SOBRE LA DESCOMPOSICIÓN DE LA CONCIENCIA HISTÓRICA DEL CATOLICISMO

SOBRE LA DESCOMPOSICIÓN  DE LA CONCIENCIA HISTÓRICA DEL CATOLICISMO*

Mario Góngora

Dentro del proceso mayor de autodemolición de la Iglesia visible-la invisible es imperecedera, según la fe- el aspecto que más impresiona al gran público es la atracción por el marxismo de buena parte de los católicos. Lo había presentido ya Bernanos en 1926: “Una nueva invasión modernista comienza y ya vemos sus furrieles. Cien años de concesiones, de equívocos, han permitido que la anarquía se entable profundamente en el clero….creo que nuestros hijos verán el grueso de las tropas de la Iglesia del lado de las fuerzas de la muerte. Yo seré fusilado por sacerdotes bolcheviques que tendrán en el bolsillo el “contrato social” y en el pecho la cruz”.  Mas, al fondo de esa atracción –por cierto de extrema gravedad espiritual, pero quizá sólo resultado final- debe de estar en marcha un enorme proceso de descomposición. Han hablado de él pensadores eclesiásticos como Lubac, Urs von Balthasar, Maritain, Daniélou. Nosotros queremos detenernos en estas líneas en la sucinta consideración de un fenómeno ya vasto de suyo, a saber, el desvanecimiento progresivo del nexo histórico que constituye esencialmente la “conciencia católica”. Pues el catolicismo no es un representante entre otros del género “cristianismo”, sino que es una cualidad espiritual muy determinada que ha tenido por siglos la Iglesia: a saber, una plenitud en el espacio del mundo, pero sobre todo en el tiempo de la historia, de suerte que se los anexa íntegramente. Es una cualidad que posee, naturalmente, la Iglesia griega, pero no siempre los Protestantismos. Esa cualidad es posible que se esté ahora perdiendo. Ya es curioso que el nombre de “católico” vaya cayendo tan notoriamente en desuso en los últimos años. Quisiéramos considerar algunos aspectos de tal proceso.

HISTORICISMO EN MAL SENTIDO

Peter Wurst  soñaba en 1929 sobre lo que podría ser una reconquista del mundo moderno por la Iglesia: “De cierto, nosotros los católicos necesitaríamos en primer lugar de un pequeño círculo intelectual, estrictamente católico, religioso y espiritualmente cerrado, como fuente de una nueva formación substancial, una especie de  Círculo de George católico, en que el punto central no fuese George, sino Cristo. A partir de este círculo, orando, deberíamos llegar a configurar algo nuevo (que sería en el fondo más antiguo que nuestros antepasados), en medio de este mundo desesperado. Ante lo cual los demás hombres retrocederían con veneración, y luego serían arrastrados por ello. Pasaría largo tiempo antes de que viésemos los frutos, pero los frutos vendrían algún día”. Algo así también pensaría Maritain cuando en su “Antimoderne” escribía que para él “antimoderno” equivalía a “ultramoderno”.

   Pero la historia del masivo aggiornamento eclesiástico desencadenado desde la década de 1960 hamostrado una faz harto diferente.

    Destaquemos desde luego en él un rasgo saliente, a saber, el tipo más corriente de historicismo. Se afirma que todo acontecimiento, forma, movimiento de orden espiritual es “explicable” por tendencias mayores o “influencias”, por el cuadro dominante de la respectiva época. Lo individual más profundo y auténtico queda así, por cierto, eliminado; y junto a él la herencia espiritual y la tradición histórica. Pues las grandes tendencias dominantes, sujetas a la ley de caducidad temporal, incorporadas a desarrollos ascendentes, a disgregaciones o a meros cambios, arrastrarían consigo, según este tipo de historicismo, a todo valor espiritual producido bajo su signo.  Lo que se ha creído por todos, siempre y en todas partes: en ello consiste la tradición eclesiástica , según la definición célebre de Vicente de Lerins. Aplicada tal fórmula a la tradición histórico-universal, mutatis mutandis, eso  implica que ella está obrando perennemente, siglos o milenios después de su origen; como actúan por ejemplo la Biblia, Platón, Aristóteles, que son según Goethe  los ejemplares más altos de tradiciones históricas. El relativismo, introducido en el pensamiento eclesiástico sobre todo a partir del modernismo de fines del siglo pasado y comienzos de éste, significa la negación de la perennidad de la tradición y de la veracidad de los relatos bíblicos, a los cuales se aplica el método histórico-crítico en sus formas más disecadoras y positivistas. Tales tendencias son las hoy día triunfantes.

