la mente, mas no por la gente. Cuando el profeta, con elevado espíritu, habla de aquel o a aquel viejo Israel, insensiblemente pasa a este nuevo, y cuando ya está hablando de éste o a éste, parece que continúa hablando de aquél o con aquél. Esto no lo hace como enemigo envidioso y hostil que se opone al entendimiento de la Escritura, sino para ejercitar saludablemente el nuestro. Por lo tanto, aquello que dice y os introduciré en vuestra tierra, y lo que poco después como repitiendo añade y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, no lo debemos tomar carnalmente como el Israel carnal, sino espiritualmente como el espiritual. La Iglesia sin mancha ni arruga75 compuesta de todas las gentes, y que ha de reinar eternamente con Cristo, es la tierra de los bienaventurados, la tierra de los que viven76, y es la que debemos entender que fue dada a los padres cuando les fue prometida por la infalible e inmutable voluntad de Dios, pues por la misma firmeza de la promesa y predestinación estaba ya dada, la que se creía por los Patriarcas que a su tiempo había de dárseles. Igual modo de hablar emplea el Apóstol escribiendo a Timoteo sobre la gracia que se da a los santos, pues dice: Dios nos llamó, no según nuestras obras, sino según su propósito y gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús antes de los siglos eternos y ahora se manifestó por la venida de nuestro Salvador77. Dada fue la gracia, dice el Apóstol, cuando aún no existían a quienes se había de dar, porque, en la disposición y predestinación de Dios, ya estaba hecho lo que en su tiempo había de hacerse, a lo cual llama el Apóstol manifestarse. Aunque estas palabras pudieran entenderse de la tierra del siglo futuro cuando habrá un cielo nuevo y una tierra nueva78, en la cual no podrán habitar los injustos. Y por eso se dice a los justos que ésta es la tierra de ellos, pues los impíos de ningún modo tendrán parte en ella, porque esta misma tierra fue dada igualmente cuando se firmó que había de darse.

CAPÍTULO XXXV

Regla quinta de Ticonio

50. A la quinta regla que establece Ticonio la llama «de los tiempos»; con ella podrá muchas veces hallarse, o a lo menos conjeturarse, la cantidad del tiempo que se halla oculta en los Libros santos. De dos modos, dice, se aplica esta regla: O con la figura sinécdoque o con los números legítimos. Por el tropo sinécdoque, se toma el todo por la parte o la parte por el todo. Así un evangelista dice que sucedió después de ocho días lo que otro dice después de seis días, cuando en el monte el rostro del Señor resplandeció como el sol y sus vestidos se trocaron blancos como la nieve79 ante la presencia de sólo tres de sus discípulos. Las dos cosas que se dijeron del número de días no pueden ser verdaderas, a no ser que el que dijo «después de ocho días» tomara la parte última del día en que Cristo predijo que había de cumplirse este hecho y la parte primera del día que tuvo lugar, por dos días completos e íntegros. Y el que dijo «después de seis días» no contó más que los días enteros que mediaron entre los dos incompletos. Por este modo de hablar en que la parte se toma por el todo, se resuelve también la cuestión de la resurrección del Señor. Porque, a no ser que la última parte del día en que padeció se tome por día completo, es decir, añadiéndole la noche pasada, y si la noche en cuya última parte resucitó no se toma por un día entero juntamente con la mañana del día dominical, no pueden darse los tres días y noches que predijo había de estar en el corazón de la tierra80.

51. Números legítimos llama Ticonio a los que la divina Escritura recomienda de un modo más señalado, como el siete, el diez, el doce, y otros que los estudiosos fácilmente reconocen leyendo. Esta clase de números muchas veces se pone para significar un tiempo indefinido, como te alabaré siete veces al día81, y no es más que lo que se dice en otro lugar: Su alabanza estará siempre en mi boca82. Lo mismo valen cuando se multiplican, ya sea por diez, como setenta y setecientos; y así los setenta años de Jeremías83 pueden tomarse espiritualmente por todo el tiempo en que la Iglesia vive entre extraños; ora por sí mismos, como diez por diez, los que son ciento; o doce por doce, ciento cuarenta y cuatro, por cuyo número se significa en el Apocalipsis la universidad de los santos84. De donde se infiere, que no sólo se han de resolver con estos números las cuestiones de tiempos, sino que sus significaciones tienen más amplitud y se ramifican en muchos sentidos. Así este número en el Apocalipsis no se refiere a los tiempos, sino a los hombres.

CAPÍTULO XXXVI

Regla sexta de Ticonio

52. A la sexta regla hallada con bastante ingenio en la oscuridad de las Escrituras la llama Ticonio «recapitulación». Algunas cosas se exponen de tal suerte como si siguieran en el orden del tiempo (a las anteriores), o se narran como continuación de hechos, cuando sin duda la narración ocultamente se refiere a sucesos anteriores que fueron silenciados. Si por esta regla no se repara en ello, se cae en algún error. Así en el Génesis donde se dice: Y plantó el Señor Dios el paraíso en el Edén hacia el oriente, y puso en él al hombre a quien había formado; y produjo Dios aún de la tierra todo árbol hermoso y bueno para comer; de tal manera parece se dijo esto como si ello hubiera sido hecho después de haber puesto Dios al hombre en el paraíso, siendo así que conmemorados brevemente ambos hechos, esto es, que Dios plantó el paraíso y que puso en él al hombre a quien formó, vuelve atrás y recapitulando dice lo que había omitido, a saber, cómo fue plantado el paraíso, produciendo Dios de la tierra todo árbol hermoso y bueno para comer. Después, siguiendo ya el relato añade: Que el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal estaban en medio del paraíso. Luego explica que el río con el que se regaba el paraíso estaba dividido en cuatro fuentes, origen de cuatro ríos; todo lo cual pertenece a la formación del paraíso. Terminada esta narración, repitió lo que ya había dicho y que realmente seguía a esto, diciendo: Y tomó el Señor Dios al hombre a quien formó, y le colocó en el paraíso85, etc. El hombre fue colocado allí después de haber sido hechas todas estas cosas, conforme lo demuestra ahora el orden mismo; y no después de haber sido allí puesto el hombre se hicieron las restantes cosas, como se podría juzgar por lo dicho anteriormente, si no se tuviera cuidado de entender allí una recapitulación por la cual se vuelve a las cosas que antes habían sido omitidas.

53. También en el mismo libro, cuando se conmemoran las generaciones de los hijos de Noé, se dijo: Éstos son los hijos de Cam, por sus tribus, según sus lenguas, sus comarcas y sus naciones. Enumerados igualmente los hijos de Sem, se dice: Éstos son los hijos de Sem, por sus tribus, según sus lenguas, sus comarcas y sus naciones. Y a continuación se añade de todos: Éstas son las tribus de los hijos de Noé según sus generaciones y según sus naciones. De éstas se dispersaron las islas de naciones sobre la tierra después del diluvio. Y toda la tierra tenía un solo labio y todos tenían una sola voz86. Esto último que se añadió y toda la tierra tenía un solo labio y todos tenían una sola voz, es decir, un lenguaje era el de todos, parece que se dijo como si ya en aquel tiempo en que habían sido dispersados por la tierra, formando grupos de naciones, tuvieran todos una lengua común; lo cual sin duda se opone a las palabras anteriores por las que se dijo: Por tribus, según las lenguas. Porque no se diría que tenían ya su lengua propia todas las tribus de las cuales se habían formado las diferentes naciones, si había sólo una lengua común para todos. Por esto recapitulando se dijo: Y toda la tierra era de un solo labio, y todos tenían una sola voz, volviendo disimuladamente la narración a tomar el asunto de atrás para decirnos cómo sucedió que, de una lengua común, se formaron diversas naciones con distintas lenguas. A continuación se relata la edificación de la torre aquella donde, por el juicio de Dios, se impuso esta pena a la soberbia, después de cuyo hecho se dividieron por toda la tierra según sus lenguas.

54. Esta recopilación se hace otras veces más obscuramente, como cuando en el Evangelio dice el Señor: El día en que salió Lot de Sodoma llovió fuego del cielo y abrasó a todos: Conforme a esto, será el día en que se manifestará el Hijo del Hombre. En aquella hora, el que estuviere en el tejado y tuviere sus muebles en casa, no baje a tomarlos; el que se halle en el campo, igualmente no vuelva hacia atrás. Acuérdese de la mujer de Lot87. ¿Acaso cuando se manifieste el Señor se habrán de observar estos preceptos de no volver la vista hacia atrás, es decir, de no mirar a la vida pasada a la cual renunció? Esto más bien se refiere al tiempo presente para que, cuando se manifieste el Señor, reciba cada uno el pago debido a las leyes que observó o despreció. Sin embargo, como se dijo en aquella hora, pudiera pensarse, si la atención del lector no está vigilante para entender la recapitulación ayudándole otro pasaje de la Escritura que desde el tiempo de los Apóstoles gritó: Hijos míos, ésta es la hora postrera88, que han de observarse estos preceptos al tiempo de la manifestación del Señor. Luego el tiempo mismo en el que predica el Evangelio hasta que el Señor se manifieste, es la hora en la cual conviene observar estas cosas, porque la misma manifestación del Señor pertenece a la hora que terminará en el día del juicio89.

CAPÍTULO XXXVII

Séptima regla de Ticonio

55. La séptima y última regla de Ticonio es la que llama «del diablo y su cuerpo». Porque él es la cabeza de los impíos, que han de ir con él al suplicio del fuego eterno90, los cuales son en cierto modo su cuerpo, como Cristo es la cabeza de la Iglesia, la que es cuerpo suyo que ha de ir con Él a su reino y gloria eterna91. Así como en la primera regla que llama «del Señor y su cuerpo», hay que estar con cuidado para entender, cuando la Escritura habla de una y la misma persona, qué sea lo que convenga a la cabeza y qué al cuerpo; al parigual en esta última regla, porque algunas veces se atribuye al diablo lo que no le conviene a él mismo, sino más bien a su cuerpo, que no son únicamente los que con evidencia están fuera de la Iglesia, sino también aquellos que, aunque le pertenecen, sin embargo temporalmente están mezclados en la Iglesia, hasta que cada uno muera y el bieldo postrero separe el grano y la paja92. Lo que se dice en Isaías: Cómo cayó el lucero naciente de la mañana93 y las demás cosas que bajo la figura del rey de Babilonia se dicen sobre la misma persona o a la misma persona en la composición de aquel discurso, se entiende claramente como dicho del diablo. Sin embargo, lo que allí mismo se dice: El que envía embajadas a todas las naciones pulverizado fue sobre la tierra, no todo conviene a la cabeza. Porque, aunque envíe el diablo sus ángeles a todas las naciones, no obstante su cuerpo es el pulverizado sobre la tierra, no el mismo diablo, a no ser en cuanto que él está en su cuerpo, el cual triturado, se hace como polvo a quien esparce sobre la superficie de la tierra94.

56. Todas estas reglas, menos una, la llamada «de la ley y las promesas», sirven para que se entienda de una cosa otra distinta, lo cual es propio de la expresión trópica, la que, a mi ver, se extiende más de lo que puede encerrarse en una regla general. Porque en cualquiera parte donde se diga algo para que se entienda otra cosa distinta de lo dicho, hay locución trópica, aunque no aparezca el nombre de este tropo en el arte de hablar o la retórica. Si este tropo se practica donde suele practicarse, fácilmente se entiende la sentencia, pero cuando se halla donde no suele encontrarse, cuesta trabajo entenderle, a unos más a otros menos, según sean mayores o menores los dones dados por Dios al ingenio de los hombres o los auxilios concedidos. Por lo cual, tanto en las palabras propias, de que arriba hemos tratado, donde se habían de entender las cosas como se decían, como en las palabras metafóricas que constituyen las expresiones trópicas, en las que de una cosa ha de entenderse otra, de las cuales hemos tratado hasta ahora cuanto nos ha parecido suficiente, hemos de advertir a los estudiosos de los Libros santos que no sólo conozcan los géneros de locuciones de la Escritura, y adviertan con cuidado de qué manera suele hablar, y lo retengan de memoria, sino también, y esto es lo principal y lo más necesario, que oren para que entiendan. En estos libros, a cuyo estudio se dedican, podrán leer que el Señor da la sabiduría y de su rostro procede la ciencia y el entendimiento95, de quien también recibieron ese mismo deseo de saber, si es que está acompañado de piedad. Pero basta ya con lo dicho de los signos que se refieren a las palabras. Nos queda ahora disertar en el siguiente volumen lo que el Señor tuviera a bien concedernos sobre el modo de expresar lo que sentimos.

SOBRE LA DOCTRINA CRISTIANA

Traducción: Balbino Martín Pérez, OSA

LIBRO IV

CAPÍTULO I

No intenta dar preceptos retóricos

1. Esta obra nuestra que lleva el título de Doctrina Cristiana, desde el comienzo la dividí en dos partes. Por eso después del prólogo en que respondí a los que podrían censurar esta mi obra, dije: «Dos son las cosas en que se funda todo estudio de las Escrituras: El modo de hallar las cosas que se han de entender y el modo de exponer las ya entendidas. Primero trataremos del modo de encontrarlas; después del modo de exponerlas». Como hemos dicho muchas cosas sobre la invención y hemos completado tres volúmenes en la primera parte acerca de este asunto, trataremos, con la ayuda del Señor, más concisamente sobre la exposición, a fin de que, si pudiera ser, se reduzca a un solo libro, y la obra entera a cuatro volúmenes.

2. Lo primero que prevengo en este prólogo a mis lectores, los que quizá piensen que he de darles los preceptos retóricos que aprendí y enseñé en las escuelas del siglo, es que no esperen de mí tal cosa, no porque no tengan alguna utilidad, sino porque, si la tienen, deben aprenderse aparte. Si por casualidad a algún buen hombre le sobra tiempo para aprenderlas, no debe requerírmelas ni en ésta ni en otra obra mía.

CAPÍTULO II

Es conveniente que el orador cristiano use la retórica

3. Como por el arte de la retórica se persuade la verdad y la mentira, ¿quién se atreverá a decir que la verdad debe hallarse inerme en sus defensores contra la mentira, y que, por tanto, los que intentan persuadir falsedades deben saber en el exordio de la oración hacer al oyente benévolo, atento y dócil; y los que exponen la verdad han de ignorarlo? ¿Quién dirá que los que inculcan la mentira han de saber exponerla con brevedad, claridad, verosimilitud, y los otros que cuentan las verdades de tal modo lo han de hacer que produzca hastío el escucharlas, trabajo el entenderlas y por fin repugnancia el adoptarlas? ¿Quien dirá que aquéllos han de rebatir la verdad con falsos argumentos y afianzar la mentira, y éstos no podrán defender la verdad ni refutar los errores? ¿Quién dirá que aquéllos, al hablar moviendo y empujando al error los ánimos de los oyentes, los han de aterrar, contristar, alegrar y exhortar con ardor y éstos, defendiendo la verdad, han de dormitar con languidez y frialdad? ¿Quién será tan insensato que así sienta? Ocupando un puesto medio el arte del discurso y sirviendo en gran manera para persuadir las cosas buenas o las malas, ¿por qué los buenos no se dedican a conseguirle para que sirva a la virtud, cuando los malos le emplean en uso de la iniquidad y del error para defender vanas y perversas causas?

