El sínodo: entrevista a Anca María Cernea, la auditora rumana en el sínodo sobre la familia

¿Cuál era su estado de ánimo cuando comenzó el sínodo? ¿Qué resultados esperaba en relación a las familias que la rodean o aquellas con las que se topa en su trabajo? 

Yo había seguido el desarrollo del sínodo del año 2014 sin formar parte de las sesiones, pero en vista de los textos publicados y del documento final sobre el cual debíamos trabajar este año, el Instrumentum Laboris, que es extremadamente confuso y complicado y que al que no le faltaban incluso errores graves, llegué a Roma ansiosa por lo que iría a pasar. 
Esperaba que el sínodo emitiera un mensaje claro reafirmando la doctrina de la Iglesia, pero que eso fuera a ocurrir no era en modo alguno evidente.
Este año, Ud. concurrió como oyente. ¿Puede explicarnos en qué consistía su trabajo? 
La asamblea del sínodo está compuesta por los padres sinodales, los expertos y los oyentes. Nosotros, entre hombres y mujeres, constituímos un cuerpo de 51 oyentes repartidos en 13 “círculos menores” encargados de estudiar el documento de trabajo, el “Instrumentum Laboris”. Personalmente me tocó formar parte de un círculo anglo-parlante. No votábamos pero se nos permitía intervenir en las discusiones de los círculos, y de igual manera, pasada la asamblea plenaria del 16 de octubre, se nos otorgó el derecho a tres minutos de intervención.
¿Podría decirnos qué ambiente percibió cuando las deliberaciones? ¿Y decirnos algo sobre la organización en general?
El ambiente no era apacible, por decir lo menos, sino que había un clima tenso. Una tensión cuando los debates principales, pero también en razón de la falta de transparencia que lo ha caracterizado todo. Durante los primeros días, en varias oportunidades hubo reacciones debido a que los procedimientos no habían sido definidos con precisión, notablemente en el caso de los 10 oficiales designados para redactar el documento final, y la duda que había de si ese documento final sería publicado o no. En lo que a mí me toca, quedé sumamente sorprendida y escandalizada al comprobar que el reporte de la primera semana de trabajo no reflejaba fielmente nuestras discusiones cuando precisamente eso era lo que debía reflejar; en cambio allí más bien se formulaba el parecer del redactor. Diría que esta manera unilateral de presentar los debates se manifestó de manera más chocante con el reporte de la tercera parte del sínodo.
Aun cuando las discusiones resultaban difíciles, quizás más en nuestro círculo que en otros, las más de las veces los argumentos que se postularon fueron tenidos en cuenta y así hubo pequeñas victorias parciales para quienes defendían la enseñanza tradicional de la Iglesia. 
En lo que se refiere al reparto de nuestros estudios a lo largo de tres semanas, hay que decir que la carga de trabajo era enorme y que la segunda mitad del documento—la más importante, la que incluía los puntos más importantes—no fue abordada sino durante unos pocos días después de la tercera semana. Por otra parte, la agenda recargada para cada día de trabajo no permitía el ocio necesario como para poner en perspectiva temas esenciales que en general se dejaban para las últimas horas del día. 
Recuerdo en particular una tarde en la que dos cardenales de nuestro grupo que hasta entonces habían brillado por su ausencia—porque formaban parte del grupo de los diez encargados de redactar el documento final—llegaron justo para tratar un asunto al que ellos, al igual que otros padres sinodales de los países occidentales, parecían asignar mucha importancia: el párrafo sobre los homosexuales y, en general, el modo en que el documento debía hablar sobre la homosexualidad. En ese momento pude constatar que cualquier discusión se tornaba inútil, puesto que la mayoría de los padres, que dominaban el debate en nuestro grupo, parecían haber establecido su posición de antemano y no tenían ningún interés en escuchar otros argumentos. Daba la impresión de que ya habían decidido de antemano que resultaba absolutamente indispensable mencionar a los homosexuales en el documento sobre el Sínodo de la Familia, y de hacerlo de manera positiva, limitándose a decir que no había que “discriminarlos”. Cuando me dio por insistir que se recordara también el párrafo del Catecismo de la Iglesia Católica que dice que los actos homosexuales son pecaminosos terminaron por hacerme callar la boca—siendo que en otras discusiones me habían permitido hablar e incluso alentado a hacerlo. 
Otro punto dificultoso fue el del lenguaje: los niveles de conocimientos de lenguas eran desiguales y algunos participantes no podían seguir el hilo de las discusiones ni por tanto intervenir como habrían querido. Este problema también se puso de manifiesto cuando el desenlace del sínodo puesto que mientras las discusiones que se habían mantenido durante tres semanas en grupos divididos lingüísticamente, el reporte final no fue remitido a los padres sinodales sino en italiano, lengua que sólo dominaban una cuarta parte de ellos, tres de los trece círculos menores. Con muy poco tiempo para estudiar dicho reporte—desde la tarde del jueves 22 de octubre hasta las 13:00 hs. del día siguiente—debían, para poder postular, si cabía, eventuales enmiendas, estudiar un texto complejo en una lengua que la mayoría no conocía: ¡era prácticamente imposible! Uno se podría preguntar hasta qué punto la falta de transparencia y las limitaciones de tiempo no formaban parte de una estrategia definida de antemano…
De modo que Ud. contó contaba con 3 minutos de tiempo para expresarse en la sesión plenaria del 16 de octubre. Su intervención ha sido publicada. Constituye una advertencia muy enérgica, tanto al Papa como a los padres sinodales. ¿Por qué este llamado de atención? 
Me pareció que había que hacer oír urgentemente la voz de los los católicos que no se hallan interpretados por el lenguaje ideológico del Instrumentum Laboris. De entrada reconocí en aquel documento de trabajo un lenguaje que me resultaba familiar puesto que había vivido en un país gobernado por un régimen comunista, régimen que hizo sufrir mucho a mi familia. 
Traté de llamarle la atención a los de mi grupo de trabajo señalándoles estos términos que connotan conceptos ideológicos que no tienen nada que ver con el Evangelio sino que provienen de la ideología, sobre todo de la ideología marxista. 