Pero en tanto que el relativismo historicista de la historiografía profana era un esfuerzo probo y neutral, su uso por la intelligentsia católica postconciliar (usando este adjetivo en su sentido enfático, ideológico) está impregnado de un verdadero odio o de cierta desdeñosa condescendencia frente a todo el pasado de la Iglesia, particularmente ante ciertas épocas, movimientos, actitudes o estilos. Píensese por ejemplo en cómo se habla o como se escribe en revistas como “Concilium”, (tan representativa como mediocre) del “Constantinismo”, de la Cristiandad, de la teocracia medieval, de la Roma del Barroco, del siglo XIX eclesiástico, del tema del “ desprecio del mundo”, etc. La relativización no esconde el ansia por renegar de todo vínculo interior con ese pasado; el resentimiento se despliega en proporciones insospechadas desde fuera.

Se han señalado en la historiografía eclesiástica dos grandes orientaciones teóricas. La concepción de la Tradición- la primera de ellas-, según la cual la idea originaria se ha transmitido con detrimento a lo largo de las generaciones, manteniéndose sustancialmente la misma “lectura” a través de los tiempos. Del otro lado, la concepción de una Decadencia, de una inflexión descendente, de una pérdida de fidelidad, producida desde cierto instante. Este suele situarse, ya al fin de la Iglesia Primitiva, ya con la recepción de la Filosofía helenística, ya durante el reinado de Constantino, ya en fin con la Teocracia del siglo XI. Esta segunda visión ha sido siempre la propia de las sectas reformadas o espiritualistas; aquélla, de la ortodoxia. 

La actitud ideológica característica de los católicos “post-conciliares” frente a la historia eclesiástica tendería, pues, al modelo de la Secta, no al Catolicismo como idea. No parece haberse producido tal actitud global de resentimiento en anteriores reformas intraeclesiásticas. En la de Cluny o en la de Trento, se sabe de condenaciones a “abusos” particulares que se querían extirpar, pero no de un viraje radical ante el pasado; nunca se dijo entonces, como ahora se ha escrito, que aunque sigamos repitiendo los mismos textos que leyeron nuestros antepasados, los pensamientos que vinculamos a ellos son sustancialmente diferentes. En el preciso momento de las declaraciones ecuménicas y del acercamiento a otras confesiones, hay un ecumenismo que se rehúsa: el de la identidad con el propio pasado de la Iglesia Católica.

La repristinación de la Iglesia Primitiva, que se aduce tantas veces para repudiar los eslabones intermedios, queda sin embargo subordinado a su vez a una actitud   “modernizadora” que la falsea y deforma. Un aspecto del relativismo historicista, la dependencia del momento presente en la recepción de todo bien espiritual proveniente del pasado, ha sido inequívocamente aceptado por los más radicales. G. Browman ha escrito en 1969 en “Concilium” que “nuestra tarea es más bien interpretar nuestra propia época de manera creyente, y después leer e interpretar la Escritura a partir de esa interpretación contemporánea de la vida”. Imposible afirmar mas inequívocamente el primado de la “actualidad” sobre las escrituras, que la Ortodoxia define como revelación de lo “totalmente otro”, lo irreductiblemente sobrenatural a pesar de los vocablos humanos. 

Quizás no todos sean conscientes de este fatal resultado del aggiornamento, pero la misma tendencia está implícita en tantas traducciones modernizadoras de textos bíblicos que se leen durante la Misa(así, en la versión española, el famoso término paulino de “carne”, religiosamente tan capital, pasa a ser el “egoísmo”, trivialmente moralizador). De esta suerte, el argumento de que se repudia la tradición para regresar al origen, queda a su vez viciado, porque el origen se reinterpreta o traduce según los gustos del instante presente. El círculo recorrido en vano prueba hasta donde es erróneo el principio relativista y positivista histórico para la comprensión viva y fiel de cualquier movimiento espiritual.  Maurice Blondel  en Histoire et Dogme demostró, contra Loisy, buena parte de las insuficiencias del historicismo en historia eclesiástica, cuando esta es concebida como disciplina religiosa, pero todavía no se divisaba, en 1901, el peligro de la modernización conscientemente deformadora de los mismos textos bíblicos.