CAPÍTULO III

En qué edad y por qué medio pueden aprenderse los preceptos de la retórica

4. Sin embargo, todas las reglas y observancias que sobre este asunto prescribe la retórica, a las cuales, si se añade el hábito diligentísimo de explicarse con abundancia de voces escogidas y de adornos de palabras, constituyen aquella que se llama facundia o elocuencia, han de aprenderlas aquellos que puedan aprender con brevedad, fuera de esta obra mía, en edad apta y competente y escogiendo para ello el espacio de tiempo conveniente. Pues los mismos príncipes de la elocuencia romana no dudaron afirmar que quien no puede aprender este arte con prontitud, jamás lo aprenderá perfectamente1. Que sea verdad esto no tenemos necesidad de averiguarlo. Pues, aunque también puedan aprender después de tiempo estas reglas los más tardos de ingenio, sin embargo, no las tenemos en tanto que queramos malgastar en aprenderlas la edad madura y grave de los hombres. Basta que éste sea el cuidado de los jóvenes, mas no de todos los que deseamos instruir para provecho de la Iglesia, sino de aquellos que todavía no están ocupados en cosa que siendo más urgente se deba anteponer sin duda a ésta. Porque si hay ingenio agudo y entusiasta, más fácilmente se consigue la elocuencia leyendo y oyendo a los que hablan elocuentemente, que siguiendo los preceptos de la elocuencia. No deja de haber escritos eclesiásticos, aun fuera del canon, colocados saludablemente en la atalaya de la autoridad, que leyéndolos un hombre capaz, aunque él no lo procure, sino sólo con estar atento a las cosas que allí lee se irá imbuyendo, mientras se entretiene en su lectura, en el estilo con que están escritas, y sobre todo si se junta a esto el ejercicio de escribir, o de dictar, o finalmente de recitar lo que siente según la norma de la piedad y de la fe. Si falta un tal ingenio, ni se aprenderán aquellos preceptos retóricos, ni aprovecharán para nada si después de grandes y machacones trabajos llegan a entenderse en algo. Pues también de los mismos que los aprendieron y que hablan copiosa y elegantemente, no todos cuando hablan pueden pensar en los preceptos, para hablar conforme a ellos, a no ser que traten de los mismos; aún más, creo que apenas habrá alguno de ellos que al mismo tiempo sea capaz de hablar bien y de pensar mientras habla en aquellos preceptos que es menester observar para hablar bien. Se ha de pensar evitar que escapen de la memoria las cosas que han de decirse por atender a decirlas con arte. Sin embargo, en los discursos y charlas de los oradores, se hallan empleadas las reglas de la elocuencia, de las cuales ni se acordaron para hablar, ni cuando hablaban, ya las hubieran aprendido, ya ni siquiera las hubieran saludado. Puesto que las observan porque son elocuentes, no es que las empleen para serlo.

5. Si los infantes no aprenden a hablar a no ser oyendo a los que hablan, ¿por qué no podrán hacerse elocuentes los hombres sin enseñarles arte alguna de elocuencia, sino leyendo, oyendo y, en cuanto sea posible, imitando el estilo de los elocuentes? La experiencia nos dice en repetidos ejemplos que ello es así. Conocemos a muchos que, sin aprender preceptos retóricos, son más elocuentes que otros muchísimos que los han estudiado. Sin embargo, a nadie hemos visto que sin leer ni oír las oraciones y discursos de los elocuentes haya llegado él a serlo. Tampoco necesitarían los niños el arte de la gramática en la que se enseña la integridad de las expresiones, si pudieran vivir y crecer entre hombres que hablan con propiedad. Ya que, ignorando hasta los nombres de los vicios del lenguaje, corregirían y evitarían por su buena costumbre de hablar lo que de vicioso oyesen de los labios de alguno que habla; al modo que los campesinos son corregidos por los que viven en la ciudad, aunque éstos ignoren las letras.

CAPÍTULO IV

Oficio del doctor cristiano

6. El doctor y expositor de las Escrituras divinas, como defensor que es de la fe y debelador del error, debe enseñar lo bueno y desenseñar lo malo, y asimismo mediante el discurso, apaciguar a los contrarios, alentar a los tibios y enunciar a los ignorantes de qué se trata y qué deben esperar. Después que haya hecho o hallado a sus oyentes benévolos, atentos y dóciles, habrá de llevar a cabo el asunto conforme lo pidiere la causa. Si los oyentes que escuchan deben ser enseñados, dado caso que lo necesiten, ha de hacerse por medio de la narración, a fin de dar a conocer el asunto de que se trata. Mas para que lo dudoso se haga cierto, se ha de reaccionar aduciendo pruebas. Pero si los oyentes deben ser excitados más bien que enseñados, a fin de que no sean remisos en cumplir lo que ya saben y presten asentimiento a las cosas que confiesan verdaderas, entonces se requieren mayores arrestos de elocuencia. Aquí son necesarios los ruegos y las súplicas, las reprensiones y amenazas y todos los demás recursos que sirven para conmover los ánimos.

7. Casi todos los hombres, en los asuntos que ventilan de palabra, no se cansan de poner en práctica todas estas cosas que acabo de decir.

CAPÍTULO V

Interesa que el orador cristiano hable más sabia que elocuentemente. Cómo podrá conseguir esto

Pero como algunos lo hacen con rudeza, con tosquedad y frialdad, y otros aguda, elegante y vehementemente, resulta que conviene que afronte el cargo de la predicación, de que ahora tratamos, para que aproveche al auditor, el que pueda hablar y razonar sabiamente, aun cuando no lo sepa hacer con elocuencia y aproveche menos que si lo pudiera hacer con ella. El orador que deja fluir de sus labios una necia elocuencia tanto más debe evitarse cuanto más se deleita el oyente en las cosas inútiles que de él oye, pues como le oyen hablar con elegancia, juzgan que también dice verdad. Éste pensamiento no escapó de la mente de aquellos que juzgaron debía ser enseñado el arte de la retórica, pues declararon que la sabiduría sin elocuencia aprovecha poco a los Estados; la elocuencia sin la sabiduría las más de las veces daña, y nunca aprovecha2. Luego si los mismos que enseñaron los preceptos de la retórica, instigados por la verdad, se vieron obligados a confesar esto en los mismos libros que escribieron sobre la elocuencia, a pesar de no conocer la verdadera sabiduría, es decir, la celeste que desciende del Padre de las luces, ¿cuánto más lo debemos confesar nosotros que somos hijos y ministros de tal sabiduría? Tanto más o menos sabiamente habla un hombre cuanto más o menos hubiere aprovechado en las Santas Escrituras. No digo en tenerlas muy leídas y en saberlas de memoria, sino en calar bien su esencia y en indagar con ahínco sus sentidos. Porque hay algunos que las leen y las descuidan; las leen para retenerlas de memoria, y descuidan entenderlas. A los cuales sin duda deben preferirse los que no tienen tan en la memoria sus palabras, pero ven el corazón de ellas con los ojos de su espíritu. Pero mejor que ambos es aquel que cuando quiere las expone y las entiende a perfección.

8. A éste, pues, que está obligado a decir con sabiduría lo que no puede expresar con elocuencia, le es en sumo grado necesario retener las palabras de las Escrituras, porque, cuanto mas pobre se ve en las suyas, tanto más debe enriquecerse en aquéllas, a fin de que lo que dijere con las propias lo pruebe con aquéllas, y así el que era pequeño con las propias crezca en cierto modo con el testimonio de las grandes. Deleitará probando el que no puede deleitar diciendo. Ahora bien, el que quiera hablar no sólo con sabiduría, sino también con elocuencia, y hará sin duda más provecho si pudiera adunar una y otra cosa, con más gusto le remito a que lea, oiga o imite con el ejercicio a los elocuentes, que le mande entregarse a profesores de elocuencia, con tal que los autores que se lean o se oigan sean alabados con motivo verdadero de que hablaron o hablan no sólo elocuente, sino sabiamente. Los que hablan con elocuencia son oídos con gusto. Los que hablan sabiamente, con provecho. Por eso no dice la Escritura que la multitud de los elocuentes, sino que la multitud de los sabios es la salud del universo3. Pues así como muchas veces deben tomarse las cosas amargas por ser saludables, así también siempre debe evitarse lo dulce que es pernicioso. ¿Y qué cosa mejor que una saludable suavidad o una suave salubridad? En este caso, cuanto más se apetece la suavidad, tanto más fácilmente aprovecha la salubridad. Hay varones eclesiásticos que trataron las palabras divinas no sólo sabia sino también elocuentemente, y para leerlos, antes faltará tiempo que pueden faltar sus escritos a los estudiosos y dedicados a ellos.

CAPÍTULO VI

En los autores sagrados se halla la sabiduría junto con la elocuencia

9. Ahora tal vez pregunte alguno si nuestros autores, cuyos escritos divinamente inspirados componen nuestro canon de provechosísima autoridad, han de ser llamados solamente sabios o también elocuentes. Fácilmente se descubre esta cuestión por lo que a mí toca y a los que conmigo sienten lo que digo. Donde les entiendo, me parece que no sólo no puede darse otra cosa más sabia, sino ni más elocuente. Y me atrevo a decir que todos los que entiendan bien lo que ellos dicen, al mismo tiempo entienden que no debieron haber hablado de otro modo. Pues, así como hay cierta elocuencia que es más propia de la edad juvenil y otra que conviene a la senil, y no puede llamarse con tal nombre si no corresponde al orador, así también hay una elocuencia que conviene a estos hombres dignísimos de suma autoridad y profundamente divinos. Con esta elocuencia hablaron aquellos autores sagrados, y ni a ellos convenía otra, ni a otros convenía ésta. A ellos les viene exactamente; a los otros, cuanto más baja les parece, tanto ella es más alta, no por la inflación de sus palabras, sino por la solidez de su sustancia. Donde no los entiendo, ciertamente me parece menor su elocuencia; sin embargo, no dudo que ella es tal, cual es donde los entiendo. Esa misma obscuridad de los dichos saludables y divinos debía mezclarse con tal elocuencia con el fin de que nuestro entendimiento no sólo aprovechase con la invención, sino también con el ejercicio.

10. Bien pudiera, si tuviese tiempo, hacer ver a los que anteponen su lenguaje al de nuestros autores no por su grandeza, sino por la hinchazón, que todas las gracias y adornos de la elocuencia de los que se jactan se hallan en los escritos sagrados de estos que la divina Providencia destinó para nuestra enseñanza y para conducirnos de este depravado siglo al siglo bienaventurado. Pero lo que en esta elocuencia me deleita más de lo que puede ponderarse, no es lo que tienen de común nuestros autores con los oradores y poetas gentiles; lo que más me aturde y maravilla es que de tal modo usaron de la elocuencia nuestra, moldeándola con otra cierta y propia suya, que ni faltó en ellos ni tampoco descolló; pues no era conveniente que desaprobasen la mundana ni que hicieran ostentación de ella; y hubiera sucedido lo primero si la hubieran evitado, y pudiera pensarse lo segundo si se hubiera visto fácilmente en sus escritos. En los pasajes en que los doctos la descubren, se dicen tales cosas que las palabras con que se dicen no parecen empleadas por el que las dice, sino como naturalmente unidas a las cosas, como si se nos quisiera dar a entender que la sabiduría sale de su misma casa, es decir, del corazón del sabio, y que la elocuencia, como criada inseparable, la sigue aun sin ser llamada.

CAPÍTULO VII

Enseña bellamente, con ejemplos de la Escritura, que a la sabiduría acompaña, como compañera inseparable, su hermana la elocuencia

11. ¿Quién no verá lo que quiso decir el Apóstol, y cuán sabiamente lo dijo al escribir: Nos gloriamos en las tribulaciones sabiendo que la tribulación labra la paciencia, la paciencia la prueba, la prueba la esperanza, y la esperanza no nos engaña porque el amor de Dios se difundió en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado?4 Si alguno, por decirlo así, indoctamente docto, se empeña en sostener que el Apóstol siguió en este lugar las reglas del arte de la elocuencia, ¿no sería la irrisión de los cristianos doctos e indoctos? Y, sin embargo, aquí tenemos la figura que los griegos llaman klimax y en latín se denomina «gradación», porque algunos no quisieron denominarla «escalera», siendo así que consiste en conectar las palabras o sentencias de tal modo, que se van trabando unas con otras, como vemos que sucede aquí, pues enlaza con la tribulación la paciencia, con la paciencia la prueba y con la prueba la esperanza. Se nota aquí además otro adorno, que consiste en que, después de haber sido pronunciadas cada una de las frases o sentencias separadamente, lo que los latinos llaman miembros o incisos y los griegos kola o kommata, sigue el «circuito» o cláusula, que los griegos llamar periodon período, cuyos miembros los suspende el orador hasta cerrar el período con el último; así aquí, el primer miembro de los que preceden al período es la tribulación labra la paciencia; el segundo, la paciencia obra la prueba; y el tercero, la prueba, la esperanza. A continuación sigue el período que contiene otros tres miembros, de los cuales el primero es la esperanza no nos engaña; el segundo porque el amor de Dios se ha difundido en nuestros corazones; y el tercero por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. Todas estas cosas y otras por el estilo se enseñan en el arte de hablar. Pues bien, así como no decimos que el Apóstol siguió los preceptos retóricos, tampoco negamos que la elocuencia siguió a la sabiduría.

12. Escribiendo a los corintios, en la carta segunda reprende a ciertos pseudoapóstoles judíos que murmuraban de él; y al verse precisado a hacer su elogio, se atribuye a sí mismo esta como ignorancia. ¡Pero cuán sabia y cuán elocuentemente lo dice!; le acompaña la sabiduría y le guía la elocuencia; sigue a aquélla, precede a ésta, y siguiéndole ésta no la desprecia; pues dice: Os vuelvo a decir que ninguno me tenga por necio, sino que, aunque sea como necio, toleradme que yo también me gloríe un poquito. Lo que digo (ahora) no lo digo según el Señor, sino como en fatuidad en este asunto de gloriarme. Muchos ciertamente se glorían según la carne, yo también me gloriaré. Porque sufrís de buena gana a los fatuos, siendo vosotros cuerdos. Porque toleráis si alguno os reduce a servidumbre, si alguno os devora, si alguno toma (lo vuestro), si alguno se engríe; si alguno os hiere en el rostro. Por deshonra lo digo, como si nosotros hubiéramos sido débiles. A lo que alguien se atreva, con fatuidad lo digo, también yo me atrevo. ¿Son hebreos?, también yo lo soy. ¿Son israelitas?, también yo. ¿Son del linaje de Abraham?, yo también. ¿Son ministros de Cristo?, como necio hablo, yo por encima. En trabajos los excedo muchísimo, en cárceles mucho más, en recibir golpes muchísimo más, en peligros de muerte muchas veces. Por cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en lo profundo del mar. Muchas veces en caminos (he tenido) peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi linaje, peligros de los gentiles; peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre los falsos hermanos. He pasado por toda suerte de trabajos y miserias, por vigilias frecuentes, por hambre y sed, por no tener que comer muchas veces, por frío y por desnudez. Y aparte de estas cosas exteriores, el combate diario sobre mí, el cuidado de todas las Iglesias. ¿Quién no enferma que yo no me enferme? ¿Quién se escandaliza que yo no me abrase? Si conviene gloriarme en estas cosas que pertenecen a mi debilidad, me gloriaré5. Con cuánta sabiduría han sido dichas estas cosas, lo verán los dispuestos. Cuál sea el río de elocuencia formado con estas palabras, lo advertirá el profundamente dormido.