El Instrumentum Laboris no identifica las verdaderas causas de los males que afectan hoy en día a la familia. Más allá de los factores económicos y sociales, antes que nada hay que ver que la primera de todas las causas de esos males reside en la revolución sexual y cultural, los que a su vez responden a una ideología. Estamos hablando siempre del marxismo más que nada, bien que se trata de un marxismo cultural y que constituye un epifenómeno del marxismo clásico. Mientras que este último se proponía reformar la sociedad mediante la violenta expoliación de la propiedad, la Revolución en nuestros días va más allá, pretendiendo redefinir a la familia, a la identidad sexual y a la naturaleza humana. Se trata de una estrategia de erosión moral. Pues bien, le corresponde a los pastores en cuanto su misión es la de salvar las almas, reconocer los errores y denunciarlos y no integrarlos al discurso de la Iglesia. Se trata de una batalla espiritual. La misión de la Iglesia consiste en identificar al enemigo e indicar la manera de combatirlo. 

Por otra parte, hubo varias intervenciones entre las que destaco las de Mons. Fülöp Kocsis, el arzobispo metropolitano de Hajdüdorog (Hungría) para los católicos de rito bizantino y presidente del Consejo de la Iglesia Húngara, que ha subrayado enfáticamente que estábamos ante un combate espiritual. Los desafíos que enfrentan las familias católicas son los mismos que los de ayer, los mismo que ha enfrentado la Iglesia a lo largo de los siglos. Esta ideología da en autocalificarse como progresista, mas no es sino una nueva forma del antiguo gnosticismo, de la rebelión contra Dios y contra el orden de su creación, la antigua sugerencia de la serpiente de que el hombre se haga cargo de los controles, que se ponga en lugar de Dios. Nuestra Iglesia ha sido oprimida por la ocupación soviética, y sin embargo ninguno de nuestros doce obispos ha traicionado su comunión con el Santo Padre. Nuestros obispos han pedido a la comunidad que no sigan al mundo. Es lo que nosotros mismos le pedimos a Roma. De allí nuestra voz de alarma. Si la Iglesia Católica cede al espíritu del mundo, para los demás cristianos va ser muy difícil hacerle frente. 
El sínodo termina. Después de estas tres semanas de trabajos que Ud. ha vivido como oyente de forma muy intensa, ¿qué supone que saldrá de todo esto?
A la larga, tenemos esperanza. Sabemos que la Iglesia cuenta con las promesas de Cristo y que las puertas del infierno no prevalecerán. Mas, aun sabiendo que no prevalecerán, eso no quiere decir que no pueden hacer mucho mal. Es por esto que debemos actuar y no conformarnos con esperar un milagro. Confiar en la asistencia del Espíritu Santo, por cierto que sí, pero también rezar y actuar para salvaguardar la fe. 
En efecto, a la corta, la batalla parece muy difícil. Incluso si hubo una clara mayoría de padres sinodales que han defendido la doctrina normal de la Iglesia y que han hecho suprimir lo que era inaceptable en la redacción original del Instrumentum Laboris, el documento final del sínodo corre el riesgo de quedar redactado en términos extremadamente confuso: y yo creo que de esta confusión no puede salir ningún mensaje claro. Será fácil para los que quieren implementarlo según su antojo y de acuerdo a planes que ya tienen premeditados. En medio de todo esto, habrá que conservar la cabeza fría y no dejarse engañar con ilusiones.
Extraído de Correspondance Européenne
Entrevistó Marie Perrin
Tradujo Jack Tollers

Fuente: http://corrispondenzaromana.voxmail.it/user/hgdfd0/show/jdrhn?_t=82484c08

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