La pérdida de la vinculación católica al pasado coincide con el debilitamiento de la Romanidad de la Iglesia. El poder papal ha cedido frente al episcopal que a su vez, casi fatalmente, tiende a subordinarse a influencias nacionales (como ocurre tanto en las iglesias grecoorientales) o a ideologías transnacionales. La reforma cluniacense-gregoriana se hizo justamente para rescatar a las autoridades eclesiásticas de potencias extracanónicas; y hoy día se recorrerá muy probablemente el camino inverso, el de sujetar a la Iglesia a poderes laicos. La pérdida del latín como lengua ritual conspira al mismo fin de fortalecimiento de las Iglesias nacionales.

Roma era el vínculo de Occidente con la Antigüedad greco-romana y mediterránea en general; a través de ella el “ Extremo Occidente” que es Europa se mantiene todavía vinculado a las más viejas ideas y culturas asiáticas. El servicio precioso del Romanismo medieval fue preservar esta tradición rectora. Luego, las conquistas ibéricas, las colonizaciones francesas, las misiones, prolongaron en los tiempos modernos esta perpetuación ideal del Imperio Romano. La imagen cósmico antigua y medieval había sido quebrantada por la Ciencia Natural del siglo XVII: pero la Iglesia Romana, con tenacidad (bien que entonces sin nueva creación) rehusó durante siglos sancionar la nueva ciencia y sus consecuencias nihilistas para el hombre, como diría Nietzsche. A un universo sacral de la poética divina –ha escrito Alphonse Dupront- descubierto a la contemplación y a la sumisión del hombre, sucede un mundo heroico y profano de la conquista del objeto, necesariamente compartimentado, carente de correspondencias místicas: la Iglesia se replegó entonces sobre lo esencial, el depósito de la fe, la liturgia conservadora de las unidades fundamentales. Todavía el siglo XIX está ilustrado por los grandes conversos que descubren ese tesoro  tras de las apariencias lamentables, de que tanto se burla el católico de hoy, alegremente sometido al relativismo histórico. Modelo grecorromano, Catolicismo cultural y eclesiástico, universalismo, parecen desvanecerse frente a un inorgánico internacionalismo hoy en boga.

DISTORSIÓN DE LA ESCATOLOGÍA

Se conoce bien el proceso el proceso histórico por el cual las primeras esperanzas escatológicas de a Parousía y del Reino empalidecieron progresivamente, no sin crisis y violentas erupciones. Hacia los siglos XIII y XIV se constituyó una situación en que la Iglesia jerárquica y sacramental “es ya” el Reino, simbólica y jurídicamente; su perfección real se daría para cada hombre en el Más Allá, en la Iglesia Triunfante; el juicio final no era sino la sanción solemne del encuentro ya consumado para cada alma. La efervescencia de una escatología realizada en el futuro histórico terrestre sólo se mantiene en el mundo subterráneo de las sectas o de los pensadores solitarios de tipo Joaquinista o Milenarista.

Todo pareció cambiar en los años recién pasados, al multiplicarse los textos litúrgicos referentes a la segunda venida. Pero casi enseguida, también, se produjeron las falsificaciones que empañaron los efectos espirituales de este redescubrimiento y abrieron nuevos peligros.