13. Pues bien, el que entiende conocerá que cuando se entrevean con variedad convenientísima aquellos incisos que los griegos llaman cómmata, y los miembros y períodos de los cuales tratamos poco antes, se forma esta especie y como semblante hermoso de dicción que conmueve y deleita también a los indoctos. Porque, desde que comenzamos a insertar el pasaje arriba citado, comienzan los períodos; el primero es el más pequeño, pues consta de dos miembros que es lo menos que puede tener, aunque puede tener más. El primero es os vuelvo a decir que ninguno me tenga por necio. A éste sigue otro período de tres miembros, y sino aunque sea como necio toleradme que yo también me gloríe un poquito. El tercero que sigue tiene cuatro miembros: Lo que digo (ahora) no lo digo según el Señor, sino como con fatuidad, en este asunto de gloriarme. El período cuarto tiene dos: Muchos ciertamente se glorían según la carne, yo también me gloriaré. El quinto tiene también dos: Pues sufrís de buena gana a los fatuos, siendo vosotros cuerdos. El sexto tiene asimismo dos: Pues toleráis si alguno os reduce a servidumbre. A esto siguen tres incisos: Si alguno os devora, si alguno toma lo (vuestro), si alguno se engríe. Después vienen otros tres miembros: Si alguno os hiere en el rostro, por deshonra lo digo, como si nosotros hubiéramos sido débiles. A esto se añade un período con otros tres miembros, a lo que alguien se atreva, con fatuidad lo digo, también yo me atrevo. Desde aquí, a tres incisos que pone preguntando, corresponden otros tres respondiendo: ¿Son hebreos?, también yo lo soy; ¿son israelitas?, también yo; ¿son del linaje de Abraham?, yo también. Al cuarto inciso, puesto también en forma de interrogación, no responde con otro inciso, sino con la oposición de un miembro: ¿Son ministros de Cristo?, como necio hablo, yo por encima. A esto siguen otros cuatro incisos, habiendo suprimido con gran primor la interrogación: En trabajos los excedo muchísimo, en cárceles mucho más, en recibir golpes muchísimo más, en peligros de muerte muchas veces. Luego se pone un corto período distinguiendo con entonación cortada: Por cinco veces recibí de los judíos, siendo este miembro el primero a quien se enlaza el segundo, cuarenta azotes menos uno. De aquí vuelve a los incisos y se ponen tres diciendo: Tres veces fui azotado con varas, una vez apedreado, tres veces naufragué. A esto sigue un miembro solo: Un día y una noche pasé en lo profundo del mar. Luego, con graciosísimo ímpetu, fluyen catorce incisos: Muchas veces en caminos (he tenido) peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre los falsos hermanos. He pasado por toda suerte de trabajos y miserias, por vigilias frecuentes, por hambre y sed, por no tener qué comer muchas veces, por frío y desnudez. Después de estos incisos interpone un período de tres miembros, y, aparte de estas cosas exteriores, el combate diario sobre mí, el cuidado de todas las Iglesias. A este período añade dos miembros preguntando: ¿Quién se enferma que yo no me enferme?, ¿quién se escandaliza que yo no me abrase? Finalmente, todo este pasaje se termina, como anhelando el descanso, con un período de dos miembros: Si conviene gloriarse, en estas cosas que pertenecen a mi debilidad me gloriaré. No puede explicarse cuál sea la elegancia y cuál sea el deleite que tenga el que después de un impetuoso torrente de elocuencia, interponiendo una narracioncilla, descanse por decirlo así, y haga descansar al auditorio. Pues sigue diciendo: El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el que es bendito por todos los siglos sabe que no miento6. A seguida narra con suma brevedad cómo estuvo en un grave peligro y la forma como se libró de él.

14. Sería muy largo analizar los demás adornos literarios, o exponer estos mismos en otros pasajes de las Santas Escrituras. ¿Qué no diría si quisiera ir señalando, a lo menos en todo este pasaje apostólico, las figuras de dicción que enseña el arte de la retórica? ¿No me tendrían los hombres serios por meticuloso en lugar de poder satisfacer el deseo de algún estudioso? Cuando todas estas cosas se enseñan por los maestros del arte, se tienen por grandes, se compran a precio elevado y se venden con harta jactancia; la que yo mismo temo también exhalar al tratar de estas cosas. Pero debí responder a hombres malamente doctos, que juzgan que nuestros autores deben ser despreciados, no porque carezcan, sino porque no ostentan la elocuencia, que ellos estiman más de la cuenta.

15. Quizá piense alguno que yo elegí al apóstol San Pablo como el único elocuente de nuestros autores. Porque donde dice aunque yo soy ignorante en el discurso, pero no lo soy en ciencia7, parece que habló de tal manera como quien concede a los detractores, no como quien confiesa que él lo tiene por verdad. Si hubiera dicho soy ciertamente ignorante en el discurso, pero en la ciencia no lo soy, de ningún modo hubiera podido entenderse otra cosa. No vaciló en confesar llanamente su ciencia, sin la cual no hubiera podido ser el Doctor de las Gentes. Ciertamente que, si presentamos algo de él para ejemplo de elocuencia, lo tomamos de las cartas que sus mismos detractores, despreciando su palabra cuando les hablaba, confesaron que eran eficaces y graves8. Veo, por lo tanto, que tengo que decir algo sobre la elocuencia de los profetas en quienes, por medio de locuciones figuradas, se ocultan muchísimas cosas, las cuales, cuanto más ocultas aparecen bajo palabras metafóricas, tanto más agradan al ser descubiertas. Pero lo que debo mencionar aquí ha de ser tal que no me obligue a explicar, sino sólo recordar de qué forma está dicho. Y lo voy a tomar principalmente del libro de aquel profeta que dice de sí mismo haber sido pastor o vaquero, el cual fue divinamente sacado de aquel menester y enviado a profetizar al pueblo de Dios9. Pero no haré la cita conforme a la versión de los Setenta, pues como ellos tradujeron con espíritu divino, parece que por esto dijeron algunas cosas de distinta manera, a fin de que la atención del lector se previniese para ir más bien en busca del sentido espiritual, lo cual hace que algunos pasajes de ellos sean más obscuros, porque son más trópicos y figurados; haré, pues, la cita de la versión latina hecha del hebreo por el presbítero Jerónimo, instruido en una y otra lengua.

16. Cuando este profeta rústico o hijo de rústicos arguye a los impíos, a los soberbios, a los lujuriosos, y, por tanto, descuidadísimos de la caridad fraterna, exclama diciendo: Ay de los que sois opulentos en Sión, y confiáis en el monte de Samaria, Nobles, cabezas de los pueblos, los que entráis pomposamente en la casa de Israel. Pasad a Calanna y contemplad, y desde allí marchad a Emath la grande, y bajad a Geth la de los palestinos, y a sus mejores reinos, por si el territorio de ellos es más dilatado que el vuestro. Los que estáis separados para el día malo y os acercáis al solio de la iniquidad. Los que dormís en lechos de marfil, y os holgáis libidinosamente en vuestros aposentos, los que coméis el cordero del rebaño y los novillos de en medio de la vacada; los que cantáis al sonido del salterio. Juzgaron que, como David, tenían instrumentos musicales, bebiendo el vino en tazas, y ungiéndose con el más precioso ungüento, y permanecían impasibles ante el aplastamiento de José10. ¿Por ventura aquellos que, teniéndose por sabios y elocuentes, desprecian a nuestros profetas por indoctos e ignorantes del lenguaje, si hubieran tenido que decir algo semejante y a semejantes hombres, hubieran deseado decirlo de otro modo, sin querer ser tenidos por necios?

17. Porque, a la verdad, ¿qué más pueden desear unos prudentes oídos que la locución transcrita? En primer lugar, ¡con qué ímpetu la invectiva golpea los sentidos como adormecidos para que despierten. ¡Ay de los que sois opulentos en Sión y confiáis en el monte de Samaría, Nobles, cabezas de los pueblos, los que entráis pomposamente en la casa de Israel! Después, para demostrar que eran ingratos a los beneficios de Dios que les había dado un extenso reino, pues confiaban en el monte de Samaría donde se adoraban los ídolos, dice: Pasad a Calanna y contemplad, y desde allí marchad a Emath la grande, y bajad a Geth la de los palestinos, y a sus mejores reinos, por si el territorio de ellos es más dilatado que el vuestro. Al mismo tiempoque se dicen estas cosas, se adorna el discurso como con antorchas con los nombres de los sitios de Sión, Samaría, Calanna, Emath la grande y Geth de Palestina. Además los verbos que se juntan a estos nombres se varían bellamente; sois opulentos, confiáis, pasad, marchad, bajad.

18. Como consecuencia, se anuncia la llegada próxima de la cautividad bajo un rey impío al añadir: Los que estáis separados para el día malo, y os acercáis al solio de la iniquidad. A continuación, menciona la cualidad del desenfreno: Los que dormís en lechos de marfil, y os holgáis libidinosamente en vuestros aposentos, los que coméis el cordero del rebaño y los novillos de en medio de la vacada. Estos seis miembros componen tres períodos de dos miembros cada uno. Pues no dice los que estáis separados para el día malo, los que os acercáis al solio de la iniquidad, los que dormís en lechos de marfil, los que os holgáis libidinosamente en vuestros aposentos, los que coméis el cordero del rebaño y los novillos de en medio de la vacada; aunque estuviera dicho así, también hubiera sido hermoso, porque de un mismo pronombre repetido se derivarían cada uno de los seis miembros restantes, terminando cada uno de ellos suspendiendo el tono de la voz del que pronuncia. Pero se hizo mucho más hermosamente juntando al mismo pronombre de dos en dos los miembros, desarrollando tres sentencias; una anunciándoles la cautividad: Los que estáis separados para el día malo, y os acercáis al solio de la iniquidad; la otra reprendiendo su molicie: Los que dormís en lechos de marfil y os holgáis libidinosamente en vuestros aposentos; la tercera, echándoles en cara su gula: Los que coméis el cordero del rebaño y los novillos de en medio de la vacada. De suerte que deja a voluntad del que declama, o dar entonación final a cada miembro, resultando de este modo seis, o suspender con la entonación el primero, tercero y quinto, juntando el segundo al primero, el cuarto al tercero, y el sexto al quinto, formando así bellísimamente tres períodos bimembres; uno en que se patentiza la calamidad inminente; otro en que se les delata su lecho impuro, y el tercero en que les denuncia el sibaritismo de la mesa.

19. Después reprende el placer desenfrenado del oído, cuando allí dijo: Los que cantáis al sonido del salterio. Pero como la música puede ejecutarse sabiamente por sabios, refrenando el ímpetu de la invectiva con admirable primor de elocuencia, y hablando ya no con ellos, sino de ellos, para enseñarnos a distinguir la música del sabio de la del lujurioso, no dice los que cantáis al sonido del salterio, y pensáis como David tener instrumentos de música; sino que habiéndoles dicho aquello que como lujuriosos debían oír: Los que cantáis al sonido del salterio, también indicó en cierto modo a otros la poca destreza de ellos, diciendo: Juzgaron que, como David, tenían instrumentos musicales.Esas tres sentencias se pronuncian mejor, si dejando en suspenso los dos primeros miembros, se termina el período con el tercero.

20. Lo que a todo esto se añade: Y permanecían impasibles ante el aplastamiento de José, ya se pronuncie seguido, de modo que forme un solo miembro, ya con más graciasesuspenda la voz después de y permanecían impasibles,prosiguiendo después de esta pausa ante el aplastamiento de José, formando así un período de dos miembros, siempre resulta bellísimo no haber dicho, y permanecían impasibles ante el aplastamiento de su hermano; sino más bien haber puesto en lugar de hermano José, a fin de que cualquier hermano se significase con el nombre propio de aquel que entre sus hermanos goza de fama preclara, ya por los males que de ellos recibió, ya por los bienes que en pago les devolvió. No sé si en el arte de la retórica que aprendimos y enseñamos se hable de éste tal tropo, en el que se da a entender cualquier hermano con el nombre de José. ¡Cuán hermoso sea, y cuánto impresione a los lectores que lo entienden, es inútil explicárselo a ninguno, si él mismo no lo advierte.

21. Ciertamente, otros muchos adornos que atañen a las normas de elocuencia pudieran anotarse en este mismo pasaje que como ejemplo adujimos. Pero al buen oyente no es tanto lo que le instruye el examen diligente de un pasaje, como le excita pronunciado con entusiasmo. Estas palabras no han sido compuestas por industria humana, sino que emanaron sabia y elocuentemente de la mente divina, no intentando la sabiduría que a ella le siguiese la elocuencia, sino que la elocuencia no se apartó de la sabiduría. Porque si es cierto, como pudieron decirlo y observarlo ciertos varones sapientísimos y agudísimos, que no se hubieran observado y anotado aquellas reglas que se aprenden en el arte de la oratoria, ni se hubieran reducido a este cuerpo de doctrina, si antes no se hubieran encontrado en los ingenios de los oradores, ¿por qué se ha de admirar que se encuentren en los ingenios de estos hombres a quienes envió Aquel que hace los mismos ingenios? Por lo tanto, confesemos que nuestros autores y doctores canónicos no sólo son ciertamente sabios, sino también elocuentes, pero con tal elocuencia cual convenía a semejantes personas.