En primer lugar, la nueva conciencia escatológica se torna gregaria, hostil al alma individual. “Privatización”, “intimismo”, han pasado a ser algunos de los slogans insultantes de moda en la literatura eclesiástica. Ya en el siglo pasado se veía venir el derrumbe del hombre interior: lo sentía así Jacobo Burckhardt, ante el avance de las realidades masivas: democracia cesarismo, dimensiones colosales, afán de lucro, socialismo. Pero que ese derrumbe fuese  también aceptado en el interior de la Iglesia, no era tan fácil de prever. El evangelio habla incesantemente de la oración individual y se enseña el valor supremo de cada alma ante Dios, capaz de contrapesar-paradójicamente- a todas las otras: no existe en el orden evangélico la ley de la mayoría. Por otra parte, el dogma de la Comuniónde los Santos afirma a la vez el papel esencial de cada alma, y la existencia de vasos comunicantes, de misteriosos equilibrios dentro de la iglesia. Ni un alma es medio para otra, ni para el total, como tampoco el todo es un medio para los individuos: sino que se da a la vez una soledad y una solidaridad indescriptibles, a pesar de las distancias del espacio y del tiempo.

Hay una ubicuidad de cada uno en el juego global de la historia, un simbolismo propio de cada hombre, sobre el cual han escrito cosas admirables Leon Bloy  y Pierre Emmanuel.

Pues bien, el actual sentimiento escatológico de los católicos postconciliares, aunque implique tal vez un paso positivo en alguna dirección, yerra al repudiar o silenciar la individualidad. Ello se denota en la franca aversión a la oración individual, a la mística y al culto de los santos. Sin embargo, los santos son figuras del orden venidero, del “siglo futuro” dentro de las circunstancias del mundo histórico, son anticipaciones. Un genuino “humanismo cristiano” tendría que admirarlos, como hombres modelos, y cuidar de su gloria; pero ése repele al gregarismo dominante, que aborrece la gran personalidad. Los iconoclastas no aceptan que la gloria de Cristo participada e irradiada a otras figuras humanas se incrementa en vez de disminuir. Son enemigos de todo lo helénico dentro del Cristianismo, de toda figuración. Sin embargo, esos modelos han alimentado en todo tiempo a multitud de hombres: la individualidad n orientada por modelos valiosos se deseca en un atomismo espiritual. Bloy aconsejaba como lectura, después de la Biblia, las vidas de los santos, “por imbéciles que fuesen”.

Un rasgo muy patente del nuevo escatologismo o milenarismo es su activismo, su fe en las fuerzas humanas, su confianza en que mediante ellas se “construye” el Reino de Dios. Es un tiranismo influido por el espíritu fáustico propio todavía del genio europeo extendido hacia Norteamérica y Rusia; su formulación mas difundida dentro del catolicismo actual proviene sin duda de Teilhard.

Sin embargo, nos parece evidente que la Escatología neotestamentaria es supranaturalista. La contraposición entre Dios y el mundo, entre el Arriba y el Abajo –tan insistentemente marcada sobre todo en el Evangelio y Epístolas de Juan- no podrá ser borrada de los textos; todas las visiones apocalípticas muestran el Reino o la Jerusalén celestial descendiendo de lo alto, como un símbolo opuesto a la Torre de Babel; Jesús afirma de sí “Yo soy de arriba, vosotros sois de abajo”. Todo esfuerzo y trabajo humano tiene que desembocar, en la concepción neotestamentaria, en el “siervos inútiles somos”. Lejos de haber continuidad entre una construcción titánica supuestamente cristiana, y la llegada del nuevo orden, está dicho que cuando vuelva el Hijo del Hombre, acaso no habrá Fe sobre la tierra.

Íntimamente relacionada con la inspiración titanista de este tipo de Catolicismo está su propensión a la política. Podrá parecer, claro está, que ello no es sino la prolongación de un modo secular de la Iglesia Romana. Es cierto que la partie honteuse del Catolicismo, la inevitable pequeñez que acompaña a sus grandezas, ha sido la figura del clero político. En el mundo Hispanoamericano, en especial, la falta de una tradición espiritual y contemplativa hace resaltar más, por contraste, hasta lo pintoresco, el tipo del cura guerrillero de los siglos XIX y XX, que en el siglo pasado luchaba por el Rey o por la Patria, por el Conservantismo o el Liberalismo, y hoy día por el socialismo o la supuesta “liberación”.