CAPÍTULO VIII

Aunque la obscuridad de los autores sagrados sea elocuente, no debe ser imitada por los autores cristianos

22. Pero si hemos tomado por vía de ejemplo de los autores sagrados algunos pasajes de elocuencia que se entienden sin dificultad, sin embargo, de ningún modo se ha de pensar que debemos imitarlos en aquellos pasajes que escribieron con útil y saludable obscuridad con el fin de ejercitar y en cierto modo aguzar las mentes de los lectores y al mismo tiempo quebrantar el fastidio y avivar el deseo de los que quieren aprender; o también para ocultarlos a los ánimos de los impíos con el fin de que se conviertan a la piedad o se aparten de los misterios. Aquéllos hablaron de esta manera para que los sucesores que los entendieren y explicaren rectamente hallasen en la Iglesia de Dios otra gracia, desigual ciertamente, pero subsecuente a la de ellos. Luego los expositores de los autores sagrados no deben hablar de tal modo que se propongan a sí mismos, como si ellos debieran ser explicados con igual autoridad a la de aquéllos; antes bien, en todos sus discursos han de procurar ante todo y sobre todo que se les entienda, hablando en lo posible con tal claridad que, o ha de ser muy rudo el que no entienda, o que en la dificultad y sutileza de las cosas que pretendemos manifestar y explicar no sea nuestra locución la causa de que pueda ser entendido menos y con más tardanza.

CAPÍTULO IX

Entre quiénes y de qué modo deban ser tratadas las cosas difíciles de entender

23. Hay ciertas cosas que por su misma naturaleza no se entienden o apenas pueden entenderse por más vueltas y revueltas que les dé el expositor con palabras llanísimas; las cuales nunca jamás han de trasmitirse a los oídos del pueblo, o rarísimamente, y esto, si apremia alguna circunstancia. Al contrario, en los libros que se escriben para que retengan en cierto modo al lector si se entienden, y si no se entienden no molestan al que no tenga ganas de leer; y asimismo, en las conversaciones particulares, no se ha de omitir a costa de cualquier trabajo que nos cueste la disertación, este deber de llevar al conocimiento de otros las verdades que nosotros ya entendimos, por difíciles que sean de entender, si el oyente o interlocutor tiene deseos de aprender y no le falta la capacidad mental para percibirlas de cualquier modo que se le propongan. En este caso, el que enseña no debe preocuparse de la elocuencia en exponerlo, sino de la claridad en explicarlo.

CAPÍTULO X

Empeño de explicar con claridad

24. El deseo diligente de dar claridad al discurso descuida a veces las palabras más cultas, y no se preocupa de cuán bien suenen, sino de cuán bien declaren y expliquen lo que se intenta manifestar. Por eso dijo cierto autor al tratar de esta clase de locución, que hay en ella cierta diligente negligencia11. Sin embargo esta negligencia, de tal suerte se despoja del adorno, que no se viste con desdoros. Aunque entre los buenos maestros hay tanto cuidado de enseñar, o a lo menos lo debe haber, que si alguna palabra, por conservar su pureza latina, resulta obscura o ambigua, y en el lenguaje del vulgo se dice de modo que se evita la ambigüedad y la obscuridad, prefieren más bien la forma con que la usan rústicos al modo con que la expresan los doctos. Y así nuestros intérpretes no tuvieron reparo en traducir: non congregabo conventícula eorum de sanguinibus12, no congregaré o frecuentaré sus juntas de «sangres», porque juzgaron que hacía al caso se dijese en aquel sitio en plural el nombre «sanguis», el cual en la lengua latina sólo se usa en singular. ¿Por qué ha de pesar a un maestro de piedad que hablando a gente ruda diga «ossum», hueso, en lugar de «os», a fin de que no entienda que esta sílaba «os» es el singular de «ora» bocas, sino el de «ossa» huesos?; sobre todo cuando los oídos africanos no distinguen de vocales breves o largas. Porque ¿de qué sirve una exacta locución que no entiende el auditorio, siendo así que no hay motivo en absoluto para hablar cuando no entienden lo que hablamos aquellos por cuyo motivo hablamos para que nos entiendan? Luego el que enseña debe evitar todas aquellas palabras que no enseñan, y si en lugar de estas palabras puede valerse de otras correctas que se entiendan, éstas debe elegir precisamente; pero si no pudiere hacerlo o porque no existen o porque no se le ocurren de momento, use de palabras menos puras, siempre que se enseñe bien y se aprenda exactamente.

25. Este empeño de que se nos entienda bien hay que procurarlo no sólo en las conversaciones, ya sean con uno solo o con muchos, sino también, y mucho más, cuando se dirige la palabra al pueblo. Porque en la conversación particular, cada uno tiene la facultad de preguntar, pero cuando todos callan para oír a uno solo teniendo a todos pendientes de su boca, ni hay costumbre ni es decente que cada cual pregunte allí lo que no entiende, y por eso mismo debe empeñarse el orador sobremanera de venir en ayuda del que calla. Suele el auditorio, ávido de instrucción, significar con algún movimiento personal si ha entendido; y hasta que no lo manifieste debe dar vueltas al asunto de que trata, variando la explicación de muchos modos; lo que no podrán hacer los que pronuncian sus discursos preparados y aprendidos de memoria. Tan pronto como se conozca que se entendió el discurso, se debe terminar o pasar a otro asunto. Porque así como se nos hace grato el que nos esclarece lo desconocido, así también se hace pesado el que machaca sobre lo conocido, sobre todo a aquellos cuya expectación pendía toda ella de la solución de la dificultad que se ha explicado. Ciertamente que se dicen cosas sabidas con el fin de deleitar, pero en este caso no se atiende a ellas sino al modode decirlas. Y si éste es ya conocido y agrada a los oyentes, apenas interesa nada que el que habla recite o simplemente lea. Porque las cosas que se hallan elegantemente escritas suelen leerlas con agrado, no sólo los que las conocen por primera vez, sino también las vuelven a leer con gusto los que ya las conocían y el olvido aún no se las borró de la memoria. Asimismo unos y otros se complacen en oírlas. En cambio, cuando se recuerda a alguno las cosas que tenía ya olvidadas, se enseña. Pero ahora no trato del modo de agradar, hablo, sí, del modo cómo haya de enseñarse a los que desean aprender. Pues bien, la mejor forma de enseñar es aquella por la cual hace que el que oye oiga la verdad y entienda lo que oye. Conseguido esto, ya no se debe trabajar más en este asunto, como si aún debiera emplearse más tiempo en enseñarla, a lo más se detendrá en recomendarla para imprimirla en el corazón; lo cual, si se juzga que debe hacerse, se ha de ejecutar con tal moderación que no se llegue a causar aburrimiento.

CAPÍTULO XI

Por qué el que intenta enseñar ha de hablar con claridad y de modo que agrade

26. Absolutamente hablando, la elocuencia tratando de enseñar no consiste en que agrade lo que se aborrecía o en que se haga lo que se rehusaba, sino en hacer que se descubra lo que estaba oculto. Sin embargo, si se hace esto toscamente, el fruto de la enseñanza llegará a muy pocos: A los que desean saber las cosas que deben aprenderse, aunque se digan con estilo bajo e inculto. Cierto que, al conseguir esto, se deleitan con el pasto de la misma verdad, pues es índole propia de los buenos ingenios amar la verdad en las palabras, mas no las palabras por sí mismas. ¿De qué sirve una llave de oro si con ella no se puede abrir lo que queremos? ¿Y qué nos da que sea de madera si con ella lo podemos, cuando precisamente no buscamos otra cosa sino es abrir lo que está cerrado? Pero como existe no pequeña semejanza entre los que comen y los que aprenden, de ahí que, para evitar la desgana de los más, no hay otro remedio que condimentar los alimentos sin los cuales no se puede vivir.

CAPÍTULO XII

El deber del orador es enseñar, deleitar y mover

27. Dijo, pues, un maestro de elocuencia, y dijo la verdad, que el orador de tal modo debe hablar que enseñe, deleite y mueva. Y añadió después: «El enseñar es propio de la necesidad, el deleitar de la amenidad y el mover de la victoria»13. De estas tres cosas, la primera que se dijo, esto es, la necesidad de enseñar, se halla situada en las cosas que decimos; las otras dos, en el modo de decirlas. Luego el que habla con intento de enseñar no juzgue haber dicho lo que quiso mientras no sea entendido por aquel a quien quiso enseñar. Pues aunque haya dicho lo que él mismo entendió, todavía no ha de pensar que lo dijo para aquel que no le ha entendido. Si le entendió, de cualquier modo que lo haya dicho, ya lo dijo. Si además quiere deleitar o mover a los que enseña, no es indiferente el modo como hable; para conseguirlo, interesa el modo de decirlo. Así como se ha de deleitar al auditorio a fin de que atienda a lo que oye, del mismo modo se le ha de convencer, para que se mueva a ejecutar lo que ha oído. Y como se deleita si le hablas con amenidad, igualmente (observarás que) se mueve si ama lo que le prometes, teme lo que le amenazas, odia lo que le reprendes, abraza lo que le recomiendas, se duele de lo que le inculcas digno de dolor, se alegra de lo que le propones como objeto de alegría, se conduele de aquellos que le presentas como dignos de misericordia ante sus ojos, huye de aquellos a quienes le has propuesto con terror que se aparte de ellos, y, por fin, si hace caso de todos cuantos medios puede emplear una gran elocuencia para conmover los ánimos de los oyentes, no para enseñarlos qué deban hacer, sino para que ejecuten lo que ya saben que debe ejecutarse.

28. Mas si todavía lo ignoran, sin duda antes hay que enseñarlos que moverlos. Y puede ser que con sólo conocer las cosas, de tal modo se muevan, que ya no sea necesario recurrir a otros mayores esfuerzos de elocuencia para moverlos. Sin embargo, esto último hay que hacerlo cuando sea necesario, y no hay duda que lo es cuando, sabiendo lo que hay que hacer, no lo hacen. Por eso se dijo que enseñar es de necesidad. Los hombres pueden hacer o no hacer lo que saben, mas ¿quién dirá que deben hacer lo que ignoran? Por esto, el persuadir o mover no es de necesidad, porque no siempre es menester, cuando el auditorio da su asentimiento al que enseña o al que deleita. Se dice que el mover es obra de la victoria, porque puede suceder que se enseñe y se deleite, y, sin embargo, no asienta el oyente. ¿Y de qué servirían en tal caso las dos primeras diligencias de enseñar y deleitar, si falta esta tercera? Tampoco el deleitar es de necesidad, ya que cuando en la oración se pone la verdad de manifiesto, lo que pertenece al oficio de enseñar, no se hace por medio del discurso ni se atiende a que deleite el discurso o la verdad, sino que por sí misma, porque es verdad, deleita ya patente. De aquí nace que muchas veces deleitan también las cosas falsas cuando se descubre y se convence que lo son; no deleitan porque sean falsas, sino porque se aclaró que eran falsas; deleita, pues, el raciocinio con el cual se demostró esta verdad.

CAPÍTULO XIII

El fin del orador es mover el ánimo

29. Por causa de aquellos a quienes hastiados no agrade la verdad si no se les dice de tal modo que aun agrade el discurso del que habla, se dio en la elocuencia no poco lugar a la delectación. Y aun esto no basta a ciertas gentes duras, a quienes no les aprovecha ni el entender ni el haber sido deleitadas con la elocuencia del orador. ¿Qué valen, en efecto, estas dos cosas para el hombre que confiesa la verdad y alaba la elocuencia, pero no da su asentimiento, siendo así que a esto solo mira la intención del orador en las cosas que dice para persuadir? Cuando la enseñanza versa sobre cosas que basta creer o conocer, no se pide más del auditorio que confiese ser verdad lo que se propuso. Cuando se enseña lo que ha de hacerse, y se enseña para que se haga, en vano se inculca que lo que se dice es verdadero, en vano se le agrada con el modo de decirlo, si no lo aprende para practicarlo. Conviene, pues, que el orador sagrado, cuando aconseja alguna cosa que debe ejecutarse, no sólo enseñe para instruir y deleite para retener la atención del auditorio, sino también mueva para vencer. Porque a quien ni la verdad demostrada hasta llegar a confesarla, ni la amenidad del lenguaje le movió, no queda otro remedio para reducirle al asentimiento que la majestad de la elocuencia.

CAPÍTULO XIV

La suavidad que se ha de procurar en el discurso ha de ser proporcionada al argumento

30. Tanto empeño han puesto los hombres en esta suavidad o amenidad, que tantas y tan malas y torpes acciones, que han sido aconsejadas con elocuencia extremada a los malos y torpes, las cuales no sólo no deben hacerse, sino que deben huirse y detestarse, se leen y releen no con el fin de imitarlas, sino únicamente para deleitarse con el estilo de ellas. Aleje Dios de su Iglesia lo que de la sinagoga recuerda Jeremías, profeta, diciendo: Cosas pavorosas y horrendas se han hecho sobre la tierra; los profetas profetizaban iniquidades, y los sacerdotes aplaudieron con sus manos, y mi pueblo amó esto mismo. ¿Y qué haréis en adelante?14 ¡Oh elocuencia, tanto más terrible cuanto más pura, y tanto más vehemente cuanto más sólida! ¡Oh hacha, que parte verdaderamente las piedras! A un hacha dijo Dios mismo por este profeta que era semejante su palabra, que habla por los santos profetas15. Aparte, aparte Dios de nosotros que los sacerdotes aplaudan a los que dicen cosas inicuas, y que el pueblo de Dios ame esto mismo. Lejos de nosotros, vuelvo a decir, tanta locura, porque ¿qué haríamos en lo venidero? Concediendo que las cosas que se dicen se entiendan, deleiten y muevan menos, no obstante díganse cosas verdaderas y justas y no se oigan con agrado cosas inicuas, lo que no sucedería si no se dijeran con elegancia.

31. En un pueblo grave, como del que se dijo a Dios ante un pueblo grave te alabaré16, no es deleitable la afectada elocuencia, no ya la que embellece las cosas inicuas, sino tampoco la que adorna con tan espumoso ornato de palabras las buenas, pequeñas y caducas, cual no engalanaría con majestad y decoro las grandes y estables. Algo de esto se encuentra en una carta del beatísimo Cipriano, lo cual me parece que, o sucedió casualmente, o se hizo de intento, para demostrar a la posteridad qué lengua apartó de esta redundancia la pureza de la doctrina cristiana, reduciéndola a una elocuencia más grave y modesta, cual es la que en sus cartas posteriores con seguridad se ama, con veneración se apetece, pero con mucha dificultad se alcanza. Dice, pues, en cierto lugar de la epístola «vayamos a este asiento; la vecina soledad nos ofrece lugar de retiro, donde trepando los vagabundos sarmientos con sus colgantes zarcillos por los enrejados de cañas, han formado un emparrado pórtico con bóveda de verdes pámpanos»17. No es posible hablar de este modo, sino por una admirable y afluentísima fecundidad de facundia, pero por la excesiva profusión desagrada a la gravedad.

Los que gustan de esta afluencia pomposa piensan sin duda que los que no hablan así, sino más sobriamente, no es porque de intento lo eviten, sino porque no pueden hacerlo. Por eso, este santo varón demostró que podía hablar de aquel modo, como lo hizo en el citado lugar; y que no quiso, porque jamás en adelante lo hizo.