Pero en la actual politización de la Iglesia, aparte de los viejos hábitos, hay nuevos caracteres, que derivan de movimientos nacidos al margen de las jerarquías institucionales y que traen temas insurreccionales. El leit motiv del milenarismo político en boga es la Pobreza. A diferencia de los movimientos de pobreza apostólica de los siglos XII y XIII, que huían del mundo hacia la soledad, o hacia formas nuevas de fraternidad, el movimiento actual quiere remodelar el mundo para entregar el poder a “los pobres” identificados sin más con el proletariado, una de las fuerzas más hercúleas de nuestra época apoyado por potencias políticas de primer orden. Se llama hoy día amor por la pobreza a una cosa harto más diversa de la que sentía un San Francisco, porque usa de medios poderosos y trae a sus sostenedores prestigio e influencia en la opinión pública, mientras que el santo del siglo XIII era perseguido como un loco.

No faltan los exegetas que sostengan que los “pobres de Israel” y del Evangelio eran una clase social, impugnando la tesis tradicional de que eran “pobres de espíritu”, como dice el texto de Mateo, de ánimo contrito y humilde, siendo el nivel económico de pobreza una situación apta para que se encendiera tal ánimo, pero en modo alguno su constitutivo. Se combate con furia esa interpretación tradicional, por odio al pobre paciente, y por afán de ver a Dios actuando en una supuesta lucha de clases. Se quiere mirar el Nuevo Testamento a la luz del Viejo, para asimilar el pueblo espiritual del Evangelio al terrestre de Moisés. Pero no será nunca tarea muy fácil presentar como luchador social a un hombre que justificó el derroche de un líquido precioso en su honor, en lugar de que se gastara en provecho de los pobres, pues “siempre habrá pobres entre nosotros”. Como escribió León Bloy –un pobre- “Jesús ha venido por los pobres, decía. Sin duda, pero también vino por los ricos, a fin de que se hiciesen pobres por amor, y no podéis ignorar que centenares de miles de santos han obedecido, Jesús ha venido por las ALMAS, eso es lo que debe decirse”.

Ha surgido, pues, un escatologismo intramundano y secular, que distorsiona la figura del Cristo y también la noción de la pobreza, en pro de consignas políticas contemporáneas, produciendo toda una pérdida de sustancia espiritual de la Iglesia.

Ejemplos históricos de tales oleadas muestran que se trata de movimientos fanáticos muy devastadores material y anímicamente, pero rápidamente desgastados. Así, innumerables oleadas en la Alta y Baja Edad Media, una de las ramas del Hussismo; el evangelismo durante la Guerra Campesina alemana: el Anabaptismo de Münster. Vale la pena recordar la seriedad con que Lucero tomó los textos Neostamentarios frente a sus eventuales partidarios, durante la Guerra Campesina.Reconoció los agravios cometidos por los señores, y la justicia de las quejas de los aldeanos, pero les negó, sin embargo, el derecho a invocar la libertad evangélica en apoyo en la rebelión, porque la libertad cristiana-mantuvo- es espiritual y no carnal, y los campesinos, al violar ese principio, ponían al Evangelio en mayor peligro que el Papa y el Emperador.

Sincretismo

Todo el peso de la propaganda en una civilización de masas hace que la política eclesiástica se concentra más y más en fines temporales: la Paz, el desarrollo, o bien, en las alas radicales, el Socialismo. Esas metas vienen a importar mucho más en la conciencia que las verdades últimas. El mundo neo-modernista. Ha escrito Maritain, se quiere cristiano, pero ha cesado de creer en la Verdad. No era por cierto así en el primer Cristianismo. San Pablo exclamaba que aunque él mismo, o un ángel del cielo, predicasen algo opuesto a lo que él les había enseñado, no debían ser escuchados. Las Epístolas de Juan y el Apocalipsis precaven y amonestan con igual gravedad contra el error y la conformidad con la existencia del error dentro de la Iglesia. El Cristianismo primitivo está lejos de profesar el vago “evangelismo” que se supone; era por el contrario, claramente dogmático. Entendiendo, sí, por dogma la expresión de la revelación en conceptos análogos, no plenamente adecuados, pero verdaderos, de suerte que se mantenga toda la vida de la verdad, sin reducirse a meras fórmulas o resúmenes de la revelación.