CAPÍTULO XV

El orador eclesiástico ha de hacer oración a Dios antes de hablar

32. Ciertamente este nuestro orador, cuando habla cosas justas, santas y buenas, y no debe hablar otras, ejecuta aldecirlas cuanto puede para que se le oiga con inteligencia, con gusto y con docilidad. Pero no dude que si lo puede, y en la medida que lo puede, más lo podrá por el fervor de sus oraciones que por habilidad de la oratoria. Por tanto, orando por sí y por aquellos a quienes ha de hablar, sea antes varón de oración que de peroración. Cuando ya se acerque la hora de hablar, antes de soltar la lengua una palabra, eleve a Dios su alma sedienta para derramar lo que bebió y exhalar de lo que se llenó. Pero, como de cada tema que deba ser tratado conforme a la fe y a la caridad haya muchas cosas que decir y puedan expresarse de modos muy diferentes por aquellos que las saben, ¿quién se dará cuenta perfecta de lo que conviene se diga por nosotros y se oiga por el auditorio en el momento de la locución, sino Él que conoce los corazones de todos? ¿Quién es el que hace que digamos lo que conviene y como conviene, sino Aquel en cuyas manos estamos nosotros y nuestras palabras?18 Por tanto, el que quiere saber y enseñar aprenda todas las cosas que deben ser enseñadas. Adquiera el arte de decir que conviene al orador sagrado, pero, al tiempo mismo de hablar, piense que a una mente buena le conviene más lo que dice el Señor: No queráis pensar qué o cómo habléis; porque se os dará en aquella hora lo que hayáis de hablar, pues no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu del Padre que habla en vosotros19. Pues bien, si el Espíritu Santo habla en aquellos que son entregados a sus perseguidores por amor a Cristo, ¿por qué no ha de hablar también en aquellos que entregan a Cristo a sus oyentes?

CAPÍTULO XVI

No se dan en vano por el hombre preceptos para enseñar aunque Dios sea sólo el que hace doctores

33. Si alguno dijere que no deben darse a los hombres reglas sobre la materia o modo de enseñar, puesto que el Espíritu Santo es el que hace los doctores, también puede decir que no debemos orar, pues dice el Señor: Sabe vuestro Padre qué cosa os es necesaria antes que se la pidáis20o que tampoco el apóstol San Pablo debió prescribir a Timoteo y a Tito cómo y qué cosas debían enseñar a otros. A quien en la Iglesia se le haya impuesto el deber de enseñar, ha de tener siempre ante sus ojos las tres cartas del Apóstol. Y en la primera a Timoteo, ¿no se lee anuncia y enseña estas cosas?21 Y cuáles sean ellas, arriba lo dijo. ¿No se dice allí al anciano no le reprendas, sino adviértele como a padre?22 ¿No se dice en la segunda conserva la forma de las palabras sanas, que oíste de mí?23 ¿Y no le dice allí mismo esfuérzate en presentarte a ti mismo como obrero probado a Dios, que no se avergüenza y que trata debidamente la palabra de la verdad?24 Allí mismo se escribe: Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, exhorta, reprende con toda paciencia y enseñanza25. Y a Tito ¿no le dice igualmente que el obispo debe ser perseverante conforme a la enseñanza de la palabra de la fe, para que pueda redargüir en la sana doctrina a los que le contradigan?26 Y allí mismo le dice: Tú habla las cosas que convienen a la sana doctrina, que los viejos sean sobrios27 y lo demás que sigue. También allí se dice: Habla estas cosas, y exhorta y arguye con todo imperio. Nadie te menosprecie28. Amonéstalos que estén sujetos a los príncipes y a las autoridades29, etc. ¿Luego qué hemos de pensar? ¿Acaso se contradice a sí mismo el Apóstol diciendo en un lugar que por obra del Espíritu Santo se hacen los doctores, y mandando en otro a éstos cómo y qué deben enseñar? O más bien deberemos entender que el oficio de los hombres de enseñar aun a los mismos doctores mediante la gracia del Espíritu Santo no debe cesar, y que no obstante también ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios que da el incremento30. De aquí se sigue que nadie, ni por obra de los mismos hombres santos, ministros de Dios, ni por los mismos ángeles, aprenderá rectamente lo que pertenece a vivir con Dios, a no ser que sea hecho por Dios dócil a Dios, al cual se le dice en el salmo: Enséñame a hacer tu voluntad, porque Tú eres mi Dios31. Por eso el Apóstol decía a Timoteo, hablando como un maestro a su discípulo: Tú persevera en aquellas cosas que aprendiste y te fueron dadas, pues sabes de quién las aprendiste32. Así como las medicinas corporales que los hombres aplican a los hombres no aprovechan sino a quienes Dios da la salud, el cual pudiera curarlos sin ellas, siendo así que ellas no pueden sin Dios, y no obstante se aplican; y tan laudablemente que, si esto se hace prestando un servicio, se computa entre las obras de misericordia o de beneficencia, así las ayudas de enseñanza aplicadas por el hombre entonces aprovecharán al alma cuando Dios haga que le aprovechen, el cual pudo dar a un hombre el evangelio sin ministerio de los hombres y sin intervención de los hombres.

CAPÍTULO XVII

Para enseñar, deleitar y mover, existen tres modos de decir

34. El que hablando intenta persuadir lo que es bueno sin despreciar ninguna de estas tres cualidades, a saber, que enseñe, que deleite y que mueva, ore y trabaje, como hemos dicho arriba, para que le oigan, inteligente, agradable y obedientemente. Si hace esto de modo apto y conveniente, puede ser llamado con derecho elocuente, aun cuando no consiga el asentimiento del oyente. A estas tres cosas de enseñar, de deleitar y de mover, parece que quiso referirse el mismo orador de la romana elocuencia cuando en el mismo lugar elijo: «Aquél será elocuente que pudiere decir las cosas pequeñas con sencillez, las medianas con moderación y las grandes con sublimidad»33. Lo cual es como si juntara a estos preceptos aquellos tres oficios, y de esta suerte expusiera una única sentencia diciendo: Será elocuente aquel que para enseñar pueda decir las cosas pequeñas con sencillez; para deleitar, diga las medianas con moderación; y para mover, exponga las grandes con grandilocuencia.

CAPÍTULO XVIII

El orador sagrado siempre trata materias grandes

35. Estos tres géneros de estilo según fueron expuestos por él, pudo muy bien emplearlos en las causas forenses; pero no pueden ser aplicados aquí, es decir, en las cuestiones eclesiásticas sobre que versa el discurso del que nos proponemos ahora informar. Aquellas causas se llaman pequeñas cuando se trata de dinero; grandes, si anda por medio la salud y la vida; pero cuando no se debate nada de esto, ni se trata de persuadir al auditorio que haga o decida algún asunto, sino únicamente deleitarle, por venir a estar estas cosas como en medio de unas y otras las llamaron módicas, esto es, moderadas o medianas. Módico se deriva de modo, y por lo mismo llamar módico a lo pequeño es un abuso. Pero como en nuestros discursos todas las cosas que decimos, y principalmente las que exponemos al pueblo desde el pulpito, las debemos encaminar a la salud no temporal sino eterna, y a apartar de la muerte sempiterna, todas las cosas que decimos son grandes, y hasta tal punto lo son, que ni aun las mismas cosas que el orador sagrado dice sobre el modo de adquirir o de perder los bienes pecuniarios han de parecer pequeñas, ya se trate de cantidad grande o pequeña. Porque no es cosa pequeña la justicia, la cual sin duda debemos observar aun en lo pequeño, habiendo dicho el Señor: «El que es fiel en lo poco también lo es en lo mucho»34. Lo que es mínimo, ciertamente es mínimo; pero ser fiel en lo mínimo es una cosa grande. Porque así como la razón de la redondez, que consiste en que desde un punto céntrico se tiren líneas todas iguales a los extremos, es la misma en un gran disco que en una moneda pequeña, así cuando la justicia se cumple en una cosa pequeña no disminuye la grandeza de la justicia.

36. Finalmente, hablando el Apóstol de los juicios civiles, donde no se ventila otra cosa si no es el dinero, dice: ¿Se atreve alguno de vosotros, teniendo pleito contra otro, a ser juzgado por los inicuos y no ante los santos? ¿Acaso ignoráis que los santos juzgarán al mundo? ¿Y si por vosotros ha de ser juzgado el mundo, seréis indignos de juzgar las cosas mínimas? ¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles, pues ¿por qué no las cosas temporales? Si tuviereis causas temporales, constituid para juzgar a los que son más inferiores en la Iglesia. Os lo digo para avergonzaros. ¿Es que no hay entre vosotros ni un solo varón sabio que pueda dirimir una contienda entre los hermanos? Pero un hermano litiga contra otro y eso ante los infieles. Desde luego, ya es un verdadero delito que entre vosotros tengáis pleitos. ¿Por qué, más bien, no soportáis la iniquidad? ¿Por qué no toleráis que os defrauden? Pero el caso es que vosotros hacéis la iniquidad y defraudáis, y esto a vuestros hermanos. ¿Por ventura ignoráis que los injustos no han de heredar el reino de los cielos?35 ¿Qué motivo hay para que el Apóstol se indigne tanto, reprenda de este modo, vitupere así, increpe de esta suerte y amenace con tal vehemencia? ¿Qué motivo existe para que demuestre el afecto de su alma en el repetido y fuerte cambio de la voz? En fin, ¿qué motivo tiene para hablar de cosas tan menudas con estilo tan elevado? ¿Acaso los asuntos seculares merecieron del Apóstol una estimación tan grande? Ni pensarlo. Habla así por la justicia, la caridad y la piedad, las cuales, sin que lo dude mente alguna sana, aun en las cosas más pequeñas son grandes.

37. A no dudarlo, si tuviéramos que advertir de qué modo debieran tratar los hombres ante los jueces eclesiásticos los negocios civiles, ya en propio favor ya en el de sus prójimos, haríamos bien en advertirles que, como asuntos pequeños, lo hicieran con sencillez; pero como tratamos de la elocuencia del varón a quien queremos doctor de aquellas cosas que nos libran de los eternos males y nos hacen conseguir los eternos bienes, donde quiera que se traten estas cosas, ya sea ante el pueblo, ya privadamente, ya hablando a uno, ya a muchos, ya a los amigos, ya a los enemigos, ya en peroración seguida, ya en conversación alterna, ya en opúsculos, ya en libros, ya en cartas breves, ya en largas, siempre son cosas grandes. A no ser que digamos que por ser un vaso de agua fría una cosa mínima y de poquísimo valor, por eso también sea mínimo y de poquísimo valor lo que dijo el Señor que cualquiera que lo diere a un discípulo de Él, no perderá su recompensa36. O que cuando este doctor predique en la Iglesia sobre este tema deberá pensar que habla sobre cosa que no tiene importancia y, por lo tanto, que no debe hablar en estilo moderado ni sublime, sino llano. ¿Acaso cuando aconteció que hablase yo sobre esto al pueblo, y Dios me asistió para que hablase como convenía, no se levantó como una cierta llama de aquella agua fría37 que encendió los corazones helados de mis oyentes para hacer obras de misericordia, puesta la mirada en la esperanza de la celestial recompensa?

CAPÍTULO XIX

Se debe variar el estilo según la diversidad del asunto

38. Aunque el autor cristiano debe decir cosas grandes, no siempre ha de decirlas en estilo elevado; sino que, para instruir, usará el estilo llano; para alabar o vituperar, el moderado; al tratar de algo que debe hacerse, si hablamos con los que deben hacerlo y se niegan a ello, entonces las cosas grandes se deben decir con estilo sublime y conveniente para doblegar los ánimos. Algunas veces sucede que de una misma cosa que es grande en sí misma se habla llanamente, si se enseña; moderadamente, si se alaba; y elevadamente, si se impele al alma que estaba alejada de ella a que se convierta. ¿Qué cosa hay más grande que Dios? ¿Y por eso no será objeto de enseñanza? ¿O es que el que enseña la unidad de la Trinidad debe emplear en la exposición otro estilo fuera del llano, a fin de que una cosa tan difícil de conocer pueda entenderse en cuanto sea posible? ¿Acaso se buscan aquí adornos y no más bien testimonios; acaso aquí hay que mover al oyente para que ejecute algo, y no más bien instruirle para que aprenda? En fin, cuando se alaba a Dios en sí o en sus obras, ¡cuánta belleza de hermosa y espléndida dicción se ofrece a aquél que puede alabar, y alaba cuanto puede a quien ninguno alaba dignamente, y ninguno deja de alabarle de algún modo! Si Dios no es adorado, o si con Él, o antes que Él se adora a los ídolos, ya sean demonios o cualquiera otra criatura, entonces es la hora de usar la elocuencia más sublime, para presentar al auditorio la enormidad de este mal y moverle a que se aparte de un mal tan inmenso.

CAPÍTULO XX

Ejemplos de estilo llano, moderado y sublime sacados de las Santas Escrituras

39. Un ejemplo de estilo sencillo, por citar algo llano, del apóstol San Pablo, lo tenemos donde dice: Decidme los que deseáis estar bajo la ley. ¿No habéis oído a la ley? Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos, uno de la esclava y otro de la libre; pero el de la esclava nació según la carne, mas el de la libre, en virtud de la promesa. Estas cosas están dichas en alegoría. Porque ellas son dos testamentos, uno que parte del monte Sinaí, el cual engendra para servidumbre, que es Agar. El Sinaí es un monte de Arabia que está contiguo a la Jerusalén de ahora, que sirve con sus hijos. Pero la Jerusalén que se halla arriba es libre y ella es nuestra madre38, etc. Igualmente es pasaje del mismo estilo donde raciocina y dice: Hermanos, hablo al modo humano, no hay duda que el legítimo testamento de un hombre ninguno le anula ni le añade cláusulas. Pues bien, a Abraham y a su linaje fueron hechas las promesas. No dice la Escritura «y a sus linajes», como si hablara de muchos, sino como hablando de uno, «a tu linaje», que es Cristo. También digo esto: El testamento confirmado por Dios no le anula de modo que invalide las promesas, la ley, que fue dada cuatrocientos treinta años después. Pero si la herencia viene de la ley, entonces no procede de la promesa, mas a Abraham se la donó Dios por la promesa. Y como se le pudiera ocurrir al oyente pensar, ¿luego entonces para qué se dio la ley si no procede de ella la promesa?; el mismo Apóstol se hace esta objeción y dice como quien pregunta: ¿Entonces para qué la ley?, y a continuación responde: Fue dada por motivo de la transgresión, hasta que viniese la semilla a quien se hizo la promesa, ley dispuesta por medio de los ángeles en la mano del Mediador. Mas el mediador no es entre uno solo; y Dios es uno. Asimismo podía ocurrir otra objeción que él mismo se propuso: ¿Luego la ley va contra las promesas de Dios?; y responde: De ningún modo; y dio la razón diciendo: Si hubiera sido dada una ley que pudiera vivificar, la justicia procedería en absoluto de la ley. Pero la Escritura lo encerró todo bajo el pecado para que la promesa se diera a los creyentes por la fe de Jesucristo39. Y así otros pasajes.

Pertenece, pues, al oficio de enseñar, no sólo abrir lo que está cerrado y resolver las dificultades de las cuestiones, sino también, mientras se hace esto, salir al paso de otras cuestiones que tal vez se presenten, no sea que por ellas se condene y refute lo que íbamos diciendo en las primeras; pero con tal que al mismo tiempo se nos ocurra la solución de ellas, no sea que propongamos dificultades que no podamos resolver. Suele suceder que cuando se promueven y resuelven cuestiones incidentales dentro de la principal y de estas secundarias, se suscitan otras incidentales, y resolviéndolas también, se extienda de tal suerte el raciocinio yéndose tan lejos, que si no tiene el orador una memoria grande y vigorosa, no podrá volver al principio de lo que trataba. Sin embargo, es muy bueno refutar cualquier contradicción que pueda presentarse, no sea que al oyente se le ocurra cuando no tenga quien se la refute; o que se le ocurra en el momento, pero, por no poder hablar, salga menos instruido.

40. El estilo moderado lo tenemos en aquellas palabras del Apóstol: No increpes al anciano sino amonéstale como a padre, a los jóvenes trátalos como a hermanos, a las ancianas como a madres, a las jovencitas como a hermanas40Y en aquellas otras: Os ruego, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa y agradable a Dios. Casi todo este pasaje de la misma exhortación tiene un estilo moderado; pero los trozos son más bellos donde se suceden elegantemente las cosas propias con las propias, como si fuesen tributos que se pagan a un deudor; por ejemplo: Teniendo dones diversos conforme a la gracia que se nos ha dado, ya sea profecía a proporción de la fe, ya ministerio para administrar, el que enseña en la enseñanza, el que exhorta en la exhortación, el que distribuye en la sencillez, el que preside en la solicitud, el que obra misericordia con alegría. El amor sin fingimiento, odiando el mal, apegándoos al bien. En la caridad fraterna, amándoos unos a otros, previniéndoos mutuamente en el honor, en la obligación no perezosos, en el espíritu fervientes, sirviendo al Señor, en la esperanza gozosos, sufridos en la tribulación, en la oración perseverantes, caritativos en las necesidades de los santos, ejercitando la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen, bendecidlos y no los maldigáis. Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran, sintiendo lo mismo unos con otros41; ¡y con qué belleza se termina toda esta afluencia de sentencias con un período de dos miembros!, diciendo: No pongáis el pensamiento en cosas altas, sino sentid con los humildes. Y poco después dice: Perseverando en esto, dad a todos lo debido, a quien tributo tributo, a quien contribución contribución, a quien temor temor, a quien honor honor. Todo este pasaje que fluye por miembros separados se concluye con un período formado de dos miembros: A nadie le debáis cosa alguna, sino el amaros los unos a los otros. Y poco después: La noche ha pasado y se ha acercado el día. Así, pues, desechemos las obras de las tinieblas y nos vistamos con las armas de la luz. Como de día andemos honestamente, no en banquetes y embriagueces, no en lechos y torpezas, no en contiendas y rivalidades, sino vestíos de nuestro Señor Jesucristo y no hagáis caso de la carne en sus deseos42. Si esto último lo hubiera alguno modificado así, y de la carne en sus deseos no hagáis caso, sin duda que hubiera alagado a los oídos con una cláusula mucho más sonora; pero el traductor, con más gravedad, prefirió conservar el orden de las palabras. De qué modo suene esto en el idioma griego en que habló el Apóstol, véanlo los que estén en él tan instruidos que lleguen a percibir estas cadencias, pero a mí, como se nos tradujo siguiendo el orden de las palabras del original, me parece que no termina cadenciosamente.

41. Pues bien, debemos confesar que este adorno de estilo que se hace con cláusulas cadenciosas falta en nuestros autores sagrados. Que esto sea debido a los traductores, o que fueron los mismos autores los que de intento evitaron estas locuciones de aplauso, aunque lo juzgo más cierto, no me atrevo a afirmarlo, pues confieso que lo ignoro. Lo que sé es que si algún perito en esta armonía compusiera las cláusulas de nuestros autores conforme a las reglas de la misma armonía, lo que fácilmente se hace cambiando algunas palabras que significan lo mismo, o mudando el orden en que se hallan, conocería que ninguno de aquellos primores que aprendió como cosas grandes en las escuelas de los gramáticos o retóricos, faltan en los escritos de aquellos divinos varones. Es más, encontrará muchos géneros de locución de tanta belleza, que siendo sobremanera bellos en su propia lengua, también lo son en la nuestra, de los que no hallará rastro en los escritos de los gramáticos de quienes tan vanamente se ufana. Pero se ha de evitar que al añadir armonía a estas sentencias divinas y graves se les disminuya de peso. Tampoco aquel arte de la música, donde se aprende de modo completo esta armonía, faltó en nuestros profetas de tal suerte que Jerónimo, varón doctísimo, cita versos de algunos, en hebreo únicamente43, y no los tradujo de aquel idioma por conservar mejor la verdad de las palabras originales. Yo, expresando mi pensamiento, el que sin duda conozco mejor que otros, y también mejor que el de otros, digo que así como en mi estilo no dejo de usar de números o cadencias de cláusulas en cuanto que juzgo que puede hacerse con moderación, así me agrada mucho más en nuestros autores encontrarlos en ellos rarísima vez.

42. El estilo de hablar elevadamente se diferencia de un modo especial del moderado, del cual acabamos de hablar, no tanto en que se engalana con adornos de voces, sino en cuanto que es vehemente por los afectos del alma. Ciertamente que admite casi todos aquellos adornos, pero si no los tiene, tampoco los busca. Ya que, llevado de su propio ímpetu, si le sale al encuentro la belleza de la expresión, la arrebata por la fuerza de las cosas, mas no la toma por el afán de adornarse. Le basta para el fin que persigue que las palabras convenientes no se escojan por industria del lenguaje, sino que emanen del ardor del corazón. Si un hombre valeroso se arma con espada dorada y guarnecida de perlas, cuando en el ardor de la lucha hace con aquella espada lo que hace, lo hace no porque sea preciosa, sino porque es espada; él es el mismo y tiene el mismo gran valor cuando por la ira hace dardo de lo que encuentra a mano. Persuade el Apóstol a que se toleren pacientemente con el consuelo de los favores de Dios todos los males del tiempo presente en pro del ministerio evangélico. El asunto es grande y lo trata con sublimidad, no faltando adornos de elocuencia, y dice: He aquí presente el tiempo aceptable, he aquí presentes los días de la salud. No deis a nadie ocasión alguna de tropiezo, a fin de que no sea vituperado nuestro ministerio, antes bien, recomendándonos a nosotros mismos como ministros de Dios en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias, en azotes, en cárceles, en sediciones, en trabajos, en vigilias, en ayunos, en castidad, en ciencia, en longanimidad, en benignidad, en el Espíritu Santo, en caridad no fingida, en palabras de verdad, en virtud de Dios, por las armas de la justicia a diestra y siniestra, por la gloria y la afrenta, por la infamia y la buena fama, como seductores aunque veraces, como ignorados pero conocidos, como quienes mueren y, sin embargo, vivimos, como corregidos mas no matados, como tristes pero siempre alegres, como pobres pero que enriquecemos a muchos, como quien no tiene nada y, sin embargo, lo posee todo. Ved todavía al que arde, mi boca, oh corintios, está abierta para vosotros y mi corazón se ha dilatado44. Así va siguiendo, lo que es largo de proferir.

43. Igualmente, escribiendo a los romanos para que venzan las persecuciones de este mundo con la caridad y la esperanza cierta del auxilio de Dios, lo hace también con estilo sublime y además adornado. Pues dice: Sabemos que todas las cosas cooperan en bien de los que aman a Dios, de aquellos que son llamados según la voluntad de Dios. Porque a los que preconoció también los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo; a fin de que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó a ésos llamó, y a los que llamó a los mismos también justificó; a los que justificó también los glorificó. ¿Qué diremos a esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién se opondrá a nosotros? El que a su propio Hijo no perdonó, sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con Él todas las cosas? ¿Quién presentará acusación contra los elegidos de Dios? ¿El Dios que los justifica? ¿Quién hay que los condene? ¿Cristo Jesús que murió, mejor dicho, que resucitó, que está sentado a la diestra de Dios, que también intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Como está escrito, por ti se nos condena a muerte en todo tiempo y se nos mira como ovejas destinadas al matadero45. Pero en todas estas cosas vencemos por Aquel que nos amó. Persuadido estoyqueni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las virtudes, ni lo alto, ni lo profundo, ni criatura alguna podrá separarnos de la caridad de Dios que es en Jesucristo Señor nuestro46.

44. Aunque toda la carta a los Gálatas está escrita en estilo sencillo, a excepción de lo último donde emplea el moderado, sin embargo, inserta en cierto lugar un pasaje con tal afecto de ánimo que, a pesar de no tener tales adornos que existen en aquellos que acabamos de citar, no pudiera decirse sino en estilo elevado: Observáis, dice, los días, los meses, los años y los tiempos. Temo que haya trabajado en vano en vosotros. Haceos como yo, pues yo me hice como vosotros, oh hermanos, os lo ruego. En nada me habéis agraviado. Sabéis que en la debilidad de la carne os evangelicé ha tiempo y no despreciasteis ni desechasteis vuestras pruebas en mi carne, sino que me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Jesucristo. ¿Qué se hizo de vuestra alegría? Os doy testimonio que si hubiera sido posible os hubieseis sacado los ojos y me los hubieseis dado. Luego, ¿predicándoos la verdad me he hecho vuestro enemigo? Tienen celo por vosotros, pero no bueno, sino que quieren separaros de mí, para que tengáis celo por ellos. Bueno es emular siempre lo bueno y no sólo cuando estoy yo presente entre vosotros. Hijitos míos, a quienes de nuevo doy a luz hasta que se forme Cristo en vosotros. Quisiera estar ahora entre vosotros y cambiar mi voz, porque estoy perplejo acerca de vosotros47. ¿Acaso en este pasaje se hallan antítesis, es decir, se oponen contrarios a contrarios, o se enlazan los pensamientos con alguna gradación, o aparecen incisos, miembros o períodos? Y, sin embargo, no por eso se entibia el gran afecto con que sentimos que hierve el discurso.

CAPÍTULO XXI

Ejemplos de estos tres géneros de dicción sacados de los doctores eclesiásticos. Se toman de san Cipriano y san Ambrosio

45. Estos pasajes apostólicos, de tal modo son claros, que son al mismo tiempo profundos. Por esto, cuando se hallan escritos o se han aprendido de memoria, requieren no sólo un lector u oyente, sino también un expositor, si alguno busca la profundidad y no quiere contentarse únicamente con la corteza de la letra. Por lo cual, veamos estos tres géneros de estilo en aquellos que con la lectura de los libros inspirados adelantaron en la ciencia de las cosas saludables y divinas y la comunicaron a la Iglesia. El bienaventurado Cipriano, en el libro en que trata del «sacramento del cáliz» usa del estilo llano. Allí resuelve la cuestión sobre la que se pregunta si el cáliz del Señor debe contener agua sola, o mezclada con vino. Pero es preciso que pongamos por vía de ejemplo algo de él. Después de empezada la carta, cuando comienza a resolver la cuestión dice: «Has de saber que estamos advertidos que en el ofrecimiento del cáliz se observa la tradición del Señor, y que no hemos de hacer nosotros sino lo que primero hizo el Señor por nosotros, a saber, que el cáliz que en memoria suya se ofrece, se ofrezca mezclado con vino. Pues, diciendo Cristo yo soy la vid verdadera48, no es el agua sino el vino la sangre de Cristo, ni puede parecer que se halla en el cáliz su sangre con la que fuimos redimidos y vivificados si falta el vino del cáliz, con que se muestra la sangre de Cristo, que es anunciada por el sacramento y testimonio de todas las Escrituras. Así hallamos en el Génesis que esto mismo se anticipó en el suceso misterioso de Noé y que existió igualmente allí una figura de la pasión del Señor en aquello de que bebió vino y se embriagó, que se desnudó en su casa, que se recostó con los muslos desnudos y al descubierto, que la desnudez del padre fue dada a conocer por el hijo segundo, y cubierta por el mayor49, y todo lo demás que se dice y que no es necesario estamparlo, por ser suficiente únicamente deducir que Noé, mostrando una figura de la verdad venidera, no bebió agua sino vino; y de este modo expresó la imagen de la pasión del Señor. Asimismo en el sacerdote Melquisedec vemos prefigurado el sacramento del Señor conforme lo atestigua la divina Escritura diciendo: Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino. Pues fue sacerdote del Altísimo Dios, y bendijo a Abraham50que Melquisedec era imagen de Cristo, lo declara el Espíritu Santo en el salmo, al decir al Hijo en persona del Padre: Antes del lucero te engendré. Tú eres sacerdote eterno, según el orden de Melquisedec51. Todo esto y lo restante de esta carta52 guarda el estilo sencillo, como fácilmente lo pueden advertir los que la lean.

46. También San Ambrosio, tratando de un asunto tan grande como es demostrar la igualdad del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo, usa, no obstante, del estilo sencillo pues el tema emprendido no exige adornos de palabras, ni excitación de efecto para conmover los ánimos, sino testimonios reales. Entre otras cosas, al principio de la obra dice: «Conmovido Gedeón por el oráculo, habiéndole oído decir que, aun cuando faltasen muchos miles de hombres, el Señor libraría a su pueblo de los enemigos con sólo un hombre, ofreció un cabrito, cuya carne junto con ácimos colocó por mandato del ángel sobre una piedra, y todo ello lo roció con caldo, y tan pronto como el ángel le tocó con la punta de la vara que llevaba, saltó fuego de la piedra, y así se consumió el sacrificio que se ofrecía53. Por esta señal, parece que se dio a entender que la piedra aquella prefiguraba el cuerpo de Cristo, conforme está escrito: Bebían de la piedra que los seguía y la piedra era Cristo54. Lo que no se refiere a su divinidad, sino a su carne, que inundó con el río perenne de su sangre los corazones de los pueblos sedientos. Luego ya en esta ocasión se declaró místicamente que el Señor Jesús, crucificado en su carne, borraría los pecados de todo el mundo, no sólo los delitos de obras, sino también los de deseos. Pues la carne del cabrito se refiere a los pecados de obra, y el caldo, a las incitaciones de los deseos, según está escrito: El pueblo codició un deseo malísimo, y dijeron ¿quién nos alimentará con carne?55 Cuando el ángel extendió la vara y tocó la piedra de la cual salió fuego, se prefiguró que la carne del Señor, llena del Espíritu divino, abrasaría todos los pecados de la condición humana. Por esto dice el Señor: He venido a traer fuego sobre la tierra56. Y así habla en lo que sigue cuando principalmente cuida de enseñar y probar el asunto57.