 Hoy día retrocede el celo por la verdad ante el además del diálogo y la búsqueda de la paz ante todo. La idea de que los individuos, los pueblos o la iglesia sólo pueden “formarse” cuando la vida se hace obediente a la verdad se ha hecho más y más extraña. Se supone que el contacto y el diálogo harán brotar la verdad sin que ésta se enuncie; que es preferible no mencionar a Dios, que él volverá a resurgir espontáneamente de la comunicación humana. Se ha abandonado, en eras del diálogo y como supuesto necesario de éste, la oposición tajante Bien-Mal, y desde luego la lucha de Dios con su Adversario, lucha ya no ética, sino cristiana y escatológica. (Leopoldo Ziegler ha escrito que la paz a que aspira el cristianismo, el orden temporal del mundo, está inscrito en una guerra escatológicamente por la salvación de los hombres y sólo así puede entenderse la paz cristiana). Los dogmas y las Escrituras se van reduciendo por la “desmitologización” a conceptos filosóficos, éticos o políticos contemporáneos. Después de haberse despersonalizado al Malo en el Mal, el Mal a su vez pasa a descomponerse en una conexión de problemas psicológicos, sociales, económicos, susceptibles de solución humana. El optimismo, general, de estirpe revolucionaria y de estirpe tecnocrática, hace mirar como algo infantil todas las ideas primordiales del Cristianismo.

El gran islamizante Louis Massignon escribía: “Imaginarse que un nuevo humanismo es realizable por la sola fuerza conjugada de nuestro pluralismo, nos lleva a la ilusión de los francmasones del siglo XVIII, para quienes la humanidad era asintótica ala ciudad eterna”. Un orgánico y concreto humanismo ecuménico, en que él creía, podría surgir tan sólo del conocimiento y veneración de la tradición religiosa en todas sus fibras, y de la devoción a figuras intercesoras y a centros de oración auténtica.

Pero de las tendencias ecuménicas cobran hoy día un aspecto abstracto y organizativo, paralelo al del internacionalismo oficial, tan ampliamente desarrollado desde 1918 y sobre todo desde 1945. Priman las intenciones abstractas sobre las ideas y nada tiene de la concreta vida religiosa de la Iglesia. Un cosmopolitismo burocratizado mina casi todas las comunidades religiosas, tendiendo a convertirlas en Moral o política.  Pero tal como frente al Cosmopolitismo estoico racionalista del final de la Antigüedad se difundieron sectas o iglesias místicas en una inmensa gama, son notorias las reacciones antirracionalistas actuales. Mas, su carácter de sectas cerradas o, a la inversa, de movimientos informales, impide la multiformidad de vida y la duración de una Iglesia auténtica.

Amenazas tan fuertes contra el Catolicismo en cuanto conciencia específicamente histórica (también el Catolicismo es una cierta visión de las cosas naturales, en una línea distinta de la que aquí consideramos), abren forzosamente un interrogante sobre hacia donde se orientarán en la Iglesia los pasos que vienen. El proceso de aggiornamento parece fatal e irreversible. Un clero plenamente legítimo porque fundado en sacramentos y poseedor en sus última instancias, de una indefectibilidad e infalibilidad magisterial, ha resultado a la postre, en gran parte, hondamente viciado por las ideologías mas corrientes, que hacen muchas irreconocible el núcleo verdadero y profundo. Lo grave es que dado el ambiente general de una civilización de masas (ambiente real en Europa y Norteamérica, trasladado después a Hispanoamérica), las ideologías políticas y sociales se colocan en el primer plano de la atención y de la obediencia exigida a los laicos. Los católicos se ven movidos, por este ambiente, a pensar más en regímenes políticos o sociales, que en las verdades que vienen de las fuentes mismas y que hoy están relegadas al desván. En el siglo XVII se reflexionó hondamente sobre la Gracia y la Predestinación, en el siglo XIX los católicos se diferenciaban por temas como la libertad de enseñanza y en el siglo XX por formas económicas. Así se ha llegado a una desustanciación inmensa. Los laicos que han expresado una visión realmente libre a propósito del aggiornamiento (piénsese en el Paysan de la Garonne, de Maritain) no son mayormente escuchados. Parece, pues no haber hoy salida visible alguna hacia una verdadera renovación en espíritu. El primado pragmatista de la Pastoral sobre la Verdad tendrá que producir hasta el fin sus amargos frutos. 

* Revista Dilemas n° 9, 1973.

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