47. Del estilo moderado es aquella alabanza que sobre la virginidad escribió san Cipriano: «El corazón se dirige ahora a las vírgenes, de las que cuanto más sublime es la gloria, tanto mayor ha de ser el cuidado. La virginidad es la flor de la semilla de la Iglesia, gloria y ornato de la gracia espiritual, índole alegre de alabanza y honor, obra íntegra e incorrupta, imagen de Dios que corresponde a la santidad del Señor, la más ilustre porción del rebaño de Cristo. Por ellas se alegra y en ellas florece abundantísimamente la gloriosa fecundidad de nuestra madre la Iglesia; cuanto más aumenta con su número la gloriosa virginidad, tanto más crece el gozo de la madre». Y en otro pasaje, hacia el fin de la carta, dice: «Como hemos llevado la imagen de aquel que procede del limo, asimismo llevamos la imagen del que procede del cielo58. La virginidad lleva esta imagen, la lleva a integridad, la llevan la santidad y la verdad; la llevan los que se acuerdan de las enseñanzas de Dios, los que retienen la justicia con la religión, los que son estables en la fe, humildes en el temor, fuertes para todo sufrimiento, mansos para soportar las injurias, prontos para hacer obras de misericordia, unánimes y concordes en la paz fraterna. Cada una de estas virtudes, vosotras, oh buenas vírgenes, las debéis de observar, amar y cumplir; vosotras que, entregadas a Dios y a Cristo, precedéis en la marcha con la mejor y mayor parte hacia el Señor a quien os habéis consagrado. Las de edad más avanzada enseñad a las jóvenes, las menores de edad prestad vuestro servicio a las mayores, y a las iguales servidles de estímulo, excitaos con mutuas exhortaciones, incitaos a la verdadera gloria con pruebas de emulación en la virtud. Perseverad con fortaleza, caminad con espíritu, llegad con felicidad. Solamente os pido que os acordéis de nosotros cuando la virginidad comience a ser honrada en vosotras con el premio59.

48. También Ambrosio propone en estilo moderado y adornado a las vírgenes profesas el modelo que deben de imitar en sus costumbres, diciendo: «Había una virgen que lo era no sólo en el cuerpo, sino también en el alma, que no adulteraba la sinceridad de su afecto con ostentación hipócrita, era humilde de corazón, grave en sus palabras, prudente en sus obras, escasa en hablar, aficionada a leer, nada confiaba en lo incierto de las riquezas, sino en los ruegos de los pobres, atenta a su trabajo; modesta en la conversación, acostumbrada a elegir como juez de sus acciones no al hombre, sino a Dios, no a hacer mal a nadie y desear el bien a todos; a respetar a los mayores y no envidiar a los iguales, a huir de la jactancia, a seguir la razón y amar la virtud. ¿Cuándo ofendió a sus padres ni aun con la mirada? ¿Cuándo altercó con sus parientes? ¿Cuándo desdeñó al humilde? ¿Cuándo se burló del flaco? ¿Cuándo alejó al necesitado? Sólo frecuentaba las juntas de los hombres donde estuviera la misericordia sin rubor y no las omitiera la vergüenza. Nada había de torvo en sus ojos, nada de atrevido en su lengua, nada de desvergonzado en su acción; no era desenfrenado su ademán, ni descompuesto su andar, ni su voz petulante, de modo que la forma toda de su cuerpo era una imagen de su alma y una personificación de su probidad. Y es que una buena casa debe darse a conocer desde el mismo pórtico, mostrando desde el primer paso que damos en ella que no hay dentro oscuridad, sino colocada en su interior la luz de una antorcha que luce afuera. Y qué diré yo de la parquedad de su alimento, y de la sobreabundancia de sus ocupaciones, cuando en esto hacía más de lo que permitía su naturaleza y en aquello casi le faltaba lo necesario para sustentarla. Para los trabajos no había ninguna interrupción de tiempo, para los ayunos se seguían unos a otros sin intervalo los días. Y si alguna vez se le presentaba el deseo de comer, su alimento era el primero que encontraba y más bien servía para evitar la muerte que para causar placer»60. He aducido este pasaje como ejemplo de este estilo moderado, por cuanto en él no trata de exhortar y que hagan voto de virginidad las que todavía no lo han hecho, sino de cómo deben ser las que profesaron. Porque para mover al alma a emprender un tal y tan gran designio, no hay duda que debe ser excitada y encendida con el estilo sublime de la elocuencia. Pero el mártir san Cipriano escribió de la vida de las vírgenes, no de tomar la decisión de abrazar el estado virginal. Mas el otro obispo, san Ambrosio, también escribió excitándolas con lenguaje sublime a tomar tal decisión.

49. De lo que ambos escribieron sobre esta materia, pondré algunos ejemplos de estilo sublime. Uno y otro atacaron con reproches a las que se pintaban la cara con mejunjes o, mejor dicho, se la despintaban. San Cipriano, tratando de este asunto, entre otras cosas dice: «Si un excelente pintor hubiera hecho el retrato de la cara y figura de alguno, con color que imitase la naturaleza del cuerpo; y pintado y terminado el retrato, otro, dándoselas de más mérito, pusiese sus manos con el fin de reformar lo ya acabado y perfecto, se tendría por una grave injuria hecha contra el primer maestro, y su indignación sería justísima. ¿Y juzgas tú impune el llevar a cabo la audacia de tan abominable temeridad, ofendiendo al artífice Dios? Pues dado caso que con esos adornos de meretriz no seas impúdica y deshonesta ante los hombres, no obstante, violando y corrompiendo las obras de Dios, serás tenida por peor que una adúltera. Lo que tú crees que te adorna, lo que piensas que te compone es un ataque a la obra divina, es alejarse de la verdad. Voz es del Apóstol que avisa: Purificaos de la levadura antigua para que seáis masa suave, así como sois ácimos. Porque Cristo, que es nuestra pascua, ha sido inmolado por nosotros. Por tanto celebremos fiesta, no con la antigua levadura, no con levadura de malicia y de maldad, sino con ácimos de sinceridad y de verdad61.¿Y acaso persevera la sinceridad y la verdad cuando se manchan los rostros que son sinceros, y con adulterarlos de colores y falsos adornos de afeites se cambia la verdad en mentira? Tu Señor dice: No puedes convertir un cabello en blanco o en negro62, ¿y tú quieres ser tan poderosa que venzas el mandato de Dios? Con audaz intento y con desprecio sacrílego te pintas tus cabellos; funesto presagio de lo por venir que lleves ya cabellos de color de llamas»63. Sería muy largo insertar lo que sigue.

50. San Ambrosio, dirigiéndose a las mismas dice: «De aquí nacen los incentivos de los vicios, pues, cuando se pintan la cara con colores postizos por temor de no agradar a los hombres, traman con el adulterio del rostro el adulterio de la castidad. ¡Cuánta locura no es pretender cambiar el semblante natural buscando otro pintado! Mientras recelan del juicio que de su belleza pueden dar sus maridos, traicionan el suyo propio. La primera que contra sí pronuncia sentencia es la que desea cambiar el color natural, porque mientras intenta agradar a otros, ella primeramente se desagrada a sí misma. ¿Qué juez más veraz, oh mujer, buscaremos de tu fealdad que a ti misma, que temes ser vista? Si eres hermosa, ¿por qué te escondes? Si fea, ¿por qué te finges hermosa, si no has de tener el consuelo de engañarte a ti misma, ni al conocimiento de nadie? Tu marido ama de este modo a otra, y tú quieres agradar a otro; no te irrites, pues, si ama a otra, porque en ti aprendió a adulterar. Mala maestra eres de tu agravio. Rehúye ser alcahuete aun la misma que toleró al alcahuete, y por vil que sea una mujer, para sí misma peca, no para otro. Casi son más tolerables los crímenes de adulterio pues allí se adultera la honestidad, aquí la misma naturaleza»64. A mi parecer, bastante claro se ve que, con esta arrebatadora elocuencia, se excita a las mujeres al pudor y al temor para que no adulteren con afeites su cara. Por eso reconocemos que este estilo de elocuencia no pertenece al sencillo ni al moderado, sino al sublime. Estos tres modos de hablar pueden encontrarse en muchos escritos y dichos no sólo de estos dos que entre todos quise poner por vía de ejemplo, sino también en otros varones eclesiásticos que han dicho cosas buenas y bien, es decir, que las han dicho con agudeza, con elegancia y con vehemencia conforme pedía el asunto, y que pueden servir a los estudiosos para connaturalizarse con ellos leyéndolos y oyéndolos con frecuencia, uniendo a esto el ejercicio de imitación.

CAPÍTULO XXII

En un mismo discurso se deben variar los estilos

51. Nadie piense que el mezclar esta clase de estilos sea opuesto a las reglas de la retórica; es más, siempre que pueda convenientemente ejecutarse, se ha de variar la dicción con las tres clases de estilos. Pues, cuando se alarga el discurso en un solo estilo, conserva al auditorio menos atento. En cambio, si se pasa de uno a otro, aun cuando se prolongue el discurso, continúa más bellamente, si bien es verdad que cada clase tiene sus propias variantes en el discurso de los elocuentes, por las que se impide que languidezca y se entibie la atención de los oyentes. Sin embargo, más fácilmente puede tolerarse por largo tiempo el estilo sencillo solo, que el elevado. Porque, cuanto más debe ser excitada la emoción de los ánimos para que preste asentimiento el oyente, tanto menos tiempo se le puede tener en esta tensión, una vez que fue excitada lo conveniente. Por tanto, se ha de evitar que no decaiga el ánimo de donde por la excitación había sido elevado, al querer levantarle más alto de lo que estaba elevado. Pero mezclando el estilo sencillo en algunas cosas que deben decirse, se vuelve bien a las que hay necesidad de decir con el sublime, para que así el ímpetu de la dicción vaya alternando como el flujo y reflujo del mar. De donde se sigue que el estilo elevado, si ha de prolongarse por mucho tiempo, no debe usarse solo en él, sino variándole con la intercalación de los otros dos géneros. Mas el discurso completo llevará el nombre del estilo que en él prevalece.

CAPÍTULO XXII

Cómo han de mezclarse estos tres géneros de estilo

52. Importa saber qué género se mezcla con otro, o cuál deba emplearse en determinados y precisos lugares. En el género elevado, siempre o casi siempre, conviene que el principio sea de estilo moderado, quedando al arbitrio del orador el decir no pocas cosas en estilo sencillo, aun de las que pudiera decir en estilo elevado, a fin de que así las cosas que se dicen en estilo sublime aparezcan, en comparación con las otras, mucho más elevadas y se truequen en más luminosas con las sombras de aquéllas. En cualquiera clase de estilo donde haya que resolver las dificultades de algunas cuestiones, es necesario echar mano de la claridad y agudeza de ingenio, lo que es peculiar y reclama para sí el estilo sencillo. Por eso, se ha de usar de este género en los otros dos géneros cuando en ellos, por incidencia, ocurran algunas de estas cuestiones; al parigual, es necesario emplear o intercalar el moderado, en cualquier otro género que ocurra alguna cosa digna de ser alabada o vituperada, siempre que allí no se trate de condenar y absolver a alguno ni de exigir a cualquiera el asentimiento para obrar. Luego en el estilo sublime tienen su asiento propio los otros dos géneros, igualmente que en el sencillo. Sin embargo, el moderado necesita no siempre, pero sí algunas veces, el sencillo; si, como dije, se presenta alguna cuestión cuyo nudo es necesario soltar, o cuando algunas cosas que pueden ser adornadas no se adornan sino que se dicen en estilo sencillo para que sirvan como de boceles o pedestales que hagan resaltar más los adornos. En cambio, el estilo moderado no exige el sublime, ya que se emplea para recrear, no para mover los ánimos.

CAPÍTULO XXIV

Efectos del estilo elevado

53. No porque a un orador se le aclame con frecuencia y entusiasmo se ha de juzgar que habla en estilo elevado, pues también hacen el mismo efecto la agudeza del estilo sencillo y los adornos del moderado. El estilo elevado, por su mismo peso, las más de las veces oprime las voces, pero exprime las lágrimas. Así, pues, estando en Cesárea de Mauritania disuadiendo yo un día al pueblo de una lucha civil o, mejor, más que de una pelea civil, de una a la que llamaban «caterva», donde no solo los ciudadanos, sino también los parientes, los hermanos y, en fin, los padres y los hijos divididos en dos bandos, en cierto tiempo del año y por algunos días continuos, luchaban entre sí a pedradas y cada cual mataba al que podía; hablé en estilo elevado conforme a mis fuerzas, a fin de arrancar y expeler con este modo de hablar un mal tan envejecido y cruel de sus corazones; sin embargo, no me persuadí haber conseguido algún fruto, cuando oí sus aplausos, sino cuando los vi llorando, ya que por las aclamaciones conocí que entendían y se deleitaban, mas por las lágrimas indicaban que estaban vencidos. Tan pronto como vi que lloraban, di por desterrada, antes de demostrarlo en las obras, aquella costumbre inhumana, heredada de padres y abuelos y aun de otros antepasados, que como enemigo sitiaba o más bien poseía sus corazones. Inmediatamente finalizando el discurso, me dirigí a dar gracias a Dios con el corazón y la boca. Y desde entonces, que hace ocho o más años de aquello, por la misericordia de Dios, no se ha intentado semejante cosa en aquel pueblo. Por experiencia he conocido otras muchas circunstancias en las que hombres mostraron, no tanto con aplausos, sino más bien con gemidos, y alguna vez con lágrimas y, por fin, con el cambio de vida, el efecto que hizo en ellos la grandeza de una oración sabia.

54. También con el estilo sencillo se han cambiado muchos, pero sólo conociendo lo que desconocían y creyendo lo que les parecía increíble; mas no han cambiado para hacer lo que sabían debían hacer y no querían hacerlo. Porque para quebrantar esta dureza debe emplearse el estilo elevado. Asimismo las alabanzas y reprensiones, aun perteneciendo al estilo moderado, de tal modo afectan a algunos cuando han sido pronunciadas con elocuencia, que no sólo se deleitan en estas alabanzas o reprensiones, sino que también desean vivir alabados y huyen de vivir reprendidos. ¿Pero acaso todos los que se deleitan se mudan, como lo hacen los que se conmueven con el estilo sublime y como en el estilo sencillo todos los que son enseñados conocen o creen que es verdad lo que ignoran?

CAPÍTULO XXV

A qué fin debe ser encaminado el estilo moderado

55. De lo cual se deduce que lo que intentaban conseguir los otros dos géneros es lo más necesario para los que desean hablar sabia y elocuentemente. Mas lo que se pretende con el estilo moderado, a saber, que la elocuencia misma deleite, no se ha de intentar precisamente sólo por él, sino que por el mismo placer del discurso se determine a obrar más prontamente o se adhiera la mente más tenazmente a las cosas que honesta y útilmente se dicen, si los oyentes no necesitan de un discurso que mueva o enseñe por estar ya enterados y conmovidos. Como el oficio general de la elocuencia es, en cualquiera de estos tres géneros, hablar aptamente para persuadir, y el fin es persuadir con la palabra lo que se intenta, en cualquiera de estos tres géneros, habla sin duda el elocuente como conviene para persuadir, pero, a no ser que persuada, no consigue el fin de la elocuencia. Persuade el orador en el estilo sencillo, que es verdad lo que dice; persuade en el sublime para que se hagan las cosas que se conocen deben ser hechas y no se ponen en práctica; persuade en el moderado, que habla bella y elegantemente; pero ¿qué necesidad tenemos de este fin? Deséenle los que se glorían de su buen lenguaje y se jactan en los panegíricos y en otros semejantes discursos, donde no se trata de enseñar ni de mover a obrar, sino únicamente de deleitar al oyente. Nosotros ordenamos este fin a otro fin, es decir, que lo que pretendemos hacer cuando empleamos el elevado, esto mismo lo pretendemos en éste, a saber, que se amen las buenas costumbres y se eviten las malas; a no ser que los hombres se hallen tan alejados de este modo de obrar que sea preciso urgirlos a obrar con el estilo elevado; o si lo hacen, para que lo ejecuten con más interés y perseveren en ello más firmemente. Así se logra el que usemos del adorno del estilo moderado no con jactancia, sino con prudencia, no contentándonos con su propio fin que es únicamente deleitar al oyente, sino procurando más bien que este fin sirva de medio para ayudar al bien que intentamos persuadir.

CAPÍTULO XXVI

El orador debe intentar, en cada uno de estos tres géneros de estilo, que los oyentes le entiendan, se deleiten y se muevan

56. Aquellas tres cualidades que propusimos arriba diciendo que el orador que habla con sabiduría, si quiere también hablar con elocuencia debe procurar que se le oiga inteligente, agradable y obedientemente, no se han de tomar como si cada una se distribuya entre aquellos tres géneros de elocuencia, de suerte que pertenezca al estilo sencillo la inteligencia, al moderado el agrado, y al elevado la obediencia; sino que más bien el orador siempre ha de intentar estas tres cosas y, cuanto le fuere posible, llevarlas a cabo en cada uno de aquellos tres diferentes estilos en que hable. Como no queremos disgustar cuando hablamos en estilo sencillo, por eso queremos que se oiga no sólo con inteligencia, sino también con agrado. ¿Qué es lo que pretendemos cuando apoyamos con divinos testimonios lo que decimos, sino que se los crea, es decir, que seamos oídos con obediencia, ayudando a ello aquel a quien se dijo «tus testimonios se han hecho sumamente creíbles»?65 ¿Qué otra cosa desea el que expone a los oyentes, aunque sea en estilo sencillo, algo para ser aprendido, sino que se le crea? ¿Y quién tendrá deseos de oírle, si no retiene al oyente con alguna delectación? Si alguno no es entendido, ¿quién ignora que es imposible escucharle con gusto y con obediencia? Muchas veces el mismo estilo sencillo, cuando resuelve cuestiones dificilísimas y las presenta con claridad inopinada, cuando deduce sentencias ingeniosísimas y las saca de no se qué como cavernas, de donde nadie esperaba, cuando tritura el error del adversario y demuestra ser falso lo que había dicho el otro pareciendo ser irrebatible, sobre todo cuando acompaña al estilo cierta gracia no rebuscada, sino como natural, y alguna armonía en las cláusulas no afectada, sino como connatural y, por decirlo así, como nacida de las mismas cosas expuestas, levanta tantas aclamaciones que apenas se entiende que es estilo sencillo. Pues no porque se presente sin adornos y pelee sin armas, es decir, como desnudo, deja de estrechar con brazos nervudos al adversario, y de derribar y despedazar con sus miembros fortísimos la falsedad que le asediaba. ¿De dónde proviene que tan a menudo y en tal grado se aclame a los que hablan así, si no es porque la verdad así demostrada, así defendida, triunfante, deleita? Luego, en este estilo sencillo, ha de procurar nuestro doctor y orador hablar de modo que se le oiga no sólo inteligente, sino agradable y obedientemente.

57. También a la elocuencia del estilo moderado no la deja el orador eclesiástico inadornada, ni la adorna de modo inconveniente, ni busca que sólo deleite, única cosa que buscan los otros oradores, sino que, en las cosas que alaba o vitupera, quiere sin duda ser oído con obediencia para que apetezcan o retengan firmemente las primeras y eviten o rechacen las segundas; pero si no se le oye inteligentemente, tampoco podrá oírsele laudablemente. Por lo tanto, también en este estilo moderado, donde el fin principal es deleitar, se ha de procurar que tenga aquellas tres cualidades, a saber, que los que oyen entiendan, se deleiten y obedezcan.

58. Por fin, cuando es necesario mover y doblegar al auditorio con el estilo elevado, y lo es precisamente cuando confiesa que lo dicho por el orador es verdadero y deleitable, y, sin embargo, no quiere ejecutar lo que se le dice, sin duda hay que hablar con estilo sublime. ¿Pero quién se moverá si ignora lo que se le dice, o quién se detendrá a escuchar si no es deleitado? De donde se infiere que también en este estilo, en el que hay que doblegar a la obediencia el duro corazón por medio de la grandeza del estilo, si al que habla no se le oye con inteligencia y con agrado, no podrá ser oído con obediencia.

CAPÍTULO XXVII

Se oye con más obediencia al que practica lo que enseña

59. Para que al orador se le oiga obedientemente, más peso tiene su vida que toda cuanta grandilocuencia de estilo posea. Porque el que habla con sabiduría y con elocuencia, pero lleva vida perversa, enseña sin duda a muchos que tienen empeño en saber, aunque para su alma, es inútil66, según está escrito. Por eso también dijo el Apóstol: Siendo Cristo anunciado, no importa que sea por fingimiento o por celo de la verdad67. Cristo es la verdad y, sin embargo, puede ser anunciada la verdad con lo que no sea verdad, es decir, pueden predicarse las cosas rectas y verdaderas con un corazón depravado y falaz. De este modo es Jesucristo anunciado por aquellos que buscan su propio interés y no el de Jesucristo. Mas como los verdaderos fieles no oyen con sumisión a cualquiera clase de hombres, sino al mismo Señor que dice: Haced lo que dicen, mas no hagáis lo que hacen, pues dicen y no hacen, por eso oyen útilmente a los que no obran con utilidad. Procuran buscar sus intereses, pero no se atreven a enseñar sus procederes, a lo menos desde el alto puesto de la cátedra eclesiástica, que ha fundado la sana doctrina. Por eso el mismo Señor antes que dijese de estos tales lo que acabo de conmemorar, había dicho: Sobre la cátedra de Moisés se sentaron68. Luego aquella cátedra, que era de Moisés, mas no de ellos, les obligaba a pronunciar cosas buenas aun a los que no las hacían. Ejecutaban en su vida obras suyas, pero la cátedra ajena no les permitía enseñarlas.

60. Así, predicando lo que no hacen, aprovechan a muchos, pero aprovecharían a muchísimos haciendo lo que dicen. Porque abundan los que buscan abogados de su propia mala vida de entre sus prelados y maestros, diciendo en su corazón, y si a mano viene expresándolo con la boca: Lo que a mí me mandas, ¿por qué no lo haces tú? De aquí procede que no oigan obedientemente al que no se oye a sí mismo, y que desprecien, junto con el mismo que les habla, la palabra de Dios que les predica. Por esto, escribiendo San Pablo a Timoteo, después de haberle dicho nadie desprecie tu juventud, añade el modo de portarse para que no le desprecien: Sé tú el modelo de los fieles en la predicación, en la conducta, en el amor, en la fe, en la castidad69.

CAPÍTULO XXVIII

Se ha de atender más a la verdad de la doctrina que a la pulcritud de las palabras

61. Un orador que posee tales cualidades, para que se le oiga con obediencia, habla con toda razón no sólo en estilo sencillo y moderado, sino también en el sublime, por no vivir despreciablemente. Porque, de tal suerte elige la vida buena, que al mismo tiempo no descuida la buena fama, sino que, en cuanto puede, provee al bien delante de Dios y de los hombres70, temiendo a Dios y mirando por el bien de los hombres. En su mismo sermón, ha de querer agradar más con la doctrina que con las palabras, y ha de juzgar que sólo habla mejor cuando dice la verdad, sin consentir que el orador sea un mero lacayo de las palabras, sino que las palabras sirvan al orador. Esto es lo que dice el Apóstol: No en sabiduría de palabras, no sea que quede vacía la cruz de Jesucristo71. Para esto sirve también lo que dice a Timoteo: No disputes con palabrería, pues no sirve para nada, sino para trastornar a los oyentes72. Mas esto no se dijo de tal modo que al combatir los enemigos la verdad nos callemos nosotros sin salir en su defensa, pues entonces, ¿a dónde queda lo que entre otras cosas dice cuando expone lo que el obispo debe ser, a saber, que sea poderoso en la sana doctrina, y replique a los que la contradicen?73 Contender en palabras es no procurar que la verdad venza al error, sino que tu lenguaje se prefiera al del otro. Ahora bien, el que no contiende por palabras, ya hable con estilo sencillo, moderado o sublime, lo que intenta es que la verdad se patentice, que la verdad deleite, que la verdad conmueva; porque ni aun la misma caridad que es el fin del precepto y la plenitud de la ley74, puede ser en modo alguno recta, si las cosas que se aman no son verdaderas, sino falsas. Así como el que tiene el cuerpo hermoso y el alma fea es más digno de que se le compadezca que si tuviera también el cuerpo feo, de igual modo los que hablan elocuentemente cosas falsas son más dignos de conmiseración que si hablasen tales cosas chabacanamente. ¿Qué es, pues, hablar no sólo con elocuencia, sino también con sabiduría, sino emplear palabras adecuadas en el estilo llano, brillantes en el moderado y vehementes en el sublime, pero aplicadas siempre a cosas verdaderas que convengan ser oídas? El que no pueda las dos cosas diga con sabiduría lo que no pueda decir con elocuencia, antes que decir con elocuencia lo que no dice sabiamente.

CAPÍTULO XXIX

No se ha de reprochar al orador que predica un sermón escrito por otro

Y si ni aun esto puede, viva de tal modo que no sólo granjee para sí el premio divino, sino que también sea ejemplo para otros, siendo de esta manera su modo de vida como la exuberancia de su elocuencia.

62. Hay algunos que pueden muy bien declamar, pero son incapaces de componer lo que han de decir. Por lo tanto, si éstos, al tomar lo que sabia y elocuentemente fue escrito por otros, lo aprenden al pie de la letra y lo declaman al pueblo, no obran mal representando este papel. Pues de esta manera se constituyen muchos predicadores de la verdad y no muchos maestros, lo que sin duda es cosa útil, pero siempre que todos digan lo mismo del único y verdadero Maestro, y no haya división entre ellos75. Estos no se han de aterrar por las palabras del profeta Jeremías, por quien Dios reprende a los que usurpaban las palabras de su prójimo76Porque los que hurtan toman lo ajeno, mas la palabra de Dios no es ajena para los que la obedecen. Más bien el que habla con palabras ajenas es el que habla bien y vive mal, pues todas las cosas buenas que dice parecen extraídas de su propio ingenio, pero son ajenas a sus costumbres. El Señor dijo que robaban sus palabras los que intentaban aparecer buenos hablando las cosas de Dios, siendo en realidad malos haciendo las obras de ellos. Pero si bien reflexionas, éstos no dicen las cosas que dicen, porque ¿cómo dirán con palabras lo que niegan con obras? No en vano el Apóstol dijo de éstos: Confiesan que conocen a Dios, pero lo niegan con hechos77. Luego ellos en cierto sentido lo dicen y en otro cierto sentido no son ellos los que lo dicen, y lo uno y lo otro es verdadero, como lo dice la misma Verdad. Pues hablando de los tales dice: Las cosas que dicen hacedlas; las que hacen, no las hagáis; es decir, haced lo que oís de su boca, mas lo que veis en sus obras no lo hagáis, pues dicen y no hacen78Luego, aunque no lo hagan, sin embargo lo dicen. Pero reprendiendo a éstos en otro lugar: Hipócritas, les dice, ¿cómo podéis hablar cosas buenas siendo malos?79 Por lo tanto, las cosas buenas que dicen cuando las dicen, no son ellos los que las dicen, porque con su voluntad y con sus obras niegan lo que dicen. De aquí se deduce que, si un hombre elocuente y malo compone un sermón en el que se anuncia la verdad, el cual ha de ser predicado por otro no elocuente pero bueno, se verifique entonces que el uno da lo que era ajeno de él, y el otro recibe del ajeno lo suyo. Mas cuando los buenos fieles prestan este trabajo a otros buenos fieles, ambos dicen cosas propias de ellos, porque Dios, de quien son las cosas que dicen, es igualmente de ellos y hacen suyas las cosas que no pudieron componer los que viven con arreglo a ellas.

CAPÍTULO XXX

El predicador debe antes orar ante Dios

63. Cuando un orador tenga que hablar al pueblo o a un grupo más reducido, o dictar lo que se ha de decir públicamente, o lo que se ha de leer por otros —si quieren y pueden—, ore para que Dios ponga en sus labios palabras propicias. Porque si la reina Ester, que había de hablar al rey en favor de la salud temporal de su pueblo, oró para que Dios diese a sus labios palabras convenientes80, ¿cuánto más debe orar, a fin de que reciba tal don, el que trabaja con su palabra y doctrina por la eterna salud de los hombres? Aquellos que han de decir lo que recibieron de otros, también oren antes de recibirlo por aquellos de quienes lo reciben, para que se les dé lo que por ellos desean recibir. Y una vez recibido, oren a fin de que ellos mismos lo pronuncien como conviene y lo tomen aquellos para quienes lo pronunciaron. Y, finalmente, den gracias por el feliz éxito del sermón de Aquel de quien no dudan que recibieron el don de hablar, para que así el que se gloría se gloríe en Aquel en cuyas manos estamos nosotros y nuestros discursos81.

CAPÍTULO XXXI

Se disculpa de lo largo del libro

64. Este libro ha salido más extenso de lo que quería y pensé. Pero, para el oyente o lector que le resulte grato, no es largo. Al que le sea largo, léalo por partes, si quiere conocerlo. El que tiene pereza por conocerlo no se queje de su extensión. Yo doy gracias a Dios por haber tratado en estos cuatro libros, según mi poca capacidad, no sobre lo que yo soy, pues me faltan muchas cualidades para orador, sino sobre lo que debe ser el que se dedica a trabajar en la sana doctrina, es decir, en la cristiana, no sólo para sí, sino también para otros.